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Tom Simpson y la Cuesta de la Muerte de Hernani

Por Miguel Usabiaga - Lunes, 16 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Tom Simpson, a la derecha de la imagen, junto a Rudi Altig, en la Cuesta de la Muerte de Hernani durante el Mundial de Donostia de 1965.

Tom Simpson, a la derecha de la imagen, junto a Rudi Altig, en la Cuesta de la Muerte de Hernani durante el Mundial de Donostia de 1965. ( Foto: N.G.)

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Tom Simpson, a la derecha de la imagen, junto a Rudi Altig, en la Cuesta de la Muerte de Hernani durante el Mundial de Donostia de 1965.

El Tour avanza lentamente, como desperezándose poco a poco del calor, desganado. Es así, siempre es así, hasta que llegan las montañas. No quiero decir que no tenga interés, en absoluto, porque asistimos como en ninguna otra prueba, durante varias etapas seguidas, a la demostración de una de las artes del ciclismo, la del sprint, la de la velocidad pura. La explosión de la potencia extrema sobre las bielas en los 200 últimos metros, que han sido precedidos por la exhibición de la estrategia adecuada de los equipos para llevar protegidos a sus hombres veloces. También hemos asistido a la contrarreloj por equipos, que nos ofreció el primer capítulo de la lucha entre los líderes que aspiran al triunfo, aunque camuflado por el trabajo de los compañeros. Esta modalidad es una de las más plásticas del ciclismo, y en ella podemos ver mejor que de ninguna otra forma cómo es un deporte donde lo individual necesita de lo colectivo. Es un deporte individual y de equipo indisolublemente. En las velocidades donde vemos como devoran la ruta los distintos equipos, comprendemos la imposibilidad de alcanzar en soledad, frente al viento, tales registros. Vemos cómo algunos utilizan el relevo clásico, y otros mi preferido, al que nosotros llamábamos el del “huevo”, porque el equipo avanza como un óvalo que se mueve como un mecanismo, en una doble fila, una que avanza y la otra que retrocede y pasa a posicionarse detrás de la que avanza, tan bello como eficaz.

Ante esa atonía de noticias, de gestas, en la tensa espera impaciente, 13 de julio rescaté de mi memoria un viejo recuerdo. El del campeón británico Tom Simpson, que el 13 de julio 1967 falleció exhausto a dos kilómetros de la cumbre del Mont Ventoux. Se dejaba las fuerzas y la vida. Mi recuerdo infantil es anterior, y es uno de mis primeros recuerdos de vida: es el de Tom Simpson, acompañado del campeón alemán Rudi Altig, escapados en la llamada Cuesta de la Muerte, en Hernani, durante el Campeonato Mundial de Ciclismo en ruta que se celebró en Donostia en 1965, y que ganó el gran Tom. Así que también es nuestro campeón. Ese día la Cuesta de la Muerte estaba rebosante de gente. En las laderas que ahora están sucias de zarzas y matorrales y que entonces eran de hierba corta y bien cuidada, había un gentío enorme, y muchas tiendas de campaña. Siempre fue un deporte muy popular en Euskadi. Dos años después, Tom murió de una manera dramática, y su muerte abrió paso a otra página del ciclismo. Todo lo que vino después, los casos aislados de doping, la aún cercana Operación Puerto, el caso Festina, Pantani, Armstrong, ese deporte puesto en duda y bajo sospecha por los recursos a lo prohibido, por las trampas en suma, tuvo su origen en Simpson, a pesar de él. Antes de Tom no existían los controles antidopaje. Era cuestión de cada cual lo que tomaba, hasta dónde llegaba, si se pasaba de la raya o no. Fue su muerte la que hizo que a partir del Tour de France del año siguiente se instauraran los controles antidopaje, y no con un carácter informativo, como se había intentado hacer sin éxito, por el plante de los corredores, durante el año anterior en el Tour;sino con un carácter obligatorio y punitivo en los casos de positivo. El 13 de julio de 1967 era un día de calor sofocante en toda la etapa, que en el Mont Ventoux se convirtió en un infierno de más de 40 grados. Tom iba el séptimo en la general, quería demostrar que valía para el Tour, que también era un hombre Tour, porque a pesar de un notable palmarés, con el Campeonato del Mundo de Donostia, y algunas clásicas monumentales como la MilánSan Remo, el Tour de Flandes, el Giro de Lombardía o la París-Niza, solo contaba con un sexto puesto en el Tour como mejor resultado. Aunque había vestido de líder, había saboreado la gloría, y quería demostrar que podía ganarlo. Tom arrastraba una gastroenteritis desde los días previos al Ventoux, que le había mermado considerablemente las fuerzas. Pero era indoblegable, muy tenaz. Era un chico de la clase obrera británica, un working class hero. Era el hijo de un minero del norte de Inglaterra, y no se rendía. Quizá por eso, ese día llegó más allá de donde sus fuerzas le permitían. Cayó exhausto, pidió que le ayudaran a levantarse –“subidme a la bicicleta”, gritó al público–, y dando tumbos consiguió ascender otros 200 metros, hasta que se desplomó. Al mecánico que llegó hasta él le costó soltarle las manos del manillar, los dedos estaban rígidos –era el rigor mortis, dijo–. Murió sobre la bicicleta. Dos médicos del Tour intentaron reanimarlo sin éxito. Fue evacuado rápidamente en helicóptero hasta un hospital, pero todo fue inútil. En el maillot le encontraron tres botes de anfetaminas, uno de ellos vacío;y sus compañeros le vieron cargar de cognac el bidón.


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