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Tribuna abierta

Morir en el estadio

Por Iosu Perales - Lunes, 9 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Catar tiene una población cercana a los dos millones de habitantes, pero de ellos tan sólo 250.000 tienen el derecho de ciudadanía, la mayor parte de sus habitantes son extranjeros que trabajan y viven allí. Es una monarquía absoluta, vecina de Arabia Saudí, y cuenta solamente con 11.000 kilómetros cuadrados. A este país que desconoce la democracia y aplica unas relaciones laborales (a los trabajadores extranjeros) próximas a un tipo de esclavitud moderna, le ha sido concedida la organización de la Copa Mundial de Fútbol de 2022.

¿Es Catar un país con tradición futbolística? Rotundamente, no. Para los cataríes se trata de un deporte exótico en el que cada vez invierten más en publicidad. ¿Es acaso un país que goza en el mes julio de un clima amable para la práctica del fútbol? Pues no. En esa época del año el termómetro anda por los 50 grados, de tal manera que ya se piensa en trasladar la competición al mes de noviembre, con lo que ello supone de trastorno para todas las ligas mundiales. Entonces, ¿por qué a un país tan pequeño y con un clima adverso, que apenas conoce el fútbol, le ha sido concedido tal honor? La respuesta está en el hecho de que es la tercera reserva mundial en gas natural, a lo que hay que sumar sus enormes reservas petroleras, todo lo cual ha hecho del pequeño emirato el país con la mayor renta per cápita del planeta. Con esta carta de presentación, la directiva de la FIFA (Federación Mundial de Fútbol Asociación), cuyas prácticas son bastante opacas, no podía resistirse: Catar huele a mucho dinero.

Este asunto no sería sino uno más en el debe de la industria del fútbol si no fuera por la gran tragedia que desvelan los muertos y más muertos que se ha cobrado la construcción de los estadios. La denuncia del Comité para los Emigrantes Nepalíes (suponen un 20% de la población activa de Catar) es de impacto: en 2014 más de 400 trabajadores de esa nacionalidad habían muerto ya en las obras de los estadios. La ONG nepalí denunció ya hace cinco años las condiciones de trabajo, de extrema inseguridad, e hizo la proyección siguiente: de seguir así, unos 4.000 trabajadores habrán muerto para cuando concluyan las obras. Este cálculo fue compartido por la Confederación Internacional de Sindicatos, que advirtió de que doce obreros estaban muriendo cada semana. La situación se presentaba tan grave que Amnistía Internacional publicó en 2014 un detallado informe sobre los abusos que sufren los trabajadores de la construcción en Catar.

¿Se han confirmado las cifras? Hay que esperar al final de las obras. Pero los números son extremadamente graves. Vean: el pasado mes de abril de 2018, tuvo lugar en Montevideo una conferencia internacional contra la esclavitud en el siglo XXI. Participaron, entre otras personalidades, los ganadores del premio Nobel de Paz Adolfo Pérez Esquivel (Argentina), Rigoberta Menchú (Guatemala), Shirin Ebadi (Irán), Lech Walesa (Polonia) y Guillermo Whpei, presidente de la Fundación para la Democracia Internacional. Los expositores hicieron una denuncia alarmante: “En la construcción de los estadios de fútbol y los centros de convención que serán utilizados durante el Mundial de fútbol de Catar, en 2022, han muerto ya 2.000 trabajadores nepalíes”. Han muerto en los estadios y en los nuevos rascacielos de la capital Doha.

Es de interés señalar que el diario inglés The Guardian ya publicó un reportaje en el que se denuncia las inhumanas condiciones laborales que sufren los trabajadores, especialmente los emigrantes, en Catar. Los obreros trabajan a pleno sol, a 50° C, con los salarios retenidos durante meses, sin acceso a agua potable gratuita, sufren hambre, viven en casas superpobladas sin ninguna condición sanitaria... Las muertes se producen fundamentalmente por fallos cardiacos y accidentes laborales, y la Confederación Internacional de Sindicatos cree que gran parte de los trabajadores viven constantemente enfermos.

En una reciente conferencia internacional sobre esclavitud celebrada en Montevideo se expuso esta denuncia: “En la construcción de los estadios de fútbol y los centros de convención que serán utilizados durante el Mundial de fútbol de Catar en 2022, h

La citada Confederación ya pidió a la FIFA que presione al Gobierno catarí para poner fin a esta dramática situación. La federación mundial de fútbol reconoció estar “preocupada” por tanta muerte (a este ritmo la Copa Mundial terminará siendo causa de genocidio) y su entonces presidente, Joseph Blatter, se dirigió a las autoridades políticas y económicas del emirato pidiendo “condiciones laborales justas de inmediato”. Pero es dudoso que le hayan hecho caso, más allá de la retórica formal. Aun cuando es verdad que de la previsión de hasta 4.000 muertos la cifra actualizada es de 2.000. Ya veremos la cifra final cuando se den por acabadas las obras.

Catar es un país en el que alrededor del 13% son ciudadanos con derechos, en tanto que el resto de habitantes constituye una masa subordinada, sobre todo los trabajadores nepalíes, indios, pakistaníes y de otros países asiáticos, que no son sino un ejército de mano de obra al servicio de una minoría despótica. El comité organizador del Mundial 2022, ante las presiones de organismos de derechos humanos, ha prometido que va a hacer que se respeten los derechos de los trabajadores en las obras para la Copa de fútbol. Todos los años hace una promesa similar. Pero 2.000 muertos son una barbaridad, una matanza.

A los trabajadores nepalíes que llegaron a la construcción de los estadios allá por 2013 les quitaron el pasaporte, de modo que en ningún momento han podido salir libremente. Las empresas contratistas les pagan con retrasos de hasta 12 meses (en más del 70% de los casos). Si los trabajadores denuncian su situación ante autoridades judiciales, enseguida se les exige un depósito como garantía del proceso jurídico. Casi nunca tienen el dinero para hacerlo. Ocurre que en Catar las empresas funcionan al margen del marco del derecho internacional del trabajo. Sencillamente, ignoran todo derecho laboral del empleado, aun cuando las leyes cataríes prevén derechos laborales formales. En estas condiciones, decenas de trabajadores nepalíes han ingresado, en los últimos años, en la embajada de su país, en busca de protección y como vía para volver a Nepal.

Los que construyen los campos de fútbol y los modernos edificios que tocan las nubes en Doha, siendo los héroes reales del sueño mundialista, viven como esclavos. Son personas anónimas, invisibilizadas al mundo. La FIFA y el Gobierno catarí lo saben, pero callan. Y uno no sabe qué pensar cuando observa tanta complicidad para no hacer pública esta sangrante situación: ¿Qué dicen los medios de comunicación de nuestro entorno? Nada. ¿Se habla de este asunto en las tertulias futbolísticas de los medios de comunicación? No. Por lo visto hay demasiados intereses que obligan o aconsejan callar.

Afortunadamente no todo el mundo del fútbol mira hacia otro lado. El sindicato mundial de futbolistas profesionales (Fifpro), denunció en un vídeo: “Las condiciones de trabajo en Catar son horribles, son crueles”. Tom Hogli, internacional noruego afirma que “los trabajadores extranjeros son tratados como esclavos en las obras del Mundial 2022”. Por su parte, el centrocampista internacional danés William Kvist ha declarado: “¿Deben morir miles de trabajadores por cuatro semanas de fútbol?”.

La atribución de la organización del Mundial de 2022 a Catar, decidida a finales de 2010, creó polémica desde el inicio. El pequeño pero rico país del Golfo está bajo el foco de las críticas por las condiciones de los trabajadores extranjeros empleados en las obras del Mundial. Pero, por lo que parece, los petrodólares lo pueden todo.


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