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Con la venia

Que no decaiga

Por Pablo Muñoz - Domingo, 8 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:03h

El ánimo reivindicativo, para mucha gente, es condición indispensable si se pretende que la sociedad progrese. Desde que el mundo es mundo y, sobre todo, desde que prevalecieron los principios democráticos se han venido dando pasos adelante en lo referente a justicia, igualdad, solidaridad y libertad a base de demandarlas, ya sea por la insurrección armada, ya sea por la presión social, ya sea por la pancarta acusadora y reiterativa.

Quienes hemos tenido la suerte dudosa, para algunos de haber nacido y vivido en este país y desde que tenemos memoria, hemos convivido con un estado permanente de reivindicación en su mayor parte no atendida y que suele derivar en desasosiego y hasta en frustración cuando las demandas no saldadas rozan los derechos humanos. El espacio reivindicativo es tan amplio, tan diverso, que sería inútil pretender abarcarlo en este rincón de página y por eso prefiero acotarlo en una reivindicación recientemente expresada pero con reminiscencias históricas, un dèja vu que resuena en los oídos de tres generaciones.

Esta misma semana el parlamentario de EH Bildu Unai Urruzuno pedía situar como una meta, un objetivo a lograr, la amnistía para las personas todavía encarceladas por su relación con ETA. La amnistía ha sido reivindicación omnipresente en este país desde el tardofranquismo, intensificada en la transición y abonada con la sangre de la represión. Aquella amnistía tan vigorosamente demandada fue parte del apaño que si en 1978 abría las puertas de las cárceles para las personas detenidas por motivos políticos, las cerraba también para los responsables de los desafueros y crímenes de la dictadura. En cualquier caso, la reivindicación de la amnistía en referencia a presas y presos mayormente con vinculación a ETA, se veía satisfecha y aún queda en el recuerdo la salida de la cárcel de Martutene del último preso, el ondarrutarra Fran Aldanondo. Se había logrado la amnistía, pero luego resultó que era un espejismo porque ETA recrudeció su actividad, el Estado redobló su represión y las cárceles se volvieron a llenar. Un dato preocupante añadía desaliento a la nueva situación: la Constitución española recién aprobada rechazaba de plano una nueva amnistía. "Abandonad toda esperanza", era el infierno de Dante convertido en ley penitenciaria.

Hasta ahí el escueto relato de los hechos. La dinámica reivindicativa en relación a las personas presas por vinculación con ETA ha sido constante, tenaz y rotunda, pero adecuada al realismo impuesto por los límites legales y los acontecimientos políticos. Va ya para tres décadas la demanda del fin de la dispersión, a la que se añadió en su momento la liberación de los presos con enfermedad incurable y los que por edad deberían abandonar la prisión. Sea o no incongruente, la izquierda abertzale que desde siempre ha considerado de su incumbencia la situación de las personas presas adecuó a los nuevos tiempos políticos las posibilidades de progreso penitenciario con la denominada vía Rufi y se abrieron todas las posibilidades para humanizar la situación de los centenares de presos hasta entonces voluntariamente reprimidos en las cárceles de la dispersión. No es poco mejorar las condiciones de vida para las personas encarceladas, puesto que legalmente no son posibles demandas más absolutas.

La reivindicación de la amnistía, la histórica, la mítica, ha correspondido en los últimos tiempos al sector disidente, ATA (Amnistia ta Askatasuna), también Movimiento por la Amnistía y contra la Represión. Un sector expulsado de la izquierda abertzale que pone de los nervios a los convocantes habituales de las manifestaciones de apoyo a los presos, porque o se infiltran con sus consignas o contraprograman con otras concentraciones. Por la razón que sea, la amnistía vuelve al discurso oficial y además de Patxi Zabaleta, que nunca la había descartado, la deja caer Arnaldo Otegi en alguna entrevista.

Reconoce Urruzuno que la sociedad vasca no está preparada para semejante paso, y tiene razón. Aún están demasiado abiertas las heridas, demasiado enquistados los frentes y demasiado fresca la memoria. Quienes asumieron el riesgo de practicar la violencia, y una violencia extrema, se supone que deberían asumir las consecuencias por duras que sean. Quienes tienen en su mano el poder y el castigo, no parece que vayan a aflojar tanto como para poner en la calle a los 200 o 300, borrón y cuenta nueva. La amnistía que pretende Urruzuno es un brindis al sol, un mensaje de consumo interno para que no decaiga. Pero por reivindicar, que no quede.


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