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Tribuna abierta

Nací hace 40 años, un día como hoy

Por Carmen Torres Ripa - Jueves, 28 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Nací el 28 de junio de 1978 y estoy viva desde entonces gracias a escribir. La verdad es que me di poca cuenta de que podía seguir respirando y, hasta soñando, gracias a esas cosas que se llaman letras y literariamente podría buscar una palabra más bonita para definirlas, pero no quiero hacer literatura. No estaba preparada para nacer, era una mujer simple, madre de cinco hijos y hasta un poco cursi. Pensaba en flores, en ponerme flores en el pelo y ser una especie de princesa que siempre rompía el zapato de cristal por torpe. Asesinaron a mi marido, ese 28 de junio, y empecé a ser yo sola. Yo misma. Una mujer a la que no conocía de nada. Como en los personajes de sueño, la miraba desde arriba y me sorprendía porque me resultaba extraña. ¡Pobrecilla!-pensaba-, se va a hacer agua de tanto llorar.

Han pasado 40 años y por primera vez he contado las teclas del ordenador. Hay 28, sin los números, los puntos, los acentos. Las exclamaciones, los interrogantes… Usted dirá: ¿Por qué? Esas 28 teclas del ordenador me ayudaron a sentirme el centro del mundo y la más desgraciada del mundo. “28, 28 y 28” Cuando estoy frente a la pantalla sonrio, lloro y suspiro. Soy escritora. Nunca me hubiera atrevido a poner esta palabra en mi biografía. Aún recuerdo cuando debajo de uno de mis artículos apareció en el periódico: periodista y escritora. Ese honor me lo habían dado unas novelas, pero yo creía que mi profesión era periodista. Una sensación muy especial porque cuando fui a la universidad a estudiar yo quería ser escritora, pero, como esa profesión no existía, me hice periodista.

Con un carné de prensa y cinco niños agarrándome de la falda empecé a escribir en un periódico que había destrozado a mi marido. En La Gaceta del Norte, donde trabajó casi toda su vida periodística, nunca pudo publicar lo que quería. Entonces yo no era consciente de su frustración porque solo pensaba en mí. No le preguntaba si estaba cansado al volver a casa, maquinalmente me ponía el abrigo y salíamos a tomar unos vinos. Previamente había estado mil horas mirándome al espejo, maquillándome, peinándome. Siempre era yo lo importante, y cuando pisé la redacción seguí pensando lo mismo. Creía que todo el mundo tenía que volverse al verme -y muchos lo hacían por pura curiosidad- y descubrí que en aquella redacción cada uno vivía su hoy y le importaba tres pitos el de los demás. En aquella redacción con muchas mesas, una pecera de cristal y máquinas de escribir, yo miraba a todos con los ojos turbios de pena y sin saber qué hacer.

No recuerdo nada de aquel primer día. Me pusieron un despacho muy agradable, supuestamente me iba a encargar de un dominical. Tan es verdad que no sabía qué debía hacer que estuve un rato y me fui. Durante unos días hice lo mismo, hasta que mi hermano Javi me preguntó un día:

Por primera vez desde que asesinaron a mi marido he contado las teclas del ordenador. Hay 28 sin números, puntos, acentos... Esas que me ayudaron a sentirme el centro del mundo y la más desgraciada del mundo

La memoria es tan selectiva como ca

-¿Qué horario tienes?

-¿Horario? Pues ninguno, voy un rato y me marcho.

-Eso no es trabajar, me riñó escandalizado. Tienes que ir a las 9 de la mañana, preguntar qué tienes que hacer y volver a la tarde.

Yo no sabía que trabajar era eso. Y aprendí a hacerlo.

Mi cabeza hay veces que está a punto de explotar. No me gusta pensar que soy una fracasada porque es mentira. Tengo seis hijos, diez nietos y continúo viviendo aporreando mis 28 teclas con una letra en cada tecla.

En estos 40 años he descubierto que no soy humilde. Me gusta que me digan que escribo bien y sueño en el fondo de mi corazón con subir unas escaleras tapizadas de rojo, vestida con un perfecto traje negro y recibir un premio literario. Creo que hasta en ese deseo soy vulgar. Todos los escritores queremos lo mismo.


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