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“No vienen por las ayudas ni por capricho, escapan de la violencia y la muerte”

Las personas que trabajan sobre el terreno lo tienen claro: la llegada de inmigrantes va a aumentar
El testimonio de tres guipuzcoanos retrata una situación dramática

Arantxa Lopetegi - Miércoles, 13 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h

En la imagen, la lancha en la que Iñigo Gutierrez participó en las labores de rescate en una de estas actuaciones.

En la imagen, la lancha en la que Iñigo Gutierrez participó en las labores de rescate en una de estas actuaciones.

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En la imagen, la lancha en la que Iñigo Gutierrez participó en las labores de rescate en una de estas actuaciones.

“No huyen por capricho ni vienen en busca de ayuda, escapan de la violencia y la muerte”

donostia- Lo ocurrido con el Aquarius, con 629 personas a bordo rescatadas en el mar y a las que Italia ha impedido desembarcar, ha vuelto a poner el foco sobre una realidad que solo tiene visos de ir a peor: la de aquellas personas que huyendo de la violencia y el hambre se embarcan en un viaje que, a veces, es el último. De su experiencia vital sobre el terreno ha hablado NOTICIAS DE GIPUZKOA con tres voluntarios guipuzcoanos que han trabajado con ellos.

IÑIGO GUTIERREZ. Rescate en el mar

Iñigo Gutiérrez es un donostiarra que está trabajando en la preparación de la embarcación Aita Maripara, a partir de agosto, echarse a la mar con el fin de seguir intentando que “ni una persona” más pierda la vida en las aguas del Mediterráneo cuando, precisamente, “tratan de huir de la muerte”.

Gutiérrez tiene claro que este verano la situación en las aguas mediterréneas “se va a complicar mucho” y más con decisiones como la adoptada por Italia de no permitir que las personas rescatadas en alta mar desembarquen en sus puertos.

“La gente está huyendo y no van a parar de hacerlo, podemos intentar poner barreras en el mar pero seguirán haciéndolo porque escapan de la muerte y quieren evitar que sus hijos mueran”, asegura este voluntario que el pasado septiembre actuó de patrón de una embarcación que protagonizó tres rescates: dos de lanchas en las que viajaban personas de origen árabe y otra en la que navegaban cerca de 200 personas de origen subsahariano.

“Tienen el miedo en sus caras. No se acostumbran al mar, muchos no han visto el mar en su vida y no saben quiénes somos nosotros”, añade. Por ello la relación con estas personas tiene que superar una serie de fases hasta llegar a la confianza.

“Hay momentos de mucho peligro cuando, por ejemplo, nos pasan a los niños en mitad del mar. Lo primero es calmarlos”, explica este hombre que en 2015 marchó a Quíos, Grecia, con el primer grupo de Salvamento Marítimo Humanitario. Después del recelo llega “el alivio en algunos casos, o el derrumbe, en otros”

En cuatro ocasiones más se ha desplazado hasta el Mediterráneo, adonde volverá en breve y donde impulsó las operaciones de salvamento Mediterráneo I y Mediterráneo II.

Gutiérrez afirma que “hacía mucho tiempo” que no se sentía “orgulloso” porque “por fin” el Gobierno del Estado ha dado una respuesta “en clave humanitaria” ante lo acontecido con el Aquarius, satisfacción que hizo extensiva a los gobiernos autonómicos que han abierto sus puertas a las personas que estos días sufren las duras condiciones que están viviendo en la embarcación de Médicos sin Fronteras.

“Salen de una situación muy complicada para pasar a otra, pero hay que pensar qué es lo que dejan atrás para se que echen al mar”, afirma Gutiérrez que añade que “ante una situación que tiene muchas causas” hay buscar respuestas distintas.

Pero, partiendo de una premisa básica: “No huyen por capricho, ni vienen a por ayudas. ¡Si no saben a qué vienen y muchas veces ni adónde! Solo buscan llegar a otros lugares”, comenta.

Harto de mensajes “interesados que propaga la extrema derecha”, Gutiérrez recuerda a quien se queda con el mensaje del miedo que “estas personas solo quieren vivir”. “Se extiende la idea de que vienen a por las ayudas cuando no saben adónde llegan y, además, tiene que esperar años y cumplir una serie de condiciones para que finalmente se las den”, relata.

Pone un ejemplo: “Cuando estábamos en Grecia y nos escuchaban hablar en castellano nos preguntaban si estaban en España, no sabían en qué lugar estaban”, recuerda.

A la gente que compra “el mensaje del odio” le da un consejo. “Lo primero que hay que hacer es informarse, tener información de primera mano”. “Si estamos bien, ¿porque no ayudar a los que no lo están? El año pasado llegaron a Europa 189.000 personas migrantes que si las dividimos entre 500 millones de europeos no nos toca ni una uña”.

Cara al futuro más inmediato vaticina un flujo constante de personas “que huyen de la muerte por violencia directa o por la hambruna. Empiezan a llegar personas que se escapan de las consecuencias del cambio climático”.

“Los políticos tienen que ponerse las pilas y trabajar ante una situación de emergencia que nadie sabe cuánto va a durar”, apostilla Gutiérrez, que recuerda que “tenemos gente muy cualificada que ha tenido que salir fuera a trabajar y se le ha tratado muy mal. El mundo funciona como vasos comunicantes” y es “responsabilidad” de todos poner un granito de arena para que sea mejor y más solidario.

Él, de momento, se vuelve a marchar al Mediterráneo porque “nadie puede quedarse a la deriva”.

XABIER URRESTI. En el 'Open Arms'

Xabier Urresti no descarta volver al mar a realizar labores de rescate para fin de año, aunque ahora sus obligaciones laborales como patrón de barco y “cocinillas” ocasional le lleven por otros derroteros.

Xabier recuerda muy bien su experiencia primero en Quíos, donde con Zaporeak daba de comer a diario a 1.000 personas, y posteriormente en el barco Open Arms,en el que tomó parte en dos misiones de rescate, la primera como cocinero y la segunda también como socorrista.

Lo comprobó sobre el terreno, el miedo y la desesperación son más fuertes que cualquier temor a un periplo lleno de peligros. “Hacen un viaje de miles de kilómetros para llegar a Turquía y, desde allí, en balsas a Grecia. Para estas personas el mar no es lo peor” explica.

A Urresti le tocó transferir personas de su barco incluso al propio Aquariusy escuchar historias que marcan de por vida, como la que le contaban quienes huían de Libia tras sufrir experiencias extremas “de trabajos forzados o de castigos en los que permanecían atados”.

“Que una madre coja a su niño de cuatro años y se lance a esa aventura lo dice todo de su desesperación”, afirma Urresti, que se ha encontrado en sus misiones con “niños de cinco días que habían nacido en un barco o en el camino”.

Con Zaporeak, ya en Atenas tras desmantelarse Quíos, ha sido testigo de cómo los inmigrantes “se escondían en los bajos de los camiones para llegar a la falsamente idílica Europa”.

“La gente está en la calle, no sabe qué hacer” porque, asegura, muchos son los que llegan a los lugares de tránsito para “unos meses y están allí bloqueados más de un año”.

Los campos de refugiados son lugares de “conflicto” donde tienen que convivir personas de distintas nacionalidades y culturas, lo que hace que surjan algunas situaciones complicadas. “Hemos llegado a atender un barco en el que había 100 personas de diez nacionalidades diferentes”, evoca.

“A veces hablando con las personas que estaban en los campos les preguntabas por la familia y te decían que todos sus miembros habían muerto”, afirma.

A Italia, que ahora va cerrando sus puertas, ha llegado uno de los flujos más importantes de personas que huían de sus países. Xabier asegura que cuando fue detenido en el Open Armsen Sicilia, acusado de tráfico de personas, dicho país dio ya un aviso al resto de Europa para que abrieran sus puertas a más refugiados.

“La coordinación de los rescates en aguas Libias se realizaba en Italia y a sus puertos llegaban las personas rescatadas”, incide Urresti. En la actualidad, observa, la situación ha empeorado, sigue existiendo esa voluntad de frenar la llegada de inmigrantes y “con un ministro de extrema derecha las cosas están peor”.

INMA GARDE. Con Zaporeak

Inma Garde está en Lesbos, contribuyendo con Zaporeak a dar de comer a cerca de 400 kurdos de distintas procedencias. Son personas -la mayoría familias y muchos niños- que viven en un campamento que tuvo que montarse tras vivir serios conflictos en los asentamientos gubernamentales.

Pero antes estuvo en Quíos y también en Patras. Se asoma al mar cada mañana y piensa “qué no habrá allí”, en el inmenso cementerio marino.

Ve cada día como muchos jóvenes “agachan la mirada” cuando van a por su comida “desmoralizados, sin futuro”. “Es horroroso ver el sentimiento de estas personas a las que les dicen, esperad, esperad y no tienen expectativas de futuro”.

Inma se ha encontrado con realidades diferentes. En Patras casi todas las personas del campo eran afganas, hombres jóvenes de entre 15 y 30 años. En Quíos predominaban los sirios que huían de la guerra. Un hombre sirio pronunció una frase que no olvida: “A veces pienso que me debería de haber quedado en Siria. Allí una bomba me hubiera matado rápido, aquí nos morimos lentamente”. Esta frase refleja “la falta de perspectivas. “

Inma Garde también lo ve claro: “esto es imparable”. En la zona donde se encuentra “estamos comenzando a ver subsaharianos”, que antes no llegaban hasta allí.

Zaporeak, afirma, quiere seguir trabajando en la zona porque “constatamos la necesidad” y porque “nosotros les damos la dignidad que se merecen desde la cocina, cocinando con cariño y preguntándoles cómo les gusta comer, cuáles son las especias que usan”, añade.

“Esto no puede seguir así”, lamenta Garde, que lanza a un llamamiento a los políticos para que tomen cartas en el asunto en materia de “reubicación”.

“Todos saben lo que está pasando y hay que hacer algo, hay que movilizarse cuanto antes”. concluye.


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