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Tribuna abierta

En pro de la ciencia y autonomía de Vasconia

Por Gregorio Monreal - Martes, 12 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Eusko Ikaskuntza/Sociedad de Estudios Vascos, la institución científico cultural que crearon en 1918 las cuatro Diputaciones, no cayó del cielo en lo que respecta a Navarra. Estaba viva todavía la impresión por lo acontecido en el país al finalizar la guerra carlista hacía entonces cuarenta años. Me refiero a la pérdida de los Fueros -en el caso de Navarra, el alza de la aportación al Estado que fijaba la Ley Paccionada de 1841-. Además, una parte de la intelectualidad navarra, la de mayor peso y significación, vivía con preocupación la pérdida galopante de la lengua en amplias áreas de la montaña y zona media de la provincia. Dos datos para inquietar, el de un Derecho público propio que se tambalea ante el progreso del Estado centralizador y uniformista, y el del retroceso, que parecía imparable, del idioma propio y más antiguo. Estaban en entredicho dos rasgos muy característicos de la personalidad del país. Se conoce cada vez mejor lo que supuso en nuestro devenir la reacción de la Asociación Euskara de Navarra promovida por Iturralde y Suit, Campión, Altadill, Olóriz, Obanos y otros muchos. Porque tuvieron en Navarra una incidencia de largo alcance los seis volúmenes de la Revista Euskara(1878-1883), la primera revista cultural de la modernidad en nuestra tierra.

Las cosas se movieron en Vasconia tras la primera guerra mundial y el nuevo orden para los pueblos europeos que favoreció el presidente americano Wilson. En cierto modo dio comienzo entre nosotros el seguidismo de las iniciativas culturales y autonómicas de Cataluña, una referencia obligada dada la potencia demográfica y científica del antiguo Principado. Prat de la Riba protegía la acción del nuevo Institut d’Estudis Catalans, una entidad que, al margen de la burocratizada universidad oficial, aglutinó a las personalidades de la ciencia y de la cultura de aquel país. Los notables resultados del Institut hicieron reflexionar a algunos de nuestros académicos, desmoralizados ante la falta de una universidad pública que el Gobierno de Madrid se negaba a crear.

Las Diputaciones auspiciaron la propuesta de crear una estructura científico-cultural autogobernada que celebraría un Congreso cada dos años. Antes, el Gobierno de Madrid se negaba a crear una universidad pública.

La Sociedad de Estudios Vascos

Las Diputaciones auspiciaron la propuesta de crear una estructura científico-cultural autogobernada que celebraría un Congreso cada dos años. Hasta cinco eventos de esta naturaleza llegó a celebrar la Sociedad, todos dedicados a la ciencia, la enseñanza y las artes: el sexto, destinado a estudiar la historia del país, se iba a celebrar en Estella en septiembre de 1936, siguiendo el original diseño congresual que elaboró José María Lacarra. Pamplona acogió el II Congreso, que contó con la asistencia de Alfonso XIII. La Sociedad dedicó al evento uno de sus más bellos carteles. Pesaba la idea de que el desarrollo científico y cultural era una condición necesaria para la existencia de una nacionalidad moderna. Y desde esa perspectiva, la Eusko Ikaskuntza de la preguerra se aplicó en primer lugar a elaborar un proyecto de universidad que se atuviera al modelo germánico. No hay que olvidar que, hasta la llegada del nazismo en 1933, la referencia científica alemana era la más prestigiosa en Europa. La Sociedad de Estudios Vascos abogó por una universidad vasco-navarra tetraprovincial, descentralizada, al tiempo que dudaba entre la oficialidad o conferir a la institución el carácter libre que tenía la humboldtiana Universidad de Berlín o la de Bruselas. Por otra parte, no fue ajena al movimiento Pro Universitas Vasconumque implicó a cientos de profesores y estudiantes desparramados por las universidades del Estado. Conocemos la suerte reservada a tal aspiración tras el rechazo tajante de tan sentida reivindicación por parte del régimen de la Restauración, de la Dictadura de Primo de Rivera y aún de la II República (hasta 1936).

Pero si no cabía un desarrollo científico sostenido del país sin la disposición de una universidad propia, tampoco la soñada institución alcanzaría o superaría el nivel de la adocenada universidad estatal de la época en el caso de que Vasconia no fuera más allá del resto foral que dejaron las leyes abolitorias de los Fueros de 1841 y 1876. Es decir, si no conseguía que el Estado reconociera al país una autonomía amplia, también de carácter cuadriprovincial. La debilidad inherente al foralismo provincial se consideraba un inconveniente grave para constituir un ente autonómico con peso e influencia en el conjunto del Estado.

De suyo la inestabilidad de las dos décadas de vida de la Sociedad de Estudios Vascos anteriores a la guerra civil dificultaba debatir y articular propuestas válidas de autonomía. Y sin embargo, en 1931 se dio la proeza de la creación de un Estatuto Vasco-Navarro de nueva planta. Comentar su gestación requeriría una glosa amplia: por ahora señalamos que trajo importantes novedades conceptuales en el campo del Derecho público, que lo inspiraba un sentido realista del equilibrio interterritorial y sus protagonistas acreditaron tener una idea bastante correcta de lo que iba a suponer para su tramitación la relación de fuerzas vigente en el Estado republicano. Al ciudadano navarro actual le sorprenderá que en la obtención del consenso en el seno de la Comisión redactora fueron decisivos los representantes de la provincia. Me refiero a personalidades como Joaquín Beunza, Rafael Aizpún, Luis Oroz y Santiago Cunchillos. Ya es otra historia lo que vino a partir de mayo de 1931, el momento en que se aprobó el Estatuto Vasco-Navarro.

Tras la suspensión de Eusko Ikaskuntza por el franquismo durante cuarenta años, el renacimiento necesitaba de un humus democrático. De ahí la reaparición en 1978, en el comienzo mismo de la Transición en una Vasconia muy distinta a la anterior a la guerra civil. Porque a partir de esa fecha se constituyeron en el país la Comunidad Autónoma Vasca y la Foral de Navarra, dotadas de dos gobiernos respaldados por sendos Estatutos, surgieron hasta cinco universidades públicas y privadas en las que investigaba y enseñaba una nutrida comunidad científica. Adviértase que con la consecución de la autonomía y con la creación de universidades quedaban atendidos en principio dos de los fines fundacionales, los de mayor enjundia. De ahí que la cuestión se desplaza a la búsqueda de objetivos que contribuyan hoy y aquí al desarrollo moral e intelectual de la sociedad, a la recepción y difusión de la ciencia universal en este pequeño país, al estudio de las estructuras pasadas y presentes de Vasconia, mediante iniciativas que articulen y potencien a la comunidad de investigadores. Ahí está el espejo del antiguo Institut d’Estudis Catalans que ha sabido encontrar un camino para transitar por los nuevos tiempos sin olvidar el compromiso fundacional. Dejamos para otro día la cuestión del trayecto recorrido por la Sociedad desde 1978 y la -más difícil de responder- que concierne al papel a desempeñar.


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