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Enmierdados

nuestros ganaderos no esparecen el purín por joder al vecino ni porque les gusta pasear con su cisterna

Por Xabier Iraola - Domingo, 3 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Salgo a correr por las mañanas, temprano, a las 6. Mi tendencia a engordar me obliga a no bajar la guardia y, por ello, me obligo a salir a correr unos 4-5 días a la semana, unos 10 kilómetros al día. Nada más iniciar la carrera me suelo encontrar con un joven que pasea su perrito mientras mira atentamente la pantalla de su móvil y/o se agacha para recoger los excrementos del minican.

Le miro y me pregunto qué pensará este vecino de mí, por correr a semejantes horas. Me imagino su respuesta. Lo entiendo. Ahora bien, si él supiese la lástima que me produce verle a esas horas agacharse para recoger las cacas de su chucho, seguramente que empatizaríamos rápidamente.

La sociedad actual fruto de una concentración en las ciudades, desarrollada durante décadas, con un abandono de los pueblos y zonas rurales ha conllevado, irremediablemente, un alejamiento de una realidad agraria que, básicamente, se limita a estos pueblos y/o a los barrios rurales de las ciudades.

La concentración de gente y actividad en las ciudades ha conllevado que muchos de nuestros conciudadanos solo salgan del perímetro de su ciudad, de las murallas de su fortín y se acerquen a los pueblitos y a los territorios rurales con un objetivo que va desde el paseo por senderos, caminos rurales, bosques y montañas, hasta la recogida de setas, la caza (en este colectivo existe aún un mayor vinculo con lo rural), la práctica de la escalada, rutas de bicicleta de montaña o las tan exitosas carreras de montaña, trails, ultra-trails… Como consecuencia directa, se incrementa la incomprensión de los moradores de las ciudades para con la actividad de los productores.

En estas estamos cuando los ganaderos, minoritarios entre las minorías incluso en muchos municipios pequeños, andan con el culo prieto, sin saber cómo acertar para no irritar a vecinos y paseantes que se ponen como fieras cada vez que nuestros ganaderos expanden el purín, la mierda de sus animales, con sus cisternas para abonar sus praderas.

Imagino que la inmensa mayoría de mis lectores lo sabrán pero los ganaderos no esparcen el purín por sus fincas por joder al vecino ni porque les gusta pasear con su cisterna ni por fardar que la suya, la manguera, es más larga que la del vecino.

No. Los baserritarras esparcen el purín de sus animales para abonar sus praderas, para aportarles los nutrientes que requieren para así poder recolectar, posteriormente, una hierba de calidad que, a la postre, es la base de la alimentación de su ganado y porque además, haciendo suya la máxima de la economía circular y del reciclaje, cuanto más purín, abono orgánico, puedan aportar a su tierras, menos abono químico tendrá que utilizar.

Para más inri, ahora es la propia Unión Europea quien en su empeño de dar una vuelta de tuerca a la sostenibilidad del sector agrario ha decidido condicionar la percepción de las ayudas directas de la Política Agraria Común (PAC) al cumplimiento de una nueva normativa de Condicionalidad que ha sido, progresivamente, trasladada a la legislación estatal correspondiente, en nuestro caso el Real Decreto 980/2017, de 10 de noviembre, que entró en vigor el 1 de enero y que prohibe la aplicación de purín en superficies agrícolas mediante sistemas de plato, abanico y cañones y además, obliga al pronto enterrado de estiércoles sólidos.

Como se imaginarán, este condicionante europeo ha levantado el hacha de guerra de nuestros ganaderos que defienden la imposibilidad de inyectar bajo tierra los purines en una zona tan montañosa como la nuestra. Advierten de su grave afección a la erosión de las tierras y además, lamentan el alto coste por la compra y/o adaptación de la maquinaria agrícola para ejecutar las nuevas prácticas agrícolas.

Creo que tan impepinable como que la ganadería tiene una afección en la emisión de GEI (Gases de Efecto Invernadero) es que dicha afección dependerá del tipo de ganadería y del modelo de crianza del mismo y así, soy de la opinión de que poco tiene que ver la afección de la ganadería del conjunto de la Cornisa Cantábrica con la incidencia de la ganadería intensiva de otras zonas de la Península con fuerte presencia del subsector porcino.

Por todo ello es lógico que los ganaderos de la zona cantábrica, mayoritariamente ganaderos de vacuno y ovino en zonas montañosas, se rebelen y exijan a sus gobiernos autonómicos una regulación realista y acorde con las prácticas ganaderas de su entorno sin tener que aplicar una legislación estricta, un café para todos, que acabaría haciendo pagar a justos por pecadores.

Los gobiernos autónomos han respondido según su capacidad y leal saber, ahora bien, por lo que sé, nuestro Gobierno, el vasco, ha optado por una solución que protege a aquellos ganaderos que aplican el purín en praderas y pastos permanentes.

Acercando el foco hacia lo de casa, nuestro sector primario, el vasco, apenas emite un 4% de los GEI de la Comunidad, lo dice el Inventario de emisiones del propio Gobierno Vasco.

Aún así, el sector anda con la mosca detrás de la oreja, enfadado y a la expectativa sobre lo que vendrá y por ello es de agradecer que sus agentes sectoriales, en este caso la organización ENBA, haya organizado para el martes, 5 de Junio, Día Internacional del Medio Ambiente, en la Escuela Agraria de Fraisoro en Zizurkil una interesante conferencia titulada “Las explotaciones ganaderas y el medio ambiente. ¡Algo más que purines!” que impartirá el experto ministerial Odón Sobrino. ¡No lo olviden, la información es poder!


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