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Xosé Manuel Beiras Miembro de Anova y exportavoz del Bloque Nacionalista Galego (BNG)

“Estamos en una nueva Transición, pero que va hacia atrás”

Catedrático de Economía, cuando Xosé Manuel Beiras (Santiago de Compostela, 1936) analiza la Transición y su trayectoria, también ofrece su visión sobre la situación actual

Jurdan Arretxe Ruben Plaza - Domingo, 20 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Xosé Manuel Beiras

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Xosé Manuel Beiras

donostia- Entre 1982 y 2002 lideró el BNG, donde pasó de ser el único parlamentario en Galicia a ser segunda fuerza en 1997. En 2012 cogió el timón de Anova-Irmandade Nacionalista, surgida de una de las corrientes del BNG. Desde un segundo plano político, pide no equivocarse “ni de enemigo ni de adversario” en las gallegas de 2020. Antes de participar en una mesa redonda sobre la Transición que organizó la asociación de presos y represaliados vascos de la dictadura franquista Goldatu el lunes en Donostia, aborda la actual situación política.

¿Cómo ve a España?

-El engendro histórico sigue siéndolo. Desde hace cinco siglos existe un Estado español que no mudó, niega explícitamente la existencia de una realidad plurinacional en su ámbito. Esa asimetría hace tener constante el conflicto y ahora pagamos las consecuencias del fraude de la Transición. En el tardofranquismo, a nivel de la sociedad civil -en el sentido de Gramsci- tiene lugar un proceso acumulativo hacia la ruptura democrática con un régimen totalitario y fascista. Por cierto, el adjetivo totalitario -que el pensamiento correcto niega tantas veces - está en el preámbulo de una de las leyes fundamentales del Movimiento, en la del Trabajo. Aquel régimen había que desmontarlo y abrir un proceso constituyente de procesos constituyentes. Esto fue abortado por una operación del Departamento de Estado norteamericano vehiculizada a través de la Internacional Socialdemócrata, sobre todo, la SPD alemana, con un pacto con fuerzas del franquismo para la mal llamada Reforma Política.

¿Se imaginaba que esa Transición nos traería a este punto?

-No. Hubo sectores que no aceptamos esa Reforma. En el ámbito euskaldun, la izquierda abertzale, y en el gallego, el Partido Socialista Galego, el único partido socialista que en la Transición no quiso pactar con el PSOE. La consecuencia fue que nos barrieron en las elecciones. Sabíamos que esa Reforma era un fraude y que tendría consecuencias. La primordial, que nuestros derechos serían excluidos de la Constitución, que el problema no se resolvería. Confiábamos en que a medida que se avanzase en la cultura democrática en la sociedad fuera posible. La realidad fue la contraria: desde el 23-F, un golpe fallido solo en su forma más sanguinaria y efectivo en lo demás, empezó una vuelta atrás, sobre todo porque el PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra se había apuntado a la operación de cargarse el proceso rupturista. Ya a partir de 2000, en el Estado estalla una forma de rebelión cívica.

¿Cómo la describe?

-El régimen, basado en los dos partidos dinásticos, está cada vez más alejado de sus bases ciudadanas. Los gobiernos a partir del aznarismo empiezan a gobernar contra la mayoría social y los sectores más desalienados se organizan. El proceso da lugar a fenómenos como el 15-M, pero empiezan muy atrás. En Galicia, entre 2002 y 2003. Con la catástrofe del Prestige, como dije en el Parlamento, el Estado no funcionaba, y emergió la nación: fueron la ciudadanía, el pueblo y las clases populares con sus organizaciones las que afrontaron el problema.

¿Y en estos últimos quince años?

-Hay un momento en el que parece que se puede apostar por una ruptura democrática con el régimen de la segunda restauración borbónica. Ese proceso de deterioro da lugar a una izquierda a nivel de Estado que parece asumir que hay que acabar con las políticas ultraliberales y que hay que asumir el derecho de autodeterminación de los pueblos. Esta descomposición del régimen da sus oportunidades, pero acaba derivando en todo lo contrario. Estamos en una nueva Transición pero que va hacia atrás.

¿Hacia atrás?

-Es una regresión brutal hacia la reaparición de una metamorfosis del fascismo. El poder del Estado, tanto del ejecutivo como del judicial, está actuando al modo de los regímenes fascistas. No vale decir que es una deriva autoritaria, merma de libertades… No. Si uno lee el Título I, la Constitución está de facto derogada desde hace tiempo: los derechos laborales, sociales, sistema tributario, el derecho de manifestación, de expresión… Todo está abolido con la complicidad de un Tribunal Constitucional cooptado por los dos partidos dinásticos y hegemonizado últimamente por el PP.

¿Cómo asiste un nacionalista gallego al ‘procés’?

-No solo asistimos sino que participamos. Yo mismo acudí en la campaña por el referéndum a la presentación de un manifiesto de gente diversa en Òmnium con Jordi Cuixart y participé en el mitin central de la CUP en Badalona. El eje de la contradicción de clase tiene una importancia fundamental. La cuestión nacional tenemos que conjugarla e introducirla por ahí, a ver si en el caso de Galicia logramos una alternativa entre la izquierda nacionalista y la no nacionalista que asuma y respete la soberanía del pueblo gallego. Galicia no tiene potencia suficiente para llevar adelante su proceso de liberación nacional. En Euskadi la vía armada se encontró en un callejón sin salida y dio lugar a que la izquierda abertzale empezara a recomponer su estrategia. En eso está. En Catalunya, el proceso era absolutamente pacífico, democrático y cívico, pero no vale tampoco, porque ante fascistas no hay manera de dialogar.

¿Entonces?

-Si ni Catalunya ni Euskal Herria, que no tienen alianzas a nivel de Estado, no fueron capaces, nosotros mucho menos. Lo que pasa es que esas alianzas a nivel de Estado han fallado, porque a la hora de la verdad la izquierda política, que no la social, dice que asume la plurinacionalidad pero no lo hace, porque no se la quiere jugar.

¿Qué piensa cuando se dice que Mariano Rajoy tiene un ‘modo gallego’ de hacer política?

-Rajoy no es gallego, es oriundo del Noroeste. Es muy distinto. Es un señorito pontevedrés. Pontevedra es una ciudad provinciana, pequeña, con muchas cualidades en cuanto a ciudadanía y un Gobierno municipal espléndido con el BNG que cambió la ciudad completamente en muchos aspectos. En Pontevedra la represión del fascismo fue brutal y siguió ahí, encapsulada. Recomiendo la lectura de dos artículos publicados por Rajoy en los años 80 en el Faro de Vigo, uno firmado como diputado de Alianza Popular en el Parlamento de Galicia y el siguiente, como presidente de la Diputación. Defendía la ideología de la desigualdad, un texto de biologismo vulgar de los nazis. Ante eso, Rajoy tiene las mañas de quien es un flotador. Es un señorito inculto, en el fondo imbécil, pero cuanto más, mejor para ser quien dirige un protectorado en la UE. Galicia es una colonia de un protectorado de un conglomerado de estados satélite de los EEUU. ¡Esto es cojonudo! Somos una colonia en cuarto grado y Rajoy es el presidente de Gobierno de un protectorado desde que se cargaron el artículo 135, cuando se cargaron la soberanía de las Cortes: articular los presupuestos en función de la necesidad de los ciudadanos y hacer que el sistema tributario cobre a todos.

Pero el PP ha gobernado Galicia durante casi 30 años desde 1982.

-¡Porque es una colonia! Lo tengo hablado con colegas vascos, catalanes y españoles de izquierdas desde los años 60 con los que tenía relación cuando preparaba cátedras: se conjuga la opresión nacional con que las clases dominantes estén tan alienadas que son pseudópodos del poder de la metrópolis. En el plano cultural y lingüístico, el gallego es todavía un idioma de clase. Las clases dominantes no hablan gallego. En Catalunya es transversal. En Galicia nunca hubo un nacionalismo burgués, nada similar a Unió en los años 20 o la Convergència posfranquista, o el PNV. Nunca hubo.

¿Por qué?

-El nacionalismo siempre fue entre clases subalternas, la inteligentsia del país, artistas... y ha ido impregnando hacia arriba. En los años de la República vino Atila y arrasó con todo. En Galicia no hubo Guerra Civil, cuidado, muy importante. Lo que hubo fue una represión brutal como, por ejemplo, contra gente muy moderada, democristiana, republicana y galeguista por participar en el Estatuto. Estaban muy señalados por la pequeña burguesía -antinacionalista-, un caballo de Troya de la metrópoli.

¿La última crisis ayuda a que la sociedad gallega una lo social con el autogobierno?

-¡La sociedad gallega a nivel de las clases populares lo interiorizó en los 60 y 70! El nacionalismo de izquierda tenía una enorme fuerza social. ¿Qué ocurre? Que si llega a prosperar la ruptura democrática, Galicia hubiera estado, con su potencia, al mismo nivel que otras. Las clases populares lo asumían, pero es una colonia. Los medios de comunicación, por ejemplo, lo opacan todo. Sigo diciendo que en Galicia el mejor modo de comunicación es el tam-tam (imita dos golpes en la mesa). En los 80 se crea el BNG, que fue una reformulación del frentismo y precedente de fórmulas como el PT brasileiro, que se organizara de forma análoga al BNG.

¿Cómo evolucionó esos años?

-En 1985 tenía un solo diputado, que era yo, y en las Cortes, nada. Andaba por todo el país, 80.000-90.000 kilómetros al año y en todas partes encontraba alguien que si no era del BNG, era de Comisións Labregas, de NTG o de alguna asociación cultural. Eso da lugar a que, cuando acertamos a utilizar bien el Parlamento de Galicia como caja de resonancia, la expansión del BNG es brutal. En 1997 pasamos al PSOE, mientras que aquí la izquierda abertzale nunca le había pasado. Conseguimos un escaño en Europa en 1999 yendo solos y en las municipales gobernamos en cinco de las siete ciudades gallegas, en tres, con alcaldía (Pontevedra, Vigo y Ferrol). ¡Eso no es que Beiras tuviera una varita mágica!: se conectó, se utilizó el Parlamento adecuadamente para retroalimentar lo que existía. La Esquerda Galega de Camilo Nogueira tuvo mucho éxito en la primera fase de la autonomía, pero se vino abajo porque era un partido de gabinete, que es lo que le pasa a Podemos en Galicia, no existe. El BNG, sí, sigue existiendo.

¿Había terreno abonado?

-¡Claro! Galicia parecía un país habitado por vacas y paisanos más mansos que las vacas y, de repente, se rebela. ¡No, coño, no es verdad! Los trabajadores de la construcción naval de Vigo y Ferrol llevan desde los 70 luchando, defendiendo empresas que no son suyas. ¿Cómo decir que la clase obrera gallega es sumisa? Los campesinos, sometidos a un proceso de exterminio, llevan 40 años peleando. Cuando surge Nunca Máis en noviembre de 2002, estaba en el BNG: lanzamos un llamamiento a todo el tejido asociativo y al día siguiente no se cabía en el lugar e inmediatamente se constituye Nunca Máis. ¿Por qué? Porque eso existía pese a no estar hilvanado. El error fue renunciar a dirigirlo políticamente, no darle otras líneas de combate en otras temáticas.

Las Mareas parece que articulan ese espacio. ¿Esas fórmulas pueden tener continuidad?

-Distingamos. Hubo un proceso de unidad popular con un planteamiento que no es el de los frentes populares históricos y que su primera expresión son las mareas municipalistas de 2015. Hubo 70 mareas con características distintas pero de unidad popular, y tuvieron el éxito que se sabe, sobre todo en tres bastiones del PP como Ferrol, Coruña y Santiago de Compostela. Sobre esas bases se lanza una herramienta de poder popular a nivel de Galicia, En Marea. En diciembre del 2015 tiene 410.000 votos en elecciones a las Cortes, lo que no tiene precedentes. El mayor resultado del BNG fueron 390.000 en 1997, pero en elecciones gallegas, porque en Galicia, como colonia, hay mucho que vota en una clave en casa y en otra, al Estado. Mi pronóstico es que las mareas no van a ser derrotadas en 2019. Otra cosa es En Marea, que depende de si consigue funcionar como diseño diferente de unidad popular o acaba siendo un partido convencional, y de si confunde las alianzas a nivel de Estado.

¿A qué se refiere?

-Las fuerzas nacionalistas tenemos que jugar simultáneamente en dos tableros de ajedrez superpuestos: uno, con las coordenadas izquierda-derecha;y el otro, el de la cuestión nacional. Cuando los superpones, a veces hay fuerzas que aparecen más a la derecha pero que en la cuestión nacional están a la izquierda. El componente nacional siempre tiene un componente de liberación, aunque no sea propiamente de las clases obreras. Si En Marea no logra consolidarse como unidad popular y hay presiones desde Esquerda Unida y desde Podemos de que ellos son Podemos y que están en una coalición -aunque no sea así pese a que juegan a eso- pueden acabar rompiéndolo todo. Y a nivel de Estado, en 2016 hay una derrota.

¿Habla de los partidos españoles de izquierda?

-Cuando la izquierda emergente apuesta todo a dar la vuelta a la correlación de fuerzas en las Cortes, da lugar a cierta desmovilización de la lucha social. Esas fuerzas sufren una derrota en otoño de 2016 por la traición de los Felipe González, etc., y por el golpe de Estado parlamentario organizado en enero por la UE y la monarquía. La derrota da lugar a volver a empezar. En la elección del secretario general del PSOE, las bases se rebelan. Cuando logran poner a Pedro Sánchez, hace lo mismo que Susana Díaz y Felipe González, no lo que le habían encomendado las bases. En Podemos, debaten los errejonistas, que quería pactar con el PSOE, y los pablistas, más de lucha social. Iglesias barre a Errejón pero ¡en 2017 sigue la línea de Errejón! En este contexto, En Comú Podem se equivoca por la presión, hizo la mona. Cometió un error brutal respecto al referéndum catalán y las elecciones. Así lo pagó.

¿Qué debieron hacer a su juicio?

-Soy muy amigo desde hace muchos años de Gerardo Pisarello. Es un tipo de gran categoría y piensa como yo, otra cosa es que esté de primer teniente de alcalde de Barcelona. Hace tiempo que casi no hablamos porque está muy ocupado, pero sé que era de la labor de tomar posición a favor del movimiento independentista aunque no se apostase por la independencia: en una guerra tan clara entre dos bandos, no puedes estar en el medio. Esto le pasó a En Comú, ni estuvo en un lado ni en el otro. Nadie los entendió.

Las gallegas de 2020 asoman como de A o B, de PP o no. ¿Qué prevé?

-Todo depende de que en ese espacio de En Marea, con las mareas municipales por un lado y la organización de En Marea, y en el BNG comprendan que hay una lucha primordial: echar al PP. No nos confundamos de enemigo ni adversario. En 2012 el BNG se confundió. Así de claro. Si llega a aceptar la propuesta abierta que lancé, éramos hegemónicos. Si Alternativa Galega de Esquerdas con dos semanas de existencia y campaña pasó de 200.000 votos, con un acuerdo aunque no articulase esos dos espacios, Feijoó no habría ganado. Si en el primer semestre de 2016 En Comú Podem-En Marea… hubiese acertado en su estrategia en las Cortes, sin convertirse en culpable de que hubiera un impasse y hubiera actuado con más inteligencia, Feijoó perdía las gallegas. Si hubiese habido más inteligencia y más lucidez, dejas una serie de cosas para abrir la muralla. La muralla se llama PP-Ciudadanos. De lo que seamos capaces de hacer, o mejor dicho, sean, porque estoy bastante fuera de la primera línea, depende que nos carguemos al PP. Y dependerá también de lo que pase en el Estado. Si hubiese una derrota de la derecha fascista o como quieras llamarla, y de los testaferros de la plutocracia, en Galicia el PP se irá a la mierda. Es lo que pasa en las colonias.


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