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El pragmático pacifismo de Kim

Lo que el líder norcoreano ha hecho solo ha sido repetir con otras palabras lo que dijo el año pasado, sin que entonces conmoviera al mundo lo más mínimo: que había cumplido satisfactoriamente su programa armamentístico nuclear.

Domingo, 20 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Norcoreanos detractores de Kim y residentes en Corea del Sur, rompen retratos del dictador.

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Norcoreanos detractores de Kim y residentes en Corea del Sur, rompen retratos del dictador.

si Kim Jong-un es un gran político está por ver, pero lo que ya resulta indiscutible es que es un gran maestro de la propaganda política. Su reciente anuncio de que Corea del Norte renuncia a más pruebas nucleares ha sido celebrado en el mundo entero cómo un gran paso hacia la distensión.

Pero mirado atentamente, lo que Kim Jong-un ha hecho no ha sido más que repetir con otras palabras lo que ya dijo el año pasado sin que en aquél entonces conmoviera el mundo ni lo más mínimo: Que Corea del Norte había cumplido satisfactoriamente su programa armamentístico nuclear. Es decir, que al país y a sus militares no les hacen falta por ahora más pruebas atómicas porque ya disponen de bombas nucleares.

Naturalmente, hay que poner en el “haber” del dirigente norcoreano que ahora repitiera su vieja declaración con una nueva formulación, porque así le daba al presidente Trump la oportunidad de entablar un diálogo pacificador sin perder la cara. Esto último es vital para un político de una nación democrática… y una vez más el presidente estadounidense ha pecado de precipitación.

Corea del Norte necesita la ayuda de todo el mundo y ganarse la buena voluntad de dirigentes occidentales para que le levanten las sanciones

Porque el triunfalismo con que acogió a los presos estadounidenses liberados por Pyongyang y los aspavientos publicitarios en torno al futuro diálogo con un Kim, presuntamente avenido a renunciar al arsenal nuclear a cambio de ayudas económicas, tenía que humillar forzosamente al régimen norcoreano y alarmar al generalato de este país. Esto último es aún más grave que lo primero porque la dinastía comunista Kim se mantiene en el poder gracias al apoyo del Ejército y el Partido Comunista norcoreano. Las bravatas de Trump han echado a ambos en la vieja psicosis de la guerra fría, una psicosis agravada por los trágicos destinos de Gaddafi y Saddam Hussein, eliminados mientras pugnaban por hacerse con un arsenal nuclear.

Para Kim muchísimo más importante que la opinión pública de su país es el futuro económico inmediato de la nación. Corea del Norte es un país de pobreza dolorosa -ha sufrido varias hambrunas en los últimos lustros- y sus recursos no dan para atender las dos grandes promesas de Kim Jong-un: promover el desarrollo económico de la República y dotar a su ejército de un moderno arsenal nuclear. Así que más o menos cumplido ese último objetivo, ahora toca volcarse en la otra promesa.

Y para ello, Corea del Norte necesita la ayuda de todo el mundo, y en primer lugar ganarse la buena voluntad de los dirigentes occidentales para que levanten las sanciones económicas que le habían impuesto justamente por el empeño norcoreano de tener un arsenal nuclear.

Kim Jong-un, que cursó sus estudios superiores en Suiza, a buen seguro que recuerda el eslogan nazi de los años 30 de “mantequilla o cañones” y si bien ha copiado a Hitler en anteponer las armas a la comida, no quiere seguir por la senda belicista del III Reich y trata de usar la renuncia al arsenal para conseguirle riqueza al país.

El paralelismo entre Hitler y Kim Jong-un casi se acaba aquí. La única e inquietante similitud entre las tesituras históricas de esos dos dirigentes es que en ambos casos la paz y la tranquilidad mundial dependen tanto de ellos como de los otros estadistas con quienes negocien la convivencia internacional. Y, para citar solo un par de nombres, la figura máxima del mundo libre actual -Trump- inspira tan poca confianza como la que inspiraba en su día el primer ministro británico, Chamberlain.


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