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El otro Battaglin

El italiano resuelve en Santa Ninfa, donde sufre froome pero solo Miguel Ángel López pierde color en la antesala de la subida al Etna

César Ortuzar - Jueves, 10 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Rohan Dennis celebra su liderato.

Rohan Dennis celebra su liderato. (Foto: Efe)

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Rohan Dennis celebra su liderato.

donostia- Existen apellidos contundentes, aristocráticos, comunes, estridentes, estrafalarios… También los hay livianos y sonoros como Battaglin, que suena a marcación telefónica, cuando los teléfonos tenían el sentido de los teléfonos, sin apps, ni selfis, ni Internet. Solo eran teléfonos, que ya era mucho ser en aquellos tiempos. Battaglin suena a ciclismo, a leyenda, a vencedor de la Vuelta a España 1981 y del Giro de Italia del mismo año así como a rey de la montaña en el Tour de Francia de 1979. Battaglin lleva el Giovanni delante como Indurain está cosido a Miguel. A cada apellido le corresponde un nombre fijado por el decreto de la costumbre. Por eso, cuando Enrico, un Battaglin, asomó en el ciclismo todos pensaron que debía ser familia de Giovanni. No solo compartían apellido, que ya es bastante compartir, ambos habían nacido en Maróstica. La unión de ideas fue inmediata.

Nada más sugerente que la historia de las sagas familiares y el árbol genealógico para contar una victoria, con el sentido que solo son capaces de otorgar los lazos familiares. Cuando ganó su primera etapa en el Giro, en 2013, hubo quien escribió que Enrico era sobrino de Giovanni. El círculo se cerraba. El encanto resultaba imbatible, salvo cuando se interpone la realidad y todo lo chafa con ese traje gris de funcionario que levanta la ceja y niega con la cabeza. Enrico no tiene nada que ver con Giovanni, pero eso no le impidió escribir su apellido en el libro de honor del Giro después de lograr en Santa Ninfa, un pueblo con nombre de leyenda, un triunfo que se le resbaló ante Wellens en Caltagirone. El italiano saboreó la vendettay Froome, otra etapa en el alambre, casi amarga. Se salvó en un final “más sencillo que el del día anterior, pero complicado en los último kilómetros”, analizó el británico. “El equipo me ha protegido bien, ha hecho un buen trabajo y he podido guardar algo para la etapa del Etna”, dijo Froome, sobre la fogata del Giro.

Antes del fuego, apareció el mar para refrescar al Giro, otro amanecer rodando por Sicilia. Un lugar para los que tienen rumbo o para los aventureros. Mecidos por el oleaje, se balanceó el día con una escapada que amontonó la voluntad de Vendrame, Zhupa, Mullen y Didier, dispuestos a su odisea costumbrista. Salieron los cuatro con ese saludo único y atemporal de los que van a por tabaco y olvidan el camino de vuelta a casa. Embriagados por el espíritu de los exploradores caminaron de la mano, con el afán de los mosqueteros y ese “uno para todos y todos para uno”. La historia no tenía el peso de los grandes relatos ni de las epopeyas, aunque los sicilianos, desordenados, caóticos, se apostaron en las cunetas, comiéndole palmos a los márgenes, apurando la carretera para animar el entusiasmo de los que huyen sabiendo que la huida siempre se queda corta, ensortijada en una alambrada. Esos kilómetros hacia el interior de la isla, cada vez más calurosa en su núcleo, más quebrado el terreno, tenían el paladar salado de la provincia de Trapani tras desplegarse la etapa desde Agrigento. Antes de la salida, un policía de la carrera fue atropellado y permanece en estado crítico.

Vendrame, Zhupa, Mullen y Didier perdieron salero a medida que la jornada se alargaba y en el pelotón se afilaban las tijeras. El Lotto, que pensaba nuevamente en Wellens, fue cortando el hilo invisible que es el tiempo, el único polígrafo. Los escapados trataron de burlarlo, pero las victorias de los vencidos tienen más de leyenda y de literatura que de realidad, a pesar de que Vendrame se resistió a que le colocaran la camisa de fuerza. La prosa es el lenguaje del ciclismo, aunque en días señalados, esos que se almacenan en la memoria, habla poesía y recita épica. Ni la caída torpe cuando se pensaba en Santa Ninfa generó demasiadas líneas al libreto. Solo se asustó Domenico Pozzovivo, al que le sorprendió la montonera y tuvo que reclutar a tres compañeros del Bahrain para retornar al vientre del pelotón antes de que cayera el telón.

aceleranteMitchelton se agitó para decorar con efervescencia otra rampa, que era la alfombra roja en la que debía pasearse el ganador. En esa aceleración, Miguel Ángel López voló a la cuneta. Cayó entre la hierba. Otra vez a ponerse la capa de Superman para tratar de agarrar una carrera ya desbocada, que no le esperó. No lo logró el colombiano.

El comienzo del Giro está siendo su kryptonita. No hay consuelo para López, estrellado otra vez. La pista de aterrizaje del líder del Astana es un calvario. Se desgañitaba Superman en su vuelo a la derrota. Por delante, Jack Haig apretaba con Wellens planchado a su espalda en los bordes de Santa Ninfa. En ese repecho, a dos kilómetros de la llegada, se atomizó el pelotón, donde Dumoulin se personó al frente a modo de patrón en la víspera del Etna, el volcán que aguarda hoy al Giro y que chamuscará a más de uno.

En Santa Ninfa no hubo ríos de lava. No se fundió Froome, aunque no lo pasó bien el británico, que se acaloró en exceso en un repecho con menos carga que el del día anterior, en Caltagirone, donde se le extravió el empuje y se dejó una veintena de segundos. Froome no tiene el cuerpo y tal vez tampoco el ánimo para exhibirse en el Giro, que parece no quererle. A tientas, se protegió en el anonimato, camuflado entre los favoritos, donde continúa enroscado Pello Bilbao, 11º en meta, quinto en la general. Se reconfortó Froome cuando se le aplanó el camino en medio de un pueblo pequeño pero con anchura suficiente para instalar una tela con la que festejar al ganador, en un vis a vis entre italianos. Visconti imaginó un triunfo que finalmente abrazó con fuerza a Enrico, el otro Battaglin.


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