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Colaboración

Una sociedad hecha con personas honestas

Por Etiker - Lunes, 7 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Abordábamos en nuestro último escrito, la urgencia de extender la educación en valores éticos a todos los estamentos de la sociedad. No queremos ser ingenuos optimistas o pesimistas, sino partir de una realidad constatable a diario.

Ciertamente nos movemos en notables cotas de bienestar, desconocidas hasta hace poco. Buscamos superar la grave crisis económica, así como los oscuros y sangrientos años de terrorismo político de ETA. Con todo, son muchos los que se preguntan: y ahora, ¿qué?, ¿qué nos falta?, ¿en qué podemos y debemos cambiar? No es fácil una respuesta exacta, pero sí constatamos con toda honestidad que, por desgracia, nos queda mucho camino por recorrer. Nos sobra información, pero nos falta orientación. Creíamos haber alcanzado una sociedad confortable, pero ¿es verdad para todos? Los problemas están ahí, afectando más duramente a los últimos. Ya que la desigualdad es creciente.

1.- Son muchas las preocupaciones importantes que experimentamos en estos momentos. Aunque en conjunto nuestra sociedad tiene buena calidad de vida, nos importa, y mucho, que baje el número de desempleados, y que los sueldos de muchos trabajadores se parezcan a salarios dignos, potenciando un empleo de calidad, así como la disminución de la sangrante brecha salarial respecto a las mujeres trabajadoras;nos importa, cómo no, la incapacidad para intentar una solución dialogada al conflicto territorial en el Estado, y en concreto en el procés catalán;que la gente no sea desahuciada de sus casas sin buscarles una alternativa;que los pensionistas dejen de repagar medicinas, sus pensiones sean un poco más consistentes y justas en su actualización, sin que se les asuste continuamente diciendo que el sistema es inviable por falta de dinero, porque es mentira;nos importa que nuestros licenciados no tengan que emigrar, dejando en otros países los beneficios de la carrera que han estudiado aquí;nos importa y nos indigna que, en la actividad política y social, la acusación, la descalificación, el odio y el conflicto sean norma de actuación, olvidando que en un permanente enfrentamiento no gana nadie y perdemos todos;nos importa el asfixiante panorama de corrupción que emerge continuamente sin una respuesta adecuada, lo mismo habría que decir de la insensibilidad cada vez mayor en amplios sectores de la población hacia quienes están más necesitados: emigrantes, enfermos, marginados, personas que viven involuntariamente en soledad...

2.- Para profundizar en lo expuesto, importa preguntar qué nos está pasando y qué está fallando en nuestra vida social. No se trata solo de una crisis económica y política, de falta de planes o foros sociales;sino, sobre todo, de una profunda crisis ética de valores morales. Está bien sintetizado en lo que a menudo oímos : “Para ser feliz, quiero que se me dé todo hecho”.

Cada vez se ve más claro que es necesario actualizar y, en su caso, cambiar muchas leyes o decretos, incapaces de responder a las demandas de los ciudadanos. Se constata que mucha gente indignada o perpleja se inclina a votar a quienes les gestionan su rabia, más que a quienes pueden solucionar las causas que provocan esa rabia. Si la gente no entiende y ni se interesa por la vida política, la democracia es una palabra vacía. Tener unos criterios sanos y un juicio propio es fundamental, sin exigir soluciones fáciles y demagógicas a problemas complejos.

3.- En estos momentos, priorizamos como tareas más urgentes a llevar a cabo:

-Cambiar el orden de las cosas. Más allá del dinero fácil y del consumismo, el respeto a las personas más necesitadas. Exigir a los demás exigiéndonos a nosotros mismos. Aquí tiene sentido la palabra de Gandhi: “Sé tú mismo lo que quieres que sea la sociedad”.

-Decir y hacer la verdad. La gente quiere saber lo que pasa y no solamente lo “políticamente correcto”, según interés del poder.

-Ejemplaridad y acercamiento a los ciudadanos, como norma de actuación, superando un permanente y estéril postureo político.

-Trabajar todavía más por un marco de valores ya apuntados desde la familia, la escuela, la empresa y los Medios de Comunicación Social.

4.- Se cuenta que hubo un niño muy sensible e inteligente, que solía preocuparse y lamentarse por el estado en que se encontraba el mundo. Más adelante, durante su juventud, empezó a protestar y a quejarse por las políticas impulsadas por el gobierno de su país. Frustrado por no conseguir los cambios que deseaba, al llegar a la edad adulta centró sus críticas y juicios en su mujer y sus hijos. Fue sin duda una vida marcada por la lucha, el conflicto y el sufrimiento. Sin embargo, al cumplir 80 años y aquejado de una enfermedad terminal, experimentó una revelación que transformó su manera de ver la vida. Tanto es así que horas antes de morir, dejó por escrito el epitafio que más tarde presidiría su tumba: “Cuando era niño quería cambiar el mundo. Cuando era joven quería cambiar mi país. Cuando era adulto quería cambiar a mi familia y ahora que soy un anciano y que estoy a punto de morir, he comprendido que si hubiera cambiado yo y mi entorno, posiblemente hubiese cambiado todo lo demás”.


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