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En el peor momento

El apremiante objetivo de humanizar la política penitenciaria para los presos de ETA pilla al PP demasiado débil y presionado por Ciudadanos

Juan Mari Gastaca - Sábado, 5 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Mientras Arkaitz Rodríguez exigía que los presos -de ETA, se entiende- fueran puestos en libertad y Gerry Adams recordaba la felicidad que reina en Siria y Yemen del Sur por la disolución de la última banda terrorista europea, Mariano Rajoy advertía de que su Gobierno no va a bajar las manos ni se dispone a hacer concesiones. Mientras Josu Ternera, el refugiado imposible (?) de ser capturado desde hace 17 años, certificaba el final de la “actividad política” de su grupo de reservistas, el presidente español visitaba un acuartelamiento de la Guardia Civil en Logroño como si le bastara una imagen como respuesta para evitarse mil palabras. En semejante escenario tan antagónico se enmarca el día siguiente de la marketiniana clausura de más de medio siglo de terror insufrible y estéril. Comienza así el periodo de una digestión complicada por inédita y que paradójicamente viene a coincidir con el momento político más adverso cuando se trata de encarar el auténtico objetivo que rezuma la parafernalia de Kanbo y de los vídeos sin imagen: la humanización de la actual política penitenciaria. Ocurre que la creciente debilidad del PP y el nerviosismo táctico de su gobierno se unen a la presión de un Ciudadanos desaforado con la capacidad suficiente para aguar siquiera una brizna de esperanza a la que en nada ayudan los vergonzantes silencios al dolor causado y a la compresión de las víctimas.

Cuando el PP metabolice el nuevo tiempo será el momento de dar pasos, pero no el fin de la dispersión

El propósito de devolver a las cárceles un mínimo guiño tras el histórico gesto de la disolución tantos años exigida se antoja una quimera a corto plazo por encima del eco de algunos discursos más voluntaristas que acertados. Frente a semejante dificultad, pero consciente sobre todo de la injusticia que entrañaría el actual inmovilismo, el propio Iñigo Urkullu no ha visto otra salida inmediata para romper el hielo que comprometer mediáticamente a Rajoy. Quizá este empeño vuelva a caer en saco roto como le ocurre desde hace varios años, pero ya nada será igual que antes, incluso las justificaciones.

En el paralelo madrileño, el final de ETA no ha perturbado la agenda, pero se ha hecho un pequeño hueco en el rincón con la suficiente entidad para quedarse. En un enmarañado debate en el que se superponen La Manada junto al torpe ministro Rafael Catalá, Altsasu, pensionistas y Catalunya, el árbol de la política penitenciaria se ha empezado a mover aunque las primeras escaramuzas auguran una dialéctica de trincheras. En el empeño se han conjurado de un lado quienes siguen entendiendo el dolor de las víctimas desde hace demasiado tiempo como una argucia de injusta presión política para someter la voluntad del PP. Un batallón con el eco periodístico suficiente para crear un caldo de cultivo siempre intimidatorio cuando se otea el horizonte electoral. Y esta caldera empieza a coger temperatura, alimentada por el recuerdo de los crímenes de ETA aún pendientes de aclarar, el empecinamiento de la jueza Lamela para castigar la lesa humanidad y la reprobable ausencia de perdón por parte de los asesinos. Enfrente, además de la inmensa mayoría del pueblo vasco y del independentismo catalán, los partidos de la izquierda estatal. Patxi López, de momento, ya ha abierto el melón con un pronunciamiento desde el PSOE en favor de una adecuación de la política penitenciaria, coincidente con el discurso de Pablo Iglesias. Una posición compartida por voces que han compartido responsabilidades en la lucha contra el terrorismo como la del exministro Alfredo Pérez Rubalcaba. Con este gesto, los socialistas vuelven a ofrecerse de almohadilla al PP por si Rajoy algún día todavía lejano quisiera encontrar refugio a los golpes que le aseguran desde Ciudadanos y colectivos de víctimas ante cualquier conato de concesión.

Una vez más, ETA ha vuelto a despreciar demasiado tiempo, esta vez los últimos siete años para haber activado su disolución y así hacerla coincidir con una mayoría absoluta del PP, suficiente para soportar cualquier marejada y que jamás volverá. De momento, el Gobierno central va a instalarse en los subterfugios para validar su posición inalterable para resistir una inasequible presión interna y externa. Cuando metabolice el nuevo tiempo -y pasarán muchos meses- quizá será el momento de atender a los presos enfermos y levantar sin demasiado ruido la restricción del primer grado, que no el fin de la dispersión. Pero sin prisa.


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