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El beaterio

Querer no siempre es poder

Por Iñaki de Mujika - Sábado, 5 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 08:26h

Imagen de la tangana que se formó al final del partido, en la que Willian José recibió tarjeta amarilla tras revolverse con Mercado en el suelo.

(efe)

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Imagen de la tangana que se formó al final del partido, en la que Willian José recibió tarjeta amarilla tras revolverse con Mercado en el suelo.El beaterio - IDM

Quedé ayer por la mañana a tomar un café con un entrenador del fútbol guipuzcoano, joven e ilusionado. Su equipo está cerca de ascender y en las jornadas que le quedan, espera poder rematar la faena. Sería su primer gran logro como técnico. El peluquero me había citado a las once, así que organicé la mañana para compartir momentos y sensaciones. Tomé un con leche y un croissant, mientras a él le bastaba un cortadito. Hablamos más de una hora de lo divino y de lo humano. Repasamos categorías, equipos, clubes y futbolistas, directivos y directores deportivos. Charla intensa.

Analizamos el partido del Sánchez Pizjuán y lo que podía suponer para el equipo hispalense la presencia de Joaquín Caparrós en el banquillo de los tormentos. Hablamos mucho de los criterios de los clubes a la hora de contratar un técnico. Pusimos, precisamente, el ejemplo del Sevilla. Comenzaron con Berizzo, siguieron con Montella y terminan con el técnico de Carmona. Nos hacíamos una pregunta. ¿Qué criterios mueven a los clubes a la hora de elegir técnico? Este ejemplo pone de manifiesto la diversidad y la idoneidad, según se mire. Entre los tres hay pocos parecidos, se dedican a lo mismo y tratan de encontrar el buen camino con todos sus recursos y artes.

Las sombras de Monchi y de Unai Emery son alargadas a orillas del Guadalquivir. Decía el debutante entrenador que acudía a la llamada de su equipo con la misma ilusión de un cadete y que se sentía como un niño con zapatos nuevos. El problema es que (ahora que andamos a vueltas con las comuniones) a veces aprietan, molestan, hacen rozaduras y terminan por hartar. Y aquel charol inmaculado, brillante, presumido que remataba el traje de marinerito, fue abandonado a su suerte por unas playeras blancas o unas sandalias de horma más cómoda.

La Real pensó en su rival de una manera, creyendo que se iba a encontrar con el italiano en la banda dentro de la zona técnica, a ritmo de tarantellas, tammuriatas o saltarellos, pero lo que sonaban eran tarantos, farrucas y garrotines. Cuando a una plantilla le cambias de técnico tres veces en un año, determinas fracaso primero y locura después, porque deben adaptarse a la realidad del nuevo entrenador. En este caso con la cruz del largo camino a cuestas. Liga, Champions, Copa... y la sensación de que no has hecho nada después de cincuenta partidos o más. La capacidad de adaptación de los jugadores es loable. Caparrós se la juega en cuatro partidos. Gana el primero de penalti y cumple con el objetivo de sumar puntos, que a estas alturas es lo que vale. Los futbolistas asumen el rol porque no les queda otra. Los cambios traen siempre novedades. Por ejemplo, la de Roque Mesa, que nos causó más trastornos de los esperados en el centro del campo. Nos costó mucho llegar y crear peligro.

Al interlocutor del café en una afamada pastelería guipuzcoana le encanta Imanol. Coincidió con él. Fue su pupilo. Valora al oriotarra que, para llegar al lugar en donde está, ha debido pasar por el necesario y pausado aprendizaje. Las prisas no son buenas consejeras y los escalones se suben de uno en uno aunque el descansillo o el principal parezcan cercanos y al alcance de la mano. Imanol fue discípulo de Caparrós. Lecciones aprendidas y compartidas. A uno le resulta todo novedoso, mientras el otro (con perdón) tiene el culo pelado de experiencias. Les tocó enfrentarse. Seguro que ninguno de los dos apeló a la lírica a la hora de preparar el partido, porque hay un punto de pasión que contagiar a quienes sueñan con las cercanas vacaciones. Motivar a estas alturas de la película nunca fue fácil.

Nuestro entrenador había dicho que, si el equipo jugaba como había entrenado, íbamos a estar cerca de ganar. La realidad es que no sabemos realmente cómo trabaja el colectivo. Las puertas de Zubieta se cierran para curiosos y viandantes, al menos tres veces por semana. Por tanto, lo que haces es imaginarte una alineación, una forma de jugar, una actitud y una puesta en escena. En Málaga pensamos una cosa y salió otra. Y ayer algo parecido. Una falta sinsorga decidió el encuentro. Cierto es que Moyá, el más lucido de los nuestros, debió emplearse a fondo en varias ocasiones y contó con más trabajo que el meta local, al que asustamos poco y mal. Contadísimas ocasiones no son bagaje suficiente para sacar adelante un partido que en ese campo nunca es fácil.

El cambio forzoso de Odriozola por Elustondo fue la única modificación en relación con la alineación que derrotó al Athletic. Casi los mismos, pero muy diferentes en casi todo. La motivación jugó entonces un papel mucho más relevante. La derrota, que era algo que podía suceder, nos aleja definitivamente de Europa la próxima temporada. No hay más objetivo, al menos el inmediato, que disputar el partido del sábado con el interés y la profesionalidad que merecen dos jugadores que se van. Carlos Martínez y Xabi Prieto seguro que vieron a sus compañeros por la tele. No acabarían contentos, porque les hubiera gustado terminar con mejor sabor de boca. La Real no brilló anoche en Sevilla. Dio una imagen más plomiza que en ocasiones precedentes y llevó un ritmo que no era de conquista. Dio la cara, se comprometió, pero no fue suficiente. Querer no es siempre poder.


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