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La tabla final nunca engaña (1-0)

Se acabó la Real ve truncado su sueño europeo ante un Sevilla mejor que ganó de penalti discutido

MIKEL RECALDE - Sábado, 5 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Sandro se adelanta a Raúl Navas, pero su remate se topó posteriormente con una mano espectacular de Moyá.

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Sandro se adelanta a Raúl Navas, pero su remate se topó posteriormente con una mano espectacular de Moyá.

El Sevilla se impuso a la Real con merecimiento. Los hispalenses superaron a los blanquiazules durante la mayor parte del encuentro y si no lo plasmaron con goles antes en el marcador fue única y exclusivamente por la mejor actuación que se le recuerda a un meta de la Real en los últimos años. Miguel Ángel Moyá, el portero de verdad que llegó en el mes de febrero, mantuvo con vida a los suyos con cuatro paradas sencillamente espectaculares, de esas que muchas veces suelen acabar dándote puntos.

El equipo txuri-urdin compitió, que es lo mínimo que se le puede exigir en un encuentro trascendental como el de ayer, pero le faltó brillantez e inspiración para superar la batalla cuerpo a cuerpo, muy a lo Caparrós, que propusieron los locales. Hoy en día, este tipo de estrategias más bélicas que futbolísticas solo salen vencedoras si hay un trencilla que se lo permite. Y ahí apareció Jaime Latre, para echarle un capote a los sevillistas, no vaya a ser que un club de esa envergadura y que ha levantado tantas copas en las últimos años se pueda quedar fuera de las competiciones europeas. Hay que insistir, no se puede dudar del mérito del triunfo sevillano, pero para sellarlo tuvo que recibir el empujón de un juez supuestamente encargado de impartir justicia. Es una pena, no hay más que ver todo lo sucedido en la Champions esta semana. Son muy malos. Lo peor del aragonés fue que pareció saber lo que pitaba. Antes del descanso permitió la dureza andaluza y después decantó el duelo con una pena máxima más que discutible, porque Sandro se dejó caer en cuanto ganó la posición. Para desnivelar un duelo de este calibre se necesita más que ese contacto. Luego completó una actuación por momentos desesperante hasta el final, saliendo beneficiado siempre en sus acciones el mismo (en Anoeta no le tienen nada bien visto, sobre todo cuando se lo encuentran como visitante).

Esta vez Imanol no rotó a su equipo. El técnico solo introdujo un cambio, y obligado, respecto al once que se impuso en el derbi con la inclusión de Álvaro Odriozola por el lesionado Aritz Elustondo. Una vez más, sorprendió que dejara fuera a Héctor Moreno, cuyo estado de forma no parece convencer al oriotarra, ya que no hay que olvidar que llegó en el mes de enero como un refuerzo importante destinado a ocupar el hueco que dejaba Iñigo Martínez. No se puede decir que haya acertado el club...

Como cabía esperar, el relevo en el banquillo hispalense no le vino nada bien a la Real. Tan chapado a la antigua como siempre, Caparrós hizo un llamamiento a la testiculina de sus hombres y logró subir muchos enteros su nivel de agresividad. Rozando los límites del reglamento con continuas faltas y, lo que llamó más la atención, un aumento del histerismo que se reflejó en que lo protestaban todo pese a que sus infracciones eran demasiado evidentes. En este escenario, la Real se vio sometida en los primeros minutos. Los donostiarras tenían que aguantar ese arreón inicial anunciado por el de Utrera y la verdad es que sufrió hasta que, por fin, comenzó a hilvanar combinaciones largas que provocaron el repliegue de los locales, lo que permitía que, en caso de que recuperaran la pelota, se encontraran lejos de la portería de un inconmensurable Moyá. La consigna del Sevilla era clara: robar y balones largos a la espalda de la zaga txuri-urdin para que Sandro, o Nolito y Sarabia en diagonal, buscaran el gol.

En los diez primeros minutos, los andaluces dispusieron de hasta tres acercamientos de peligro. Un mal despeje de Odriozola, que Nolito no aprovechó;un disparo de Sarabia, que se marchó lamiendo el larguero;y un envío largo en el que el propio madrileño y Sandro, en fuera de juego, casi se molestaron antes del cruce providencial de Navas. Januzaj, en un centro-chut, pareció capear el temporal, pero fue un espejismo, porque a los pocos segundos de nuevo el extremo de Boadilla del Monte no pudo superar a Moyá en su intento de vaselina cuando se había quedado completamente solo dentro de área.

El Sevilla no tuvo más remedio que coger aire para rehacerse del esfuerzo, y los de Imanol se metieron en el encuentro al mismo tiempo y ritmo que lo hizo su organizador Illarramendi. La Real compitió y jugó bastante bien en los pocos minutos en los que controló el primer acto. Canales probó suerte desde lejos tras una gran carrera;a Januzaj se le escapó un cabezazo en un córner botado por el cántabro;y Oyarzabal, en la mejor opción blanquiazul antes del descanso, no logró enchufar un buen servicio de Canales después de hacer un gran recorte y de disparar cuando llegaba Willian José.

En los últimos minutos, el Sevilla reactivó su ofensiva, y Sarabia, de cabeza, y Sandro, que se topó con los reflejos de Moyá, estuvieron cerca de estrenar el luminoso. La campana alivió el sofocón guipuzcoano.

Pero en la reanudación llegó la jugada del controvertido penalti. El tanto hizo daño a la Real, a la que volvió a salvar Moyá a disparo del canario, en fuera de juego, y en una contra que partió en una falta no pitada a Januzaj. En la última media hora, con todo en contra y un colegiado con la camiseta blanca puesta, los realistas lo intentaron, pero les faltó claridad, ideas y contundencia. La única oportunidad clara fue un valiente cabezazo de Bautista que se marchó alto.

Quizá era demasiado. Esta Real no merecía el premió de llegar a Europa porque el talento y la competitividad que ha demostrado en la era Imanol simplemente ha acabado siendo la confirmación de que ha tirado a la basura muchos meses de la temporada. Ahora, a despedirse bien de las leyendas y a pensar en el próximo curso, en el que, esta vez sí, confiemos en no llegar a estas alturas lamentando que se vaya a acabar justo en el momento, ya agónico, en el que volvemos a ilusionarnos con lo que pudo haber sido y nunca fue. Triste epílogo para un mal año.

etiquetas: real sociedad


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