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La patraña como industria

Por Manuel Torres - Viernes, 4 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

El presidente de Facebook, Mark Zuckerberg, ese muchachote norteamericano con aspecto de colega del barrio, ha sido requerido por la Comisión Federal de Comercio de EEUU, e invitado por el Parlamento europeo, para que dé explicaciones sobre el uso sospechoso de unos cuantos datos informáticos filtrados por su empresa, los referidos a 50 millones de usuarios que, por alguna extraña razón, han ido a parar a la buchaca de Cambridge Analytica, la consultora que asesoró la campaña presidencial de Donald Trump o que intervino en el referéndum a favor del brexit, entre otros chanchullos electorales teledirigidos, de donde se desprende que una red social -ese divertimento pueril en manos de adolescentes y no tan adolescentes- bien podría manipular los resortes de cualquier democracia.

Trascendente o no, esta noticia es privativa de nuestra época. De hecho, uno de los axiomas que imprimió la globalización con más brío es que el mundo que hasta hace poco conocíamos ha menguado como la pensión de un jubilado. Ya no hay océanos, ni continentes, ni siquiera países, al menos no con aquella pátina soberana de antaño, himno, bandera y ardor patriótico incluidos. El atlas geográfico se ha ido transfigurando en un espeso magma de corporaciones, consorcios y entidades que serpentean entre algoritmos y vísceras cibernéticas, empeñados en mapear las nuevas coordenadas del planeta.

En realidad, el apaño de Zuckerberg y su peligroso juguete no es más que la socorrida punta del iceberg. En un tiempo en el que no hay valores sólidos, sino volubles, donde la desigualdad convive con la democracia en un vecindario estrecho y asfixiante, donde en vez de afrontar la precariedad se tiende a normalizarla como parte integral del nuevo modelo social, y donde los fulgurantes avances tecnológicos funcionan en muchos casos como un efecto narcótico ante los problemas reales, hay otro extremo de este mismo mundo desde donde se libra una guerra que ya no es física sino virtual, aunque no por ello menos amenazante.

Internet está inundado de patrañas, de cuentas falsas que buscan manipular la opinión pública. Durante la última campaña electoral en EEUU, más de un millón de tuits estaban programados a favor de una tendencia determinada. En Rusia, el 45% de la actividad de Twitter está controlada por bots (microprogramas que realizan tareas automáticas, como crear cuentas fraudulentas en redes sociales) o trolls (identidades engañosas que difunden información en la red). La dificultad para discernir entre usuarios reales y falsos es lo que hace peligrosas estas cuentas programadas que llegan a crear ilusión de popularidad hacia un candidato o un político, dispersar fake news, alimentar protestas o anegar las redes de basura servida como propaganda, hasta hacer de esta herramienta una verdadera amenaza contra los estados.

Un ejemplo de estas tácticas fue el Pizzagate. En noviembre de 2016, en plena batalla por las presidenciales de EEUU, salió a la luz un escándalo sexual que implicaba a John Podesta, director de campaña de Hillary Clinton. Según unos supuestos mails filtrados por WikiLeaks, se vinculó a este político demócrata con una pizzería que funcionaba como tapadera de una red de pedofilia. La policía y varios medios de comunicación no tardaron en desmentirlo, pero las redes sociales siguieron propagándola. Gran parte de esta farsa urdida en Twitter fue gestada desde cuentas ubicadas en países como Chipre, Vietnam o República Checa. Pero en las plataformas digitales el espacio no existe y el tiempo se reduce al presente continuo.

El punto del debate en EEUU gira ahora en investigar si Rusia estuvo detrás de estas cuentas favorables a Trump. El análisis de los datos que aparecen en varios informes vincula a muchos de estos bots con la difusión de fake news del presidente americano y su posterior victoria electoral. Y no es para menos. Se dice que Rusia es uno de los actores más activos en abanderar esta nueva era. Dejando atrás la época de los totalitarismos de viejo cuño, demasiados sanguinolentos, y las declinantes democracias occidentales, algo desnortadas, la perorata seminal de Putin y su ejército clandestino de bots y trolls, no hace sino seguir la senda que abrió el KGB durante la guerra fría, y que fue perfeccionando en décadas posteriores con miles de agentes dedicados a lo que entonces se denominaba medidas activas, el uso de mentiras y falsificaciones para sembrar la discordia en su enemigo natural, esto es, Occidente.

Con todo, la diferencia principal entre lo que hacía el Kremlin entonces y lo que hace ahora es que durante la guerra fría los soviéticos se esmeraban en que sus farsas parecieran reales. Ahora, en plena era de la posverdad, ni siquiera se molestan en intentar convencer a nadie de que todo es falso. Se limitan a volcar una noticia tras otra en la red, para luego esparcirlas en la corriente mediática de hoy día, ésa donde la gente elige libremente las noticias que le gusta oír y las verdades que desea leer.

Los hechos ya no importan, ahora la propaganda se centra en una negación posmoderna del concepto liberal de la sociedad occidental y en diseñar campañas electorales a la carta mediante estrategias de microtargeting. Esta patraña es capaz de respaldar movimientos de extrema izquierda, de extrema derecha, incluso provocar conflictos entre ambos con el objeto de generar caos y confusión. ¿Qué se persigue con ello? Inseminar hostilidad y desconfianza en amplios sectores de una población, ya de por sí desencantada y reacia al sistema.

Pero la red de mentiras se extiende más allá de EEUU. Varios países de la Unión Europea también han sufrido esta contaminación, sobre todo desde que Rusia fuera sancionada tras la anexión de Crimea y la desestabilización de Ucrania. Las campañas electorales de Francia, Alemania y Holanda, el referéndum de brexit en Reino Unido, incluso el conflicto catalán, fueron objetivos urdidos en el 55 de la calle Savushkina, en San Petersburgo, local conocido en la jerga hacker como la granja de trolls, y que funciona las 24 horas del día propagando desinformación bajo la batuta del Kremlin, según desvela el periodista David Patrikarakos en su libro War in 140 characters(Guerra en 140 caracteres) con el fin es sembrar discordia. La duda perturbadora está en averiguar si es Rusia la única que mueve los hilos de este guiñol o si estamos en mitad de un fuego cruzado.


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