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Tribuna abierta

Cuando ETA cierra la puerta...

Por Ramón Zallo - Viernes, 4 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

TRIBUNA

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Cuando ETA cierra la puerta, se ha acabado un problema;no así los problemas. En la habitación veremos una larga herencia de personas víctimas -que lo fueron por decisión ajena- y de personas presas -que ya no son lo que fueron ni existe el colectivo al que obedecían- y un sinfín de dolores, fracturas, fracasos e ilusiones colectivas que requieren cuidados distintos.

El anuncio ayer de su disolución, a escenificar como ritual de cambio mañana, ha sido largamente esperada como despedida definitiva y total. Un certificado final para un gran alivio. Por allí pasaron distintas generaciones de militancias que han rozado o tocado a la mayor parte de las familias vascas y afectado a todas, dentro de esa onda larga de 60 años de violencia que buscaba objetivos que se querían liberadores. Con el rubicón del antes y después de 1979, entre la dictadura y la democracia demediada que vino, ETA ha tenido significados sociales distintos (defensivo versus ofensivo, comprendido versus repudiado…).

Esa despedida que comenzaba en 2011 se ha ido desgranando de forma exasperantemente lenta, a cuentagotas, pero con el mérito de ser unilateral, ordenada, sin herederos conocidos, mirando al futuro, con vocación reconciliadora, con cambio previo de estrategia de la corriente en la que se inscribía y arropada por las fuerzas vivas de norte y sur de Euskal Herria. Tiempo de esperanza…

A esa gran noticia le acompaña, sin embargo, mucho ruido sobre cuestiones colaterales y también mucha indiferencia, como temática tenida por amortizada sobre la que aún no somos plenamente conscientes.

En estos tiempos en que gobiernos, partidos... hacen o bien ética retórica sin política o bien política escondida bajo la tejavana de la ética, lo que habría que esperar -pedir a la izquierda abertzale porque ETA ya no estará- es una historia estratégico-política autocrítica o, al menos, sincera y coherente con los últimos pasos para que estos no parezcan insinceros u obligados sino que responden a una reflexión de principios y estratégica que, ahora, aparece incompleta.

No se trata de preguntarse si hubo “decisiones erróneas”, sino si fue legítima la violencia desde 1979. ¿Ha sido útil? Si no lo era, ¿cuando dejó de serlo? ¿Ha conseguido algo? Y el paso de la hegemonía sociopolítica en el espacio público en los 80 al deterioro de los 90, ¿cómo se pudo dar? ¿Y el control militar de la corriente? ¿Quién debió tener el liderazgo estratégico? Hipercor, Yoyes, Blanco... ¿Y matar representantes electos? ¿Y la degeneración de Oldartzen? ¿Y Argel, Lizarra y Loiola? ¿Y que algunos personajes llegaran a la cúpula? ¿Cómo periodizar la historia de ETA desde su fundación, escisiones y giros? ¿Y el coste de oportunidad, o sea, lo que se ha dejado de hacer porque la lucha armada lo impedía o bloqueaba?

Esta es la historia a escribir para hacer creíble, sin desmemoria, la estrategia del presente. Una deseable y sanadora refundación de una izquierda abertzale que va por buen camino ante una sociedad ya cambiada.

Nuestras instituciones vasco-navarras han tenido, ciertamente, otra actitud, más positiva;pero han sido seguidistas de la sociedad civil, poco proactivas, incluso oportunistas, mirando conveniencias, sin la perspectiva a largo plazo de un país que necesita aliento y encuentros.

¡Ay los media! Desde que su gran mayoría degeneró, vendiendo hasta el último ápice de su agenda, ya no pretenden forjar opinión pública sino disciplinarla en valores de orden público. No existe “cuestión nacional” ni problema político, solo hubo violencia nacionalista y radical que la patria -la única patria, la española, que además es sinónimo de democracia y Estado de Derecho como todo el mundo sabe en el Reino de Jauja- ha sabido derrotar;esa patria que como imperio guerrero, potencia colonizadora o Estado fascista ha matado, a lo largo de los siglos en España, Europa y América Latina, más gente que miles de ETAs juntas. La patria heroica y épica siempre es la propia y la patria asesina o cómplice, la de los otros.

ETA, al menos, ya ha dicho unilateralmente la frase “¡lo siento!”, de modo más creíble que la del cazador de elefantes que nos dejó a su heredero y, desde luego, más efectiva. En cambio hay una hipocresía criminal inconmensurable en quienes le piden cuentas a la izquierda abertzale y ocultan las gravísimas suyas.

El PP -heredero del franquismo genocida y dictatorial- nunca ha pedido perdón y sigue ocultando las víctimas en las cunetas, propugnando el olvido, mientras degenera el Estado de Derecho hasta ponerlo torcido;pura carcasa irreconocible en parámetros occidentales de libertades.

EL PSOE nunca ha pedido perdón por el GAL -indicando cómo y quién lo montó, por ejemplo- a pesar de que Rafael Vera lo ha reconocido orgulloso públicamente sin que nadie de la casa le desmienta o critique. Una gran asignatura pendiente.

Ambos carecen de legitimidad para decirles nada a los abertzales mientras no se disculpen por la parte miserable de su propia historia.

Para acabar, la pregunta que cada uno deberá responderse sobre el pasado es si estuvo a la altura de las circunstancias frente al franquismo y ante la Transición, frente a ETA y sus desmanes, frente al terrorismo de Estado, y frente a un Estado involucionista, centralista, antisocial y represivo. ¡Cada cual sabrá!


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