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Opinión

ETA al final de la escalera

Por Txema Montero - Jueves, 3 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Creo acertar si digo que bastantes de ustedes conocen la película El acorazado Potemkim (Bronenosets Potiomkim) del director ruso Serguéi Eisensteín. De seguro que muchos militantes de la izquierda abertzale histórica sí que la han visto, pues en aquellos tiempos se consideraba una película que reafirmaba la militancia, que hacía conciencia política. El largometraje, considerado uno de las mejores de la historia del cine, cuenta los sucesos ocurridos en junio de 1905 en la ciudad portuaria de Odesa (Mar Negro), perteneciente por entonces al Imperio Ruso. Durante una semana, la marinería del acorazado se amotinó en protesta por el mal trato que recibían de la oficialidad. Tras graves tumultos y enorme violencia, dramáticamente retratada por el genial director, fueron finalmente reducidos y desarmados. Los historiadores creen ver en ese suceso un anticipo de la Revolución de Octubre de 1917 (El Octubre Rojo). Al menos esa fue la intención del nuevo poder soviético cuando encargó el rodaje del filme, finalmente presentado al público en 1925. De inmediato, alcanzó reconocimiento mundial y fue censurada por las dictaduras de derechas: las españolas del general Primo de Rivera y luego de Franco;la de Hitler, la de Mussolini y otras del mismo pelaje. Con el paso del tiempo, la película perdió carga ideológica y ganó reconocimiento artístico, algo que no debe extrañarnos porque el arte acaba siempre venciendo a su utilización política. La escena símbolo del filme es la de la escalera: una madre ha recibido un disparo mortal del ejército represor y el carro de su bebé rueda a trompicones peldaños abajo de la enorme escalinata de piedra que comunica la ciudad con el puerto. En homenaje a la película, extraordinarios directores de cine como Francis Ford Coppola en El padrino y Brian de Palma en Los intocables de Elliot Ness insertaron una escena similar.

Tal ceguera era consecuencia de su enorme soberbia armada. Con un aire de superioridad teñido de desprecio, solamente ellos, los dispuestos a todo, los ungidos por el destino, estaban en posición superior, en la visión de la escalinata desde arriba. Pero la incapacidad para conseguir la adhesión de los vascos a su proyecto y método violento -un todo uno inaceptable para la mayoría de nuestra sociedad- acabó poniendo a ETA en su sitio: mirando desde abajo unos escalones que no pudieron subir a pesar de intentar abrirse paso a tiros.

Antes que el comunicado final de su disolución, había leído el anteúltimo comunicado reconociendo su culpa y solicitando el perdón y me pareció un sonsonete melancólico. El sufrimiento es para sufrirlo, no se presta a estudio, pero me atrevo a decir que para muchas víctimas supuso una helada, un dolor sordo, porque ETA distingue entre víctimas legítimas e ilegítimas. Con más rotundidad, basada en mi propia experiencia, afirmo que para aquellos que con la disolución de ETA esperan librarse de sus propias cadenas, el comunicado supuso una primavera, una intensa alegría. A la vista de las reacciones de las instituciones, partidos, asociaciones y medios de comunicación, es indudable que ETA aparece rodeada de un compacto anillo de soledad y que formular exigencias y asignar culpas no tiene sentido cuando has sido derrotado. Naufragio en directo, porque una organización a la que ya nadie ama es lamentable y punto. Los medios de comunicación internacionales están manteniendo una reacción más matizada: por propia experiencia saben que el bajar la persiana de una organización terrorista es un sonido más grato que el mecanismo de cierre de una pistola cuando se aprieta el gatillo.

No esperaba que a la hora de su disolución ETA dijera nada parecido a reconocer que renegaron de lo más sencillo para declararse a favor de la violencia, del tumulto y de la mentira. Entre las filas de la organización no aparece ningún genio de la clarividencia, al menos ninguno que se haya dado a conocer. Habían aprendido contra el franquismo que un estado autoritario absorbía fácilmente las bajas en el campo de batalla y pensaron -profundo error- que una democracia recibiría cada muerte como un golpe al apoyo popular. La horquilla de bajas era absurda por dispar. Más de 800, incluidos muchos civiles, contra menos de doscientas, incluidas personas ajenas a la militancia, y acabó convenciendo a la población de que la violencia se le aproximaba cada vez más.

Gabriel García Márquez dejó escrito que la sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada. Tarde aprendieron quienes apoyaron a ETA hasta el final, pero deberían mostrarse agradecidos por la segunda oportunidad que les ofrece la sociedad vasca: “Ahora muere otro día / en el que he tenido ojos, oídos, manos / Y el gran mundo alrededor;/ y mañana empieza otro / ¿por qué se me conceden dos? (G.K. Chesterton).


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