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La distancia Real entre los dos equipos

La Real se lleva el derbi con justicia y sin pasar apuros, al acreditar su manifiesta superioridad ante uno de los Athletic más pobres que se recuerdan

Mikel Recalde - Domingo, 29 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Januzaj y Oyarzabal celebran el segundo gol que marcó el equipo txuri-urdin al rojiblanco, obra del eibartarra en una gran jugada con el belga.

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Januzaj y Oyarzabal celebran el segundo gol que marcó el equipo txuri-urdin al rojiblanco, obra del eibartarra en una gran jugada con el belga.Los jugadores realistas celebran uno de los tres goles que marcaron al Athletic en el derbi disputado ayer en Anoeta.

Solo sucedió lo esperado. Lo lógico y normal. La Real tiene mucho mejor equipo que el Athletic esta temporada y ayer le derrotó sin necesidad de desempolvar su traje para las mejores galas. Completando un partido correcto, con buenas fases de juego, y otras en las que estuvo bastante incómodo, los blanquiazules estuvieron cerca de volver a firmar otro deseado 5-0. Iban camino de lograrlo hasta que un absurdo penalti por una mano de Llorente metió en el encuentro al siempre inmortal Athletic y al final incluso hubo que pasar por instantes de tensión, que no agobio, sobre todo tras un cabezazo de Williams que se estrelló en el poste.

Insisto, lo que vimos ayer no fue más que la demostración de la diferencia real que separa a ambos equipos en la actualidad. Añado, uno de los argumentos más significativos que confirman la deprimente y decepcionante temporada que está firmando la Real es que este pobre Athletic, uno de los peores que se recuerda, que no se sabe muy bien a qué juega, que solo mantiene como seña de identidad su asfixiante presión adelantada, se encontraba antes de comenzar el derbi a solo tres puntos.

Esta vez sí, y es una pena que parece que lo hagan a la carta, los blanquiazules demostraron desde el primer momento que tenían la obligación de ganar a su eterno rival. Por muchos motivos. Por ser un partido de máxima rivalidad, por la cantidad de pifias y decepciones que han hecho mella en sus aficionados y por la confirmación de que lo único que ganas al marcharte al millonario vecino, con todo lo que ello supone como quedó perfectamente acreditado ayer, es dinero.

“Nuestro orgullo, tu vergüenza”, era el lema de una pancarta que desplegaron en el fondo norte. Era parte del recibimiento que le había preparado la afición txuri-urdin a Iñigo Martínez. No se puede discutir que fue dura con su exjugador, al silbarle de forma atronadora todas y cada una de las veces que tocó el balón a lo largo de los 90 minutos. Que se dice pronto, porque con este tipo de cosas al final la gente se va cansando y termina hasta olvidándose de la protesta. El de Ondarroa comprobó el daño que le ha hecho a la que ha sido su parroquia durante muchos años, porque seguro que en todo ese tiempo aprendió que había cosas que no se podían hacer por respeto al escudo que defendía. Pero hay que decir que, pese a las patosas e irresponsables provocaciones por parte del departamento de comunicación del Athletic, la acogida fue hostil, pero siempre dentro del civismo (solo hubo que lamentar algunos gritos de muérete, que, sea contra el que sea, siempre serán impresentables). Era lógico que se le pitara. Como suelen decir muchos bilbainos, a ellos les tranquiliza mucho cuando ven que los de la Real se enfadan tras llevarse a uno de sus jugadores, porque cuando no se monta la marimorena, es que han patinado y no es bueno. Como cabía esperar, Iñigo no se vino abajo, todo lo contrario, se fue creciendo, y completó una notable actuación tanto defensiva como ofensivamente, al estar muy cerca de marcar tres veces y en una de ellas provocó el penalti.

El sentimiento txuri-urdin volvió a reivindicarse con la victoria ante el eterno rival, que en lo único que supera a la Real es en su cuenta corriente

No, ir al Athletic no es dar ningún salto de calidad. Ayer tocaba una reivindicación del sentimiento txuri-urdin. De lo feliz que puedes ser quedándote en el club que llevas en tu corazón, que, como hacía Matthew Le Tissier, se dedica a ganar a los grandes y a otros clubes venidos a menos pero que siguen teniendo mucho más poder adquisitivo. Aparte del recibimiento a Iñigo, esa era la sensación que imperó en una grada implicada y orgullosa de su equipo. Si contra el Atlético se derrotó a un gigante con una exhibición brillante, ayer tocó desplegar una versión competitiva sin cometer errores para marcar la diferencia con los hombres de mayor calidad que vestían de txuri-urdin. ¿El resultado o la consecuencia? Un triunfo solvente, relativamente cómodo, convincente, necesario y gratificante. De esos que alegran las horas siguientes y los posteriores días a sus aficionados. Por cierto, así como quien no quiere la cosa, los donostiarras están lavando su imagen en Anoeta, donde han ganado seis de los últimos siete encuentros que ha disputado, con cuatro goleadas incluidas. Cinco si contamos la de ayer. No está mal. Nunca había anotado tantas dianas en casa desde que se mudó al estadio en 1993.

Imanol volvió a sorprender con su once. No falla. Al técnico le gusta mover el árbol. Muchos de ellos eran lógicos y previsibles después de que en Málaga hiciera rotaciones. En total, siete caras nuevas. La noticia inesperada fue que Moreno se quedase fuera de la lista. El día del derbi, el encuentro más importante que quedaba en este tramo final del campeonato porque es el que más importa a su gente, el fichaje de invierno que vino para cubrir el hueco dejado por Iñigo no se vistió. Algo pasa con el mexicano, que no termina de cuajar y que no consigue adueñarse del cartel de indiscutible que tenía reservado el club para él. En la portería, como es lógico, entró el mejor de los tres, Moyá, siguiendo el mismo razonamiento que permitió a Rulli sentar a Toño tras recuperarse de su lesión.

El encuentro en la primera parte siguió el guion previsto. El Athletic desplegó una presión muy fuerte y adelantada, que dificultaba la salida de balón de los realistas. Vamos, lo esperado. Destacar la solvencia de Moyá con su juego de pies, que transmite una tranquilidad y una seguridad que permite que no se viva con un constante ataque de nervios en la grada. ¿Qué hubiese sido de esta Real con el mallorquín desde el inicio de la temporada? Esta vez los blanquiazules, que por supuesto no estaban confortables por la oposición de su rival, tenían claro cómo hacer daño al Athletic al ser plenamente conscientes de que, una vez superada dicha presión adelantada, iban a encontrar muchos metros para generar peligro. Y ahí, un día más, volvieron a aparecer sus dos extremos para comenzar a producir ocasiones. Oyarzabal y Januzaj, los dos con sus estilos diferentes, son como dos martillos pilones que te golpean y golpean hasta que te destrozan. Esta vez estuvo más entonado el belga, que fue quien de verdad abrió y decantó el encuentro gracias a su excepcional talento.

Curiosamente, pese a tener mucho más fútbol, la Real pagó al Athletic con su propia medicina al no parar de hacerle daño en acciones a balón parado, siempre bien sacadas por el guante de Canales. Sin apenas ocasiones, llegó la jugada del primer gol, en un saque de esquina que San José despejó a su propia portería de forma bastante torpe. Era reincidente, ya que hace unos años también marcó de cabeza en su meta en otro derbi. No se vayan todavía, que luego hubo más. A partir de ese momento los locales se adueñaron del partido y sometieron con nitidez, aunque poco brillo, a los bilbainos. En total fueron once disparos, dos goles y dos palos antes del descanso. Tras dos sustos en sendos testarazos de Iñigo, la versión asistente de Januzaj provocó un disparo cruzado de Zurutuza y el 2-0, en una acción que empieza en una recuperación de Oyarzabal, que no hizo falta a Iturraspe, una apertura magnífica de Illarra y una invitación al gol del belga que culminó el eibartarra. Aritz, en un cabezazo que salvó Kepa con la ayuda del larguero, y Navas, a bocajarro, en otros dos centros de Canales a balón parado estuvieron cerca de poner patas arriba Anoeta.

En la reanudación, Llorente se encontró con Kepa en otra jugada a balón parado y, casi desde la misma posición, el cántabro sirvió un balón envenenado que se alojó en las redes tras tocar en… ¡San José! Cuando la grada soñaba con volver a bailar la conga gracias a otra goleada al vecino, Raúl García redujo distancias al transformar un penalti incompresible de Llorente por mano. Segundos después, Williams cabeceó al palo y el runrún y la preocupación afloraron en el estadio. Pero no fue para tanto. Solo Raúl García estuvo cerca del segundo, pero se topó con Moyá, un porterazo. El de la otra portería también voló para dejarle sin gloria a Januzaj. Y la roja de Pardo por una entrada peligrosa quedó en mera anécdota.

La Real se llevó el derbi con indiscutible justicia. Si hubiese vencido al descendido Málaga, habría dormido en la séptima plaza que da pasaporte para volver a Europa. Estos tres puntos le meten de nuevo en la pelea del único objetivo que salvaría la temporada, ya que el triunfo de ayer solo tiene un plus desde el punto de vista psicológico. Pero la lectura obligada a lo sucedido ayer fue distinta y más profunda. Hay cosas que no se compran con dinero. Aunque tampoco hubiese una enorme necesidad porque es eterno, el sentimiento txuri-urdin volvió a reivindicarse con la victoria ante el eterno rival, que en lo único que supera en la actualidad a la Real es en los ceros de su cuenta corriente.


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