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Y tiro porque me toca

Y tiro porque me toca La camiseta roja

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 22 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:03h

he venido siguiendo lo que ha dado en llamarse el juicio de Alsasua desde la noche de octubre de 2016 en que ocurrieron los hechos no aclarados. Lo he seguido con preocupación, con indignación a ratos y pensando en las consecuencias, dentro y fuera de la sala de audiencia. No soy el único que desde la estricta perspectiva jurídica ha visto con alarma cómo se ha desarrollado la instrucción, orientada a unos hechos delictivos predeterminados, cuál ha sido el eco mediático y político del caso, cómo se han denegado pruebas de descargo y finalmente cómo se está desarrollando el juicio.

Es para echarse a temblar -y no para reírse-, si uno de los documentos que sirven de acusación no lleva la firma del testigo, de cargo digamos, que depone y no recoge lo por este declarado, sino lo contrario. Alguien miente. Este extremo que acabo de citar debería haberse aclarado ya porque no hay jurista que defienda algo así y es motivo sobrado, en otro sistema supongo, para la nulidad de las actuaciones.

Resulta inexplicable que no haya acuerdo en el relato de los hechos entre los bomberos que acudieron en ayuda de heridos y los policías forales. Unos y otros vieron cosas distintas. ¿Qué significa ese encontrarse “desorientado” del sargento?

Quienes piden el linchamiento de los jóvenes y de cuantos les apoyan obvian estas cuestiones que invitan a pensar que ha habido indefensión jurídica, las silencian porque lo que importa es esa condena por unos hechos dados por probados antes incluso de que comenzara la instrucción del caso. Hecho probados y condena.

Hoy, en la cárcel hay un muchacho al que el teniente herido acusa de haber participado en su agresión vestido de rojo, cuando el encarcelado iba aquella noche de negro y varios testigos lo sitúan en otro lugar. Es para pensárselo

Hay medios de comunicación que tergiversan con impunidad y descaro las declaraciones de los testigos para conseguir esa imagen del atentado terrorista que es la del Gobierno, no nos engañemos, y porque es lo que sus lectores están pidiendo a gritos. Disentir de la versión oficial es hacerse acreedor de acusación de complicidad y de agresiones verbales graves.

La manifestación de hace una semana en Pamplona ha sido tachada de tener tintes fascistas, lo que a mi juicio, y junto con la presunción de inocencia negada, demuestra lo mucho que “ha cundido la infamia en España”.

Se han hecho relatos que faltan de manera grave a la verdad: ¿Cómo es que ahora aparecen daños que no eran visibles el día de los hechos ni fueron recogidos en documento clínico? ¿De dónde se sacan que fueron reiteradamente pateados en la cabeza sin que consten daños consecuencia de esa pateadura? ¿Cuáles fueron los daños reales? Debería hacerse público el informe médico y el de los bomberos que atendieron a los heridos.

Alguien, insisto, no está diciendo la verdad, dentro y fuera de la sala de audiencia, y este, el del relato veraz de los hechos, junto con el de la presunción elemental de inocencia, dañada de manera grave por profesionales de la información, es uno de los valores que más malparados están saliendo, para el presente y para el futuro. Nos coloca a todos bajo sospecha, a unos de un lado a otros de otro. La jueza Espejel ha sido recusada por ser esposa de un miembro del instituto armado, y por mucho que no fuera admitida la recusación, así queda. Yo creo que nunca llegaré a saber con certeza qué pasó aquella noche.

Tiene que ser tremendo ir a la cárcel no por un error judicial, sino por un testimonio falso. Las acusaciones vuelan, todos estamos en posesión de la verdad, los abogados de barbecho dictaminan sin haber abierto un código jamás, las brigadas del amanecer mediático afinan la puntería, la sala deniega pruebas como la de los bomberos porque ponen en tela de juicio la versión oficial que se ha establecido desde instancias políticas, no judiciales… Se habla de presiones a testigos que tienen que desmentirlo, ¿por qué? ¿Por qué no se interpuso denuncia alguna hasta la visita del director de la Guradia Civil de entonces, de cuyo pasado de extrema derecha conviene no olvidarse?

Hoy, en la cárcel hay un muchacho al que el teniente herido acusa de haber participado en su agresión vestido de rojo, cuando el encarcelado iba aquella noche de negro y varios testigos lo sitúan en otro lugar. Es para pensárselo. ¿A quién creer? Ya no es una cuestión de prueba, sino de trinchera, de ideología, un asunto politizado desde que sucedieron los hechos. Si de algo estoy seguro es de que la sentencia, sea del tenor que sea, no va a contentar a uno de los bandos, porque de bandos estamos hablando y me temo que ya irreconciliables.


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