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érase una vez...

La guerra civil vuelve, pero ahora no se libra con armas sino en los medios

Continúa el resentimiento de las zonas rurales con las élites urbanas

Domingo, 22 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:03h

El candidato republicano al senado por Alabama, Roy Moore, acude a votar montado en un caballo.

El candidato republicano al senado por Alabama, Roy Moore, acude a votar montado en un caballo.

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El candidato republicano al senado por Alabama, Roy Moore, acude a votar montado en un caballo.

La intolerancia social de los Estados Unidos de hoy en día, que está convirtiendo la presidencia de Donald Trump en una guerra civil que afortunadamente no se libra con armas sino en los medios informativos y los tribunales, es tanto más amarga e inquietante por cuanto sus raíces datan de la época colonial.

En aquel entonces era un país de territorios inmensos, desconocidos y difíciles de atravesar, con un clima extremado y en el que faltaba de todo, empezando por la gente que pudiera domeñar su tierra difícil, talar los árboles que lo hacían impenetrable y construir unos edificios básicos para cobijarse.

Todo era difícil, porque estas tierras estaban muy lejos del resto del mundo que ni conocía su existencia ni tenía maneras fáciles de llegar. Los que se lanzaban a la aventura, formaron una población abigarrada, con ideas muy distintas acerca del mundo en que deseaban vivir.

A pesar de tantas dificultades, la población se multiplicaba y extendía por más y más territorios, cada vez más lejanos hasta formar este país continental que hoy conocemos como EEUU, donde el clima se controla con aire acondicionado o calefacción, los recursos son abundantes, la tecnología es puntera y su economía es el motor del mundo.

Aquel país de promesas y desafíos no es el de hoy, tan diferente en riqueza y desarrollo. Pero sigue teniendo los mismos planteamientos y necesidades que hace cuatro siglos, cuando los primeros colonos ingleses llegaron a sus costas en busca de mejor fortuna, o cuando los famosos “peregrinos” del Mayflower desembarcaron en un terreno hostil en busca de libertad religiosa.

Esta tierras, conocidas ya desde el principio como “plantaciones”, -no porque hubiesen extensos cultivos, sino porque en ellas se “plantaban” los colonos- anduvieron desde el principio tan escasas de mano de obra que trataron de importarla: con campañas de propaganda en los países europeos, con contratos de servidumbre entre los pobres que esperaban pagar así sus deudas, o con la importación de esclavos.

Las oleadas de inmigración no cesaron nunca, aunque al cabo de cierto tiempo, el crecimiento demográfico natural fue elevadísimo. Pero el país nunca ha dejado de necesitar gente de fuera, a pesar de la convicción de muchos norteamericanos de hoy en día, empezando por su presidente actual, de que compiten con la población local y generan desempleo.

DesencuentroTambién antes, como ahora, ha habido un desencuentro entre la población costera y la del interior: incluso antes de que Estados Unidos fuera un país independiente, los habitantes de la frontera, como se conocían entonces los territorios al oeste de las capitales de cada colonia, se consideraban ninguneados por las clases prósperas de sus respetivas capitales. Hubo repetidamente todo tipo de promesas de enviarles ayudas médicas, servicios públicos, maestros, pero como en las elecciones modernas, la realidad tiene poco que ver con lo que se dice a la hora de buscar votos.

El descontento llegó a tales extremos que en lugares como las dos Carolinas hubo rebeliones con los Regulators que pedían mejores servicios y atención de sus respectivas capitales, o Pennsylvania, donde ocurrió algo semejante con los Paxton Boys. En ambos casos hubo rebeliones armadas. Hoy en día no hay tales revueltas, pero el resentimiento de las zonas rurales contra las élites urbanas quedó evidente en las elecciones de noviembre de 2016 y podría incluso mantener a Trump en el poder dentro de dos años cuando se celebren los nuevos comicios presidenciales.

Entonces, como ahora, la vida era dura: los ingleses que conseguían una concesión real para colonizar un territorio americano eran aristócratas, al igual que los españoles que llegaban como “adelantados”. No se quedaban estos aristócratas británicos para afrontar las dificultades: quienes roturaban las tierras, resistían los huracanes, los hielos invernales y los veranos tórridos eran los que huían del hambre y las epidemias europeas.

Hoy vienen aquí pocas personas de países con buenas prestaciones sociales y calidad de vida, como la que impera en Europa occidental;pero los EEUU siguen siendo una tierra prometida para los que llegan del sur del hemisferio americano, que no ha podido materializar las promesas que en su día ofrecía el Nuevo Mundo, o los africanos y otras zonas del mundo que huyen del hambre.

Que la presencia de esta gente es necesaria lo demuestran las estadísticas: además de estar en pleno empleo, en todo el país hay escasez de viviendas y servicios de todo tipo, hasta el punto de que los patronos no buscan ya solo jubilados para que vuelvan a trabajar, sino que incluso echan mano de jóvenes sin experiencia alguna que todavía van a la escuela.

Y también ahora se repite el rechazo de otrora a los irlandeses, los italianos o los chinos, aunque esta vez los indeseables recién llegados sean mexicanos o de otros países del hemisferio. Hasta el punto de que México ha tenido que redoblar los programas de apoyo a sus ciudadanos en Estados Unidos con unos “cónsules de comunidades” que se presentan en las iglesias a las que acuden los domingos sus compatriotas para ofrecerles apoyo y consejo: “la situación -les dicen- se ha puesto complicada”. En realidad, para los inmigrantes del momento, lo estuvo siempre.


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