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A por ellos

Dos monjes en el Olimpo

Por Mikel Recalde - Jueves, 19 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Xabi Prieto salta con Griezmann en el Real-Atlético del año pasado.

Xabi Prieto salta con Griezmann en el Real-Atlético del año pasado. (Foto: R. Plaza)

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Xabi Prieto salta con Griezmann en el Real-Atlético del año pasado.A por ellos - Mikel Recalde

después de tantos viajes con la Real me he dado cuenta de que lo que más me suele atraer e interesar en los mismos son las personas que vienen por primera vez y que, como es lógico, lo viven con el mismo estado de excitación que sentí yo. En el caso de este último desplazamiento a Las Palmas, uno de esos distintos en los que podemos volar con el equipo como sucede en Europa (en algo que, no se equivoquen, aún engrandece a nuestro club), los invitados inesperados eran una encantadora pareja de Oñati. Les había tocado como premio en un sorteo de una casa de apuestas y se lo habían comunicado la víspera. Me hicieron gracia sus evidentes nervios previos a emprender la marcha en autobús y cuando se sentaron en el avión en mitad del espacio destinado o utilizado por los futbolistas. “No está mal viajar así, eh”, les comenté entre risas, “solo les falta ir de puerta a puerta”. Y en la vuelta lo mismo, el partido acabó a las 20.30 de aquí y, por increíble que parezca, a las 3.15 y a 2.500 kilómetros de distancia, estábamos recogiendo nuestros vehículos particulares. La comodidad no evitó la aparición del cansancio, sobre todo tras la última etapa de madrugada por carretera desde Vitoria a Zubieta, y al bajarnos del minibús le dije, sobre todo a ella, que llegaba agotada y todavía le quedaban unos 45 minutos en coche hasta llegar a casa: “Qué duro es ser futbolista, eh...”.

Muchas veces lo olvidamos, pero, para lograrlo, aparte del talento congénito, estás obligado a currártelo y sacrificarte mientras vas superando todo tipo de obstáculos. Siempre lo he dicho, me encantaba jugar a fútbol, pero me quedé en la entreplanta o catacumbas. Me temo que no superé la primera prueba de riesgo. Cuando jugaba en un equipo ya desaparecido que se llamaba Gazteleku, al término de un partido, mi entrenador, Viji, hizo un aparte conmigo, al más puro estilo Imanol, aunque en clave reprimenda: “No puedes intentar llevarte un balón con el tacón en el aire dentro del área (¡jugón!). Hay que ser mucho más contundente y chutar como sea”. Recuerdo que me llegó dentro, y me presenté más motivado de lo normal a la siguiente cita en un partido en el también desaparecido campo de Hériz, en la ribera del Urumea, cerca de Loiola. En la segunda parte, ya con mi padre detrás de la portería (vehemente defensor de la teoría “déjate de tantas chorradas”), abrí un balón a la banda y cuál fue mi desgracia cuando vi que mi compañero me puso el centro un poco largo, por lo que solo podía llegar lanzándome en plancha (en mi vida, como mucho, patio de colegio incluido, habré anotado dos o tres tantos de cabeza). No me lo pensé dos veces, era mi momento, emprendí un vuelo espectacular casi sosteniéndome en el aire a lo Matrix, o al menos así lo percibí yo, mientras la gravilla aguardaba ilusionada a todas mis carnes, y mi espectacular testarazo a puerta vacía creo que pegó en el palo y se marchó fuera. Digo creo, porque había entrado en otra dimensión, aturdido y medio mareado, y me había raspado hasta mis partes íntimas (verídico). Le tuve que preguntar a mi aita en el coche de vuelta a casa qué había pasado porque en el vestuario me daba vergüenza. Ahí se acabó, con suspenso, mi capítulo de la contundencia en el fútbol. No lo volví a repetir en mucho tiempo.

El destino ha querido que la misma semana en la que Xabi Prieto anunciaba su retirada a final de curso, otro icono, esta vez del Atlético, como Fernando Torres, confirmaba que no iba a renovar su contrato. Siempre he sido muy del Niño. No recuerdo a un futbolista de primer nivel al que se le haya maltratado de esa forma y se haya dudado tanto de él. Pese a que marcó el primer gol de todos los españoles antes que su amigo Iniesta en aquella Eurocopa de Suiza y Austria, parte de la prensa, sobre todo la madridista, siempre ha desconfiado y le ha tenido en el centro de la diana por ser atlético y no escuchar los cantos de sirena del Bernabéu. Ya se ha tranquilizado el tema, pero llegó un momento en el que, cuando fallaba una ocasión clara, mi móvil se volvía loco por todos los mensajes que entraban de amigos vacilándome. Unos merengones, a los que todavía recuerdo el doblete que les clavó en la Copa en su estadio;otros del Barcelona, a los que les mando la foto anotando con el Chelsea y confirmando su eliminación en unas semifinales de una Champions que acabó ganando.

La primera vez que coincidí con él fue en un Europeo sub’19 en el que Moyá y Riesgo eran sus porteros. Me acuerdo de que un entrañable periodista bilbaino, en un momento de un encuentro ya clave, me comentó: “Este chaval ha venido a tocarse las narices”. Y la verdad es que me sorprendió, porque me estaba fijando y los cuatro defensas eslovacos le querían matar. No podían más con él, había chocado con todos ellos y no paraba de lanzar desmarques. Poco después firmó un doblete para sellar el pase en una final en la que marcó el tanto del triunfo, también contra Alemania sub’19, con la que ensayó el gol más importante de su carrera. En ese sentido y, aunque suene paradójico después de la aventura que he contado en Hériz, siempre me han gustado los delanteros que producen esa sensación en los defensas, mientras que mantengan un mínimo código ético de conducta, no como Diego Costa.

No olvidaré jamás una de las últimas actuaciones de Joseba Llorente, en un 0-4 en Getafe, cuando el local Cata estuvo a punto de entrar al vestuario a buscar un machete para acabar con él. Y el hondarribiarra volvía a saltar una y otra vez con y encima de él, aunque fuese solo para molestarle (mi añorado tío Iñaki siempre me contaba una exhibición similar de Gaztelu de improvisado delantero por las bajas contra el Atlético en el Calderón).

Las impresionantes estadísticas de Torres se encuentran a disposición de los afectados por el mal de la memoria selectiva. Pocos futbolistas han movido tantas cifras en traspasos como él. Es otra leyenda viva, como la nuestra, también con un sentido de la pertenencia privilegiado, tal y como se confirma con las muestras de cariño que le profesa su afición en todos sus partidos. Las palabras de uno de sus hinchas fuera del Wanda el domingo me recordaron mucho a lo que vivimos aquí estos días pasados: “No siempre es necesario ganar títulos para dejar huella”.

El talento de Torres y Prieto está ahí, desde críos, es innato, pero nadie puede debatir que se lo han currado para llegar al Olimpo de sus clubes. Y eso es en realidad lo que les ha elevado hasta los altares. El volver a tirarse en plancha para marcar en la siguiente jugada pese a tener el cuerpo magullado. Como decía el difunto Alberto Ormaetxea: “La gente dice que qué vida se pegan los futbolistas, que trabajan una hora al día. Que se lo pregunten a sus esposas o novias. No pueden salir por las noches, ni comer lo que quieran;los fines de semana, concentrados, viajan constantemente. Estoy hablando de buenos profesionales, como son los que yo conozco. Si no te cuidas, adiós. Durarás dos años. Y si te lesionas, nadie te espera ni te guardan el sitio. Una lesión de un año significa el 10% de tu vida profesional. El futbolista es un esclavo, un monje. El monje reza, el futbolista ve cine. Es lo único que puede hacer”. Lástima que Torres y Prieto no puedan coincidir capitaneando a sus equipos esta tarde por la preocupante lesión del nuestro. Lo que nos confirma que, como hacen los atléticos, debemos aprovechar y disfrutar los pocos minutos que nos quedan de Xabi en el verde. Y a partir de junio será cuando abramos el baúl de sus inolvidables recuerdos. Los esperamos, tenemos toda la vida por delante. ¡A por ellos!


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