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A los 80 en coche, a los 90 en avión, a los 100... ¿en cohete?

Carmina González nunca ha dejado que le corten las alas. Fue de las primeras en ponerse pantalones, condujo hasta los 82 años, a los 94 sigue viajando...

Reportaje y fotografía de Asier Zaldua - Domingo, 15 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:03h

La zumarragarra Carmina González, en el balcón de su casa.

La zumarragarra Carmina González, en el balcón de su casa.

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La zumarragarra Carmina González, en el balcón de su casa.

Carmina González es una mujer de armas tomar. Le tocó vivir una época en la que las mujeres lo tenían mucho peor aún que hoy en día, pero nunca se amilanó y se rebeló contra aquello que consideraba injusto. Vino de Barcelona a Zumarraga siendo joven y se enfrentó a las costumbres que consideró discriminatorias. Se ponía pantalones, fumaba... Sacó el carné de conducir cuando aún eran pocas las mujeres que lo tenían y fue ella la que llevó a su marido por toda Europa. Condujo hasta los 80 bien pasados. Ahora, con 94 años, utiliza el avión para viajar. A este paso acabará montando en un cohete...

Nació en Becerril de Campos, un pueblo de la provincia de Palencia, en 1923. “Mi padre trabajaba en el ferrocarril. Somos seis hermanos y cada uno nació en un sitio distinto”. Vinieron a Zumarraga desde Barcelona, después de la guerra, cuando a su padre le nombraron jefe de la estación de Zumarraga. “Mi hermana pequeña se casó con un chico de Zumarraga y yo con uno de Urretxu y mis padres decidieron establecerse definitivamente aquí”, recuerda.

Le costó acostumbrarse a nuestro modo de vida. “Yo venía de Catalunya y allí las costumbres eran distintas. Los chicos nos venían, nos esperaban, nos preguntaban si íbamos a ir al baile... Aquí los chicos no hacían eso: te miraban, te seguían, se preocupaban por si tenías novio... ¡Pero no te lo preguntaban a ti! Al principio, eso me causó desasosiego”.

La protagonista de este reportaje estudió corte y confección en una academia de Donostia. Se casó algo mayor, con 33 años. “Yo no pensaba en casarme. Mi ilusión era poner un negocio. Una tienda de moda”. Renunció a ese sueño, pero trabajó de modista (hizo los trajes de la tamborrada de Zumarraga y de los primeros carnavales). Y le dejó las cosas claras a su marido. “Me dijo que por las noches no le esperase para cenar, que se quedaría con los amigos. Le respondí que si él salía, yo también. Otras no salían con sus maridos, pero yo sí. En otra ocasión me dijo que le esperara fuera mientras él tomaba un vino con los amigos y yo le dije que yo también entraría y tomaría algo”.

La Lambretta Nunca se ha cerrado puertas ni ha permitido que nadie se las cerrara. Compró una Lambretta a medias con su hermano para poder ir de un lado a otro. “Mis padres no me podían ver subir a la moto, porque me decían que eso hacía muy feo. Que la moto era para hombres, no para mujeres”.

Sacar el carné de conducir también fue un acto reivindicativo. En una comida a la que acudieron varias parejas, empezaron a hablar de las mujeres que conducían. Dos de las que estaban en la mesa tenían carné y un hombre le dijo al marido de González que no le dejase conducir a su esposa, pues con lo que le gustaba fijarse en los detalles de los monumentos acabaría subiéndose por las paredes con el coche. “Yo nunca había pensado en sacar el carné, pues podía viajar gratis en tren. Pero me dio rabia que dijeran eso y cuando volvimos a casa le dije a mi marido que iba a aprender a conducir, por tacones. Me contestó que venderíamos las ruedas para comprar la gasolina, pero no le hice caso. Con el dinero que ahorraba en las compras, saqué el carné”.

Para comprar el coche tuvo que ahorrar el dinero que el banco le daba a su marido para el bocadillo. En cuanto juntó 3.000 pesetas abrió una cuenta en la caja de ahorros provincial: su marido trabajaba en el Banco Guipuzcoano pero no quería que supiera lo que tramaba. Con el dinero ahorrado, compró un Seat 850 Especial. Fue entonces cuando le dijo a su marido que había ahorrado 85.000 pesetas guardando el dinero del bocadillo.

Llegaron a ir a Roma, pasando por París. “Me desvié queriendo, para poder ver París. Mi marido me preguntó a ver por dónde me había metido y le dije que no sabía. Mi marido se dejaba engañar”. También recorrieron toda España. Incluso llevaron el coche a Palma de Mallorca y Escocia. Y llevaba a los niños del barrio a la playa. Llegó a meter a siete en su Seat 850. “Entraban bien: tres delante y cuatro detrás. Ponía un pañuelo en el balcón, como señal de que iba a ir a la playa, y los niños venían a casa”.

Condujo hasta los 82 años. Con esa edad aún iba a Castilla a ver cómo crecía el trigo. Y una vez a la semana, iba a tomar el vermú al hotel Castillo de Olaberria. Tenía que hacer una obra en casa y prefirió vender el garaje a gastar el dinero ahorrado. Después, le dio pena ver su querido Opel Corsa en la calle. Decidió venderlo y fue así como dejó de conducir. Al igual que Xabi Prieto, lo dejó por iniciativa propia, no porque le abandonaran las fuerzas. Desde entonces, utiliza el avión para ir de vacaciones. Suele ir a Fuengirola, con su hermana Josefina, y tiene intención de volver a Roma. Como a alguien se le ocurra decirle que Marte es muy bonito, se planta en la NASA para sacar el carné de astronauta.


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