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La vida tras reventar un marcador

'La pequeña comunista que no sonreía nunca' hilvana retazos de realidad y ficción en torno a Nadia Comaneci, convertida en icono deportivo sin ser demasiado consciente de ello y en arma política arrojadiza a su pesar

Un reportaje de Naiara Puertas - Viernes, 13 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Comaneci, durante un ejercicio de barra en Montreal 1976,

Comaneci, durante un ejercicio de barra en Montreal 1976, (efe)

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Comaneci, durante un ejercicio de barra en Montreal 1976,Libro Comaneci

En un tiempo en el que las apps tras las que parece que no hubiera mentes humanas lo resuelven todo, resulta extraño contar cómo una niña de catorce años venció de alguna manera a la tecnología. Nadia Comaneci es conocida por ser la primera gimnasta que, en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, logró un diez en un ejercicio, puntuación que repetiría en otras seis ocasiones. Pero lo más curioso es cómo ocurrió lo imposible. Los ingenieros de Omega no habían contemplado la posibilidad de perfección en una rutina, por lo que el marcador solo tenía tres dígitos. Momentos después de aquel primer ejercicio de barras asimétricas, en el luminoso se podía leer 1.00. Tras unos instantes confusos, los aplausos del público certificaban que sí, que se trataba de ese diez impensado.

De esta manera, con la anécdota más representativa de la rumana, se abre La pequeña comunista que no sonreía nunca, de la francesa Lola Lafon. Una original propuesta literaria que ganó el premio FNAC versión femenina y que, si bien respeta los hechos acaecidos en la vida de la gimnasta entre 1969 y 1990, también se atreve ficcionando unas supuestas conversaciones entre la autora y Comaneci para tratar de sacar a la luz la voz de la propia Nadia fuera de la historia oficial de certámenes, homenajes y recibimientos.

Reclutada por Béla Karolyi, con quien mantiene una ambivalente relación a lo largo de toda su trayectoria deportiva, a la edad de nueve años en su pueblo, Onesti, cosecha su primer triunfo notable en los Campeonatos de Europa de Skrien, Noruega, de 1975, con lo que a su llegada a Montreal al año siguiente no era una completa desconocida. Sin haber cumplido los quince años aún en la cita olímpica, además de los perfect ten arriba mencionados, su menudo cuerpo pone en entredicho la hegemonía soviética en gimnasia. En entrevistas muy posteriores, Comaneci ha declarado en reiteradas ocasiones que fue probablemente el hecho de ser tan solo una niña y por tanto no ser plenamente consciente de lo que había conseguido, lo que favoreció que siguiera adelante con la gimnasia y, por decirlo de alguna manera, no se autoboicoteara fruto de la presión.

En cambio, lo que el mundo no perdonó a Nadia fue su llegada a la pubertad: “la enfermedad”, se la llega a llamar en el libro. La niña con flequillo y coletas que enamora al mundo se hace mujer y, dicen, “la magia se pierde”. Todavía veremos en acción a Comaneci unos cuantos años más, con el pelo corto y más oscuro, hasta los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980 y en su última competición importante, el Campeonato Mundial Universitario de 1981 celebrado en la propia Bucarest. Es posible que a Comaneci no le pudiera la presión (o ni siquiera se planteara su existencia) en el terreno deportivo, pero muy a su pesar terminó siendo un subproducto propagandístico de la situación política en la que le tocó competir.

la huidAPresentes en el devenir de la novela ficcionada están, además de la representación del cuerpo femenino, problemas habituales de la gimnasia como la disciplina, la alimentación o la separación de la familia. Pero en el caso de la rumana, además el halo de la perfección se vio aderezado con su misteriosa salida de su país, según se cuenta, atravesando un bosque helado en medio de la noche junto a otras cinco personas para adentrarse en la frontera húngara, solo unos pocos días antes de la caída del régimen de Ceaucescu. Comaneci ha navegado entre el desmentido y el asqueo respecto a las preguntas tanto sobre este extraño periplo, que desembocó en Estados Unidos, país en el que ya estaba su mentor Béla Karolyi desde 1981 tras no regresar de una competición;como acerca de su vida como niña icono de la Rumania comunista, incluida la supuesta obsesión del hijo de Ceaucescu con su figura.

Sin embargo, la propia Lafon, que también vivió de niña en Rumania puesto que sus padres eran allí profesores de francés, tamiza con maestría dos nociones que sobrevuelan toda la conversación ficticia con Nadia: la de éxito y la de libertad. Rechaza convertirla en víctima. Comaneci no entiende el afán de promoción y la idea de estar localizable todo el tiempo que existe en Occidente. Podía estar de moda, con el Muro de Berlín recién caído, celebrar la libertad sobrevenida en los 90 en una Rumania que a día de hoy no logra salir de los rankings de los países más empobrecidos de Europa, mas según la retrata la autora -y así concluye el libro-, Nadia Comaneci huyó para sentirse libre, pero una vez en Estados Unidos, no tiene esa sensación. La pregunta queda enquistada en su cabeza. ¿Dónde ser libre, por lo tanto? “Claro que el comunismo utilizaba a sus atletas para hacer propaganda. La única diferencia con los atletas actuales de países capitalistas es que estos ondean la bandera de Nike además de la de su país”, concluye Lafon en una entrevista. Los últimos acontecimientos en torno al equipo de gimnasia de Estados Unidos y la condena por abusos sexuales al médico de la selección femenina de gimnasia Larry Nassar -en un tiempo en el que el citado Béla Karolyi ya se había reciclado como entrenador en Estados Unidos y, según parece, pasó de puntillas por la situación- no hacen más que confirmar que, por encima de disputas geopolíticas, los certámenes deportivos necesitan esta clase de princesasde desigual suerte para seguir existiendo.

ficha libro

la pequeña comunista que no sonreía nunca


Autora: Lola Lafon

Editorial: Anagrama

Páginas: 288


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