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Tribuna abierta

Alternativas al neofranquismo de Rajoy y de la Casa Real

Por Elisabete Bizkarralegorra Otazua - Sábado, 7 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:03h

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Sorprende que Mariano Rajoy, una gran mayoría del PP y de Ciudadanos, así como otras muchas personas pertenecientes a partidos unitaristas, identificando su ideal de España con la situación preconstitucional de 1977-78, vienen alargando la sombra del franquismo hasta nuestros días. Lo hacen, ochenta y un largos años después del golpe mediante sublevación militar liderado por el general Franco contra la República de España resultante de las elecciones democráticas que se habían celebrado tan solo cuatro meses antes.

Han pasado casi cuarenta y nueve años desde que Franco, sin consultarlo siquiera con el abuelo del actual monarca, el entonces legítimo titular de la monarquía borbónica, propusiera ante las Cortes de España el nombramiento de Juan Carlos, príncipe de España, sucesor a la Jefatura del Estado que el propio Franco ostentaba. Y el dictador fue muy explícito cuando dijo que “la nueva Monarquía nada debe al pasado, nace de aquel 18 de julio (de 1936) que constituye un hecho histórico trascendente que no admite pactos ni condiciones”.

Al día siguiente, 23 de julio de 1969, el entonces príncipe Juan Carlos, de motu proprio según consta en el acta de sesiones, manifestó que juraba “lealtad a su Excelencia el Jefe del Estado” y fidelidad “a los principios del movimiento nacional y demás leyes fundamentales del Reino”;y añadió: “Recibo de su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936”. Con ello culminaba el programa de institucionalización política de la monarquía franquista, cuya última Ley Fundamental sería la Ley para la Reforma Política promulgada por el gobierno de Adolfo Suárez en enero de 1977. Fue así que el valor de la monarquía española del siglo XXI quedó, sin duda, muy distante de la que el legítimo heredero de la monarquía borbónica española, Don Juan de Borbón, deseaba para la España posfranquista.

Poco después, en el año 1986, el Reino de España entraba a formar parte de la Europa Occidental, de la CEE;no sin antes haber ofrecido “al mundo” un texto Constitucional de formato democrático, en 1978, que según se decía entonces, venía a consagrar el llamado “Estado de las autonomías” y cuyo preámbulo proclama su voluntad de “proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones”.

En lugar de una reforma de la Constitución, “preñada de riesgos”, Herrero de Miñón aboga por la mutación constitucional añadiendo, por vía del art. 167 en su caso, nuevas Disposiciones Adicionales

Por el contrario, el desarrollo de las actuaciones del Gobierno de Rajoy en torno al intento frustrado de impedir la celebración del referendo convocado por el Gobierno de la Generalitat el pasado día 1 de octubre;con la ocupación y violencia ejercida por parte de la Policía y Guardia Civil enviadas a Cataluña y los desafortunados pronunciamientos oficiales del Gobierno de Rajoy y del Rey Felipe VI remontan a épocas pasadas de ignominioso recuerdo. Más aún, cuando el Gobierno de Rajoy y de quienes han tenido a bien secundarle, desoyendo el informe del Consejo de Estado (preceptivo aunque no vinculante);han implementado el artículo 155 de la Constitución vigente. Lo cual sume en una mayor perplejidad, si cabe, y trae el recuerdo de quienes en los primeros años de la transición y también más recientemente, acusados de franquismo, se limitaban a expresar sin ningún rubor que “no renegaban de su pasado” y apoyándose en las instituciones de un Estado formalmente de organización “democrática” (Gobierno, Fiscalía, Judicatura, Tribunal Constitucional, Congreso y Senado) parecen estar anclados a su vieja legitimidad, la insurgencia del franquismo -que el PP nunca ha condenado- contra la República de 1936.

Muy pocos días antes, una pancarta catalanista que se exhibió en una de las multitudinarias manifestaciones a favor del procés decía así: “Mi sueño es confederal;mi anhelo, todas las soberanías;mi lucha, la democracia real;pero si solo ofrecen represión, elijo independencia para avanzar”.

Estamos, pues, más de seis meses después del unilateral referendo del 1 de octubre, de golpe y porrazo, y por mor de la espectacular implementación del artículo 155 del vigente texto constitucional del “Estado de las Autonomías”, en un peculiar ejercicio de limitación de las libertades de las personas que habitan en Cataluña, sin reparar que se está haciendo en contraposición al informe letrado del Consejo de Estado del Reino y también al del Comité de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas. También hay quien dice que la Constitución de 1978 ya no sirve para sustentar el Estado de las Autonomías y aboga por su modificación. Y más de uno se pregunta si el Reino de España es hoy un Estado democrático homologable a los demás que configuran la Unión Europea.

También es de Herrero de Miñón la siguiente reflexión: “Allí donde existen en España verdaderas reivindicaciones autonómicas late la herencia de esta territorialidad. Cataluña, Navarra, el País Vasco, Galicia, son hoy hechos diferenciales porque tuvieron durante siglos una peculiaridad política donde se acuñó una personalidad histórica. Que, el ejemplo en el resto de la Corona de Castilla, la organización autonómica no pase de ser el costoso tinglado de una nueva farsa, obedece a la unificación político-administrativa de estos territorios según se expandía la monarquía castellano-leonesa. Es a estas raíces a las que es preciso atender si se quiere entender de verdad el presente y construir un futuro sólido”.

Por el contrario, desde el Gobierno de Rajoy y la Casa Real usan las palabras “unión” y “democracia” como términos de nuevo cuño que no hacen sino vestir con piel de cordero a su peculiar vertebración del Estado español con el “unitarismo” y “autoritarismo” propios del franquismo.

Para terminar, quisiera seguir el optimismo de Dolores González Katarain, Yoyes, víctima de ETA, y de su compañera M.T.L., cuando siendo ambas militantes de ETA en la prisión de Basauri (1973) me hicieron un regalo a no olvidar pintando un árbol que recogía trazos del de Gernika y que mostraba en su base su mensaje particular de sostenibilidad : “Mientras haya un árbol, aún no se ha perdido el bosque”. Evidentemente, mantener el árbol, añado yo, supone un amable y equilibrado trato con el ecosistema para que pueda crecer con fuerza y vigor, ofreciendo cobijo y bienestar a todo el pueblo, a toda la ciudadanía que se precie de que la nación vasca debe seguir reivindicando las libertades vascas en clave democrática;para unir y cohesionar nuestro presente y cobrar nuevos impulsos por la vía de la bilateralidad;y para que lo acordado con el engranaje democrático institucional español y/o europeo sin violencia y en libertad no pueda tener marcha atrás unilateral.


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