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Aprender a ser ciudadanos

Joxe Jimenez ha trabajado cuatro años en su tesis sobre los gaztelekus donostiarras, una investigación exhaustiva que le avala a la hora de reclamar mayor osadía en el planteamiento de nuevas fórmulas de ocio juvenil

Un reportaje de Arantxa Lopetegi - Martes, 3 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Joxe Jimenez.

Joxe Jimenez. (Iker Azurmendi)

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Joxe Jimenez.

joxe Jimenez ha estrenado recientemente su doctorado en Educación de la mano del trabajo Didáctica del espacio en los equipamientos de ocio educativo para adolescentes en la red municipal de Donostia. Sus 20 años de experiencia en el “ocio educativo” han servido como banco de pruebas de su tesis, que ha realizado cuando este psicólogo ya es profesor de Investigación Socioeducativa.

De su exhaustivo trabajo son muchas las conclusiones que pueden extraerse y una de ellas es que todavía hay mucho por innovar y adecuar en la red de gaztelekus de la ciudad, para que sean más atractivos para los adolescentes donostiarras.

El objetivo de su trabajo ha sido buscar la funcionalidad que pueden tener los gaztelekus de Donostia para responder a las necesidades de los adolescentes. El estudio se ha hecho sobre los ocho equipamientos de la ciudad (Aiete, Amara, Antiguo, Egia, Martutene, Gros, Bidebieta e Intxaurrondo) aunque centrándose en los de Egia, Aiete, Gros y Martutene en aplicación de unos criterios de variedad, trayectoria histórica y ubicación, entre otros.

Su análisis, que se ha prolongado por espacio de cuatro años, permite a Jimenez concluir que los gaztelekus de Donostia pueden y deberían mejorar de cara al futuro. Tiene claro que, entre otras cosas, estos equipamientos deberían aumentar en número para que cada barrio de la ciudad disponga de uno. “No podemos pedir que se trasladen de una punta a otra de la ciudad para encontrar una dotación de estas”, añade.

un derechoRecuerda Jimenez que el “ocio educativo es un derecho reconocido por la Convención de Derechos Humanos desde 1989” y como tal derecho debe de facilitarse el acceso al mismo en distintos puntos de la ciudad.

Además de sumar nuevos gaztelekus, Jimenez considera que estos deberían de ser de mayor tamaño. La media actual es de 120 metros cuadrados y cree que tendrían que partir de los 300 para poder ofrecer un servicio completo en el que a los espacios comunes también se le sumen otros más privados en los que los jóvenes puedan reunirse y donde puedan llevarse a cabo “trabajos por grupos”.

La experiencia de medio siglo de gaztelekus ha evidenciado, explica, que hay que poner especial acento en “la preadolescencia”. “Deberíamos ubicar el inicio de los servicios de los gaztelekus en los 11-12 años y llegar hasta los 14-15, ya que a partir de esa edad estos equipamientos pierden referencialidad”. Para atender a estas dos franjas de edades de forma adecuada, es necesario disponer de espacio suficiente.

Y mientras acudan a los gaztelekus estos deben de ser espacios en los que “se consigan competencias” claves en el desarrollo, como “la autonomía personal” y el “desarrollo social y de ciudadanía activa”. Además, “necesitan salir de la familia para crear su propia identidad y hay que darles espacios para no contribuir a crear una dependencia familiar en ocasiones abusiva”, puntualiza. Son, además, espacios de interrelación en los que se “socializa” con jóvenes de distintos centros y edades y desde donde se parte para “hacer comunidad, hacer barrio”.

En este proceso los educadores juegan un papel fundamental. “Necesitamos tener educadores sociales de calidad, con una permanencia y motivación fuerte y una preparación adecuada. Hace falta que el Ayuntamiento trabaje poniendo los recursos necesarios”, defiende Jimenez.

En Donostia, explica, uno de los problemas existentes es que “solo hay dos personas por gazteleku y los educadores tienen muy poco tiempo para la planificación y evaluación” y para poder trabajar de forma conjunta con el resto de equipamientos

Otro aspecto que considera susceptible de mejora es el propio edificio. En Donostia la mayor parte de los gaztelekus están vinculados a una casa de cultura, algo que tiene aspectos positivos y también negativos, porque los adolescentes no consideran las casas de cultura “como espacio referencial”. Por ello, cree que en Martutene y Bidebieta los gaztelekus son más fácilmente identificados “como algo propio”, al ser edificios independientes.

imaginaciónApuesta Jimenez también por la imaginación, por otro tipo de estructuras en la que las dotaciones exteriores tengan más peso. Pero también por crear un nuevo tipo de gazteleku donde se reúnen los jóvenes. “Hay lugares en los que han habilitado contenedores u otro elementos como espacios complementarios”, asegura.

Pero hay un aspecto clave y pendiente, involucrar a los jóvenes en el diseño de la instalación y de su programación y hacer un análisis de la realidad de cada barrio para responder a sus necesidades. “Pongamos un ejemplo. En Aiete entre semana casi nadie acude a los gaztelekus, porque están cargados de extraescolares, y eso igual no tiene tanto peso en otros barrios”.

Tomando en cuenta variables socioeconómicas o culturales se puede lograr que la oferta se adecue de forma más idónea a la demanda. Ese diagnóstico previo, lamenta, ha sido “deficiente” en el caso de Donostia.

Pero hay que seguir mirando al futuro en el que pueden surgir alternativas novedosas. Jimenez apunta a una de ellas. “Hay que recoger la demanda social que existe a partir de los 14 y 15 años en relación con los locales para jóvenes”. ¿Cómo hacerlo? Creando una “fusión entre lo que son los locales y los gaztelekus”.

“En Donostia hay unas 200 lonjas para jóvenes, es una solución privada para una necesidad pública y las administraciones no han movido pieza desde hace diez o quince años, cuando comenzaron los estudios que evidencian las virtudes de estos locales como elemento de emancipación que, desde luego, también presentan problemas”, constata.

Para poder lograr ese equilibrio una opción innovadora podría ser contar con una serie de locales en el entorno del Gazteleku diseñados para cuadrillas de entre 15 y 18 años. Estas, explica Jimenez, “aceptarían una serie de responsabilidades en la relación al uso transitorio de ese espacio, provisional porque responde a un proyecto de identidad de cuadrilla”.

Como contraprestación, participarían en una serie de actividades en el equipamiento. Para que eso sea posible en una ciudad con alquileres prohibitivos como es Donostia, Jimenez apuesta por que se reserven locales en las promociones públicas de vivienda.

“Hay una posibilidad muy interesante de hacer una experiencia de este tipo en Tabakalera, que es un espacio del que se han apropiado los jóvenes pero en el que no son los protagonistas principales”, explica.

Tabakalera podría convertirse en un “espacio educativo de fin de semana”, ya que son estos días cuando estos equipamientos suman un mayor número de usuarios. Además, Tabakalera podría funcionar como “equipamiento de nexo y conexión entre barrios”, algo que ya se hace en otras ciudades, según asegura.

A Tabakalera podría sumársele algún otro espacio que diera servicio, por ejemplo, a la zona Antiguo, Añorga e Igeldo, y seguir con esta tónica en el resto de la ciudad.


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