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Presupuestos, Catalunya y Aberri Eguna

Por Jon Azua - Lunes, 2 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Jon Azua

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El Aberri Eguna, nuestro día de la Patria Vasca, ha coincidido con una grave y anómala situación de emergencia en Catalunya, el Estado español y en un momento, como otros muchos a lo largo de la historia vasca, de preocupación de futuro, desde la tranquilidad aparente de un oasis vasco, refugio deseado ante las turbulencias observables en nuestro entorno. Coincide, también, con un debate en el que al parecer pretenden implicarnos desde diferentes puntos, apelando a “responsabilidades de Estado”.

En el contexto de un seminario internacional impartido a un grupo de propietarios y primeros ejecutivos de empresas venidos de fuera “aprendiendo con el País Vasco y su experiencia transformadora”, destacaban con positivo asombro el orgullo, sentido de pertenencia, verdadera preocupación por las personas y las políticas sociales, la apertura internacional, la capacidad de relación y estrategias compartidas entre las instituciones públicas y las empresas y la capacidad innovadora de nuestras empresas en el marco de un potente sistema tecnológico, de conocimiento e innovador, valorando sobremanera lo que entendían había sido una eficiente gestión de nuestros recursos financieros y fiscales, soporte de presupuestos coherentes y alineados a lo largo del tiempo, con los objetivos país que les explicábamos. Dicho esto, se preguntaban sorprendidos por la situación de Catalunya y, más aún, por lo que entendían reflejaba una “España en declive”. Todo ello desde su perspectiva de negocios y país, alejados de Euskadi, pero con experiencias personales y profesionales en España.

Junto con esta valoración positiva, mostraban una cierta sorpresa por observar múltiples manifestaciones y críticas a la situación actual por parte de gente que no se identificaba con los resultados y logros globales. Sin duda, hacer país no es solamente transitar de una situación de éxito relativo o no buscar la satisfacción permanente de las demandas sociales, económicas y políticas en un verdadero desarrollo inclusivo que no deje atrás o marginado a nadie. Esto es autogobierno. Esto es hacer país, gobernarlo y dotarle de los instrumentos y recursos adecuados.

Para alguno, este compromiso y aspiración es la administración del día a día, para la mayoría, construir tu propio futuro.

Un ministro de Hacienda reprobado por el Congreso (uno de los cinco en la misma situación), en un Gobierno en minoría que, sin embargo, con la complicidad de Ciudadanos y la inoperancia de la oposición, viene gobernando a base de decretos-ley y de incumplimiento de aquellos acuerdos parlamentarios que no comparte bajo el amparo de triquiñuelas legales que terminan recordando que “no existe partida presupuestaria para su ejecución”. Un Gobierno inválido, en el mejor de los casos, por la sospecha de corrupción, prevaricación, malversación y uso partidario de los poderes del Estado (acusaciones indiciarias de todos estos cargos, falso testimonio y obstrucción de la justicia… a su partido) y que argumentaba la necesidad urgente de formar gobierno, en tiempos de bloque PSOE-Podemos “ante la gravedad de no contar con un presupuesto”. Un proyecto de presupuestos que, en el mejor de los escenarios, se aprobaría a la vuelta del verano, en coincidencia temporal con la obligación legal de iniciar la tramitación del siguiente presupuesto para 2019. Aprobable cuando su capacidad de gasto y maniobra en la toma de decisiones habría desaparecido prácticamente, dado el avance del ejercicio sujeto a prórroga. Un nuevo presupuesto que se viene ejecutando sin control parlamentario estricto, ausente de liquidación formal, sujeto al exclusivo capricho del gabinete, modificando y gestionando transferencias internas de créditos entre ministerios y agencias. Una propuesta de presupuestos que ha nacido con el show bufo de un Albert Rivera adelantándose un día a su aprobación para apuntarse, de “forma solemne”, el acuerdo Ciudadanos-PP por responsabilidades de Estado. Los grandes cambios y beneficios que se suponía que ellos habían introducido eran desmentidos al día siguiente por el ministro de Hacienda, quien aclaraba: “Estos son los Presupuestos del Gobierno del PP. El resto de partidos deberían sumarse al mismo en beneficio de los españoles”.

El PNV, hablando por sí mismo, ha dejado meridianamente claro que en tanto no se abandone el artículo 155, su aplicación, no recupere Catalunya su normalidad legítima y democrática, no termine la acción judicial unilateral y desproporcionada y no se permita a los representantes legítimos de Catalunya asumir y dirigir su autogobierno, no será tiempo de presupuestos. Mientras los principales parlamentarios electos estén privados de libertad y sean censurados por la intromisión de la justicia dirigida por orientaciones político-partidarias, no hay democracia real en Catalunya, no hay verdadero Estado de derecho y no es momento de priorizar un presupuesto, ni de mantener a un Gobierno que interfiere en la voluntad del autogobierno catalán.

Entre tanto, las previsiones no dejan de sucederse, ya sea con impugnaciones o recursos al Tribunal Constitucional para impedir el autogobierno vasco, ya con amenazas de incumplimiento de los acuerdos sobre el Concierto Económico o sobre el desarrollo autonómico o compromisos no cumplidos. El truco habitual de los gobiernos centrales en España -consistente en acordar/pactar la aplicación de la ley (Estatuto) y compromisos presupuestarios en sus competencias (tren de alta velocidad, infraestructuras portuarias, ferroviarias, aeroportuarias, tarifas eléctricas, regulación de banca y finanzas, liquidaciones presupuestarias…) y limitarse a conseguir partidas mínimas dejando en créditos plurianuales a futuro la parte sustancial de su ejecución- se vuelve a repetir, siendo uno de los males económicos de la operativa estatal en España. Por no hablar del espectáculo infantil y ridículo del anunciante del “cuponazo”, Rivera, quien demuestra día a día la concepción que algunos tienen de la política, como un mero rastro de permanente compraventa, al servicio de su propia causa.

Entre tanto, el PNV ha dejado muy clara su posición. Es importante para Euskadi el cumplimiento de los compromisos del Gobierno español aún sin ejecución. Pero, por encima de proyectos, competencias y acciones concretas están los principios, la democracia, el autogobierno y la libre decisión de los pueblos, en este caso catalán y vasco. Mientras no se normalice la situación en Catalunya y no se tenga la seguridad de su no extensión loapizada (cuya experiencia hemos padecido) a Euskadi, no hay presupuesto que valga. Sin duda, resulta fundamental la buena administración pero, por encima de esto, queda, sin duda, la necesaria democracia que ampare los derechos y libertades.

En Euskadi conocemos muy bien lo que cuesta avanzar en un autogobierno que pase a estar amparado en la ley, vivo a sobresaltos, pendiente de intereses concretos del Gobierno central de turno.

Aunque para muchos no lo parezca, España vive una situación de emergencia. Los coincidentes años de crisis con la corrupción galopante, el desgobierno y la parálisis legislativa general han impedido afrontar las reformas necesarias para reconfigurar un Estado en el que las diferentes voces compartan un espacio confortable en una Europa real, diferente a la que hoy convive con un pasado de éxito a la vez que con un incierto y temeroso futuro.

En esta situación de emergencia, España necesita un proyecto nuevo, realista, que adelante su propio futuro. Y en ese futuro, o se reconoce y cuenta con los diferentes pueblos y naciones que aspiran a construir un modelo propio y establecer y decidir el tipo de relación que quieren mantener o no será. Y esto pasa, de forma inevitable, por restaurar la normalidad democrática en Catalunya y devolver a sus representantes legítimos al Parlamento y Gobierno y permitir a sus ciudadanos convertir sus ideas en proyectos reales. Es tiempo de grandes decisiones y no de presiones o juegos presupuestarios.

Ayer, en Euskadi, celebramos el Aberri Eguna. Es la conmemoración y recuerdo de nuestro compromiso con la nación vasca. Hacer nación no es cuestión de proclamas y palabras. Es compromiso, trabajo, esfuerzo, todos los días de nuestras vidas y, sobre todo, un hacer colectivo y solidario. Hacerlo exige dotarse de estructuras de Estado, institucionalizar el país, gobernarlo y, por supuesto, administrar correctamente sus Presupuestos. Pero por encima de todo, generar, fortalecer, profundizar una democracia real que permita a la sociedad, en cada momento de su historia, elegir de forma democrática su camino.

Hoy, con más fuerza que en otros momentos, recordemos las palabras de Aresti:

“Nire aitaren etxea defendituko dut…

Defenderé la casa de mi padre, contra los… contra la justicia…

Defenderé la casa de mi padre. Perderé los huertos, pinares, las rentas, los dividendos… pero defenderé la casa de mi padre…”

Hoy, dignidad, principios y compromiso democrático. Construyendo nuestro futuro, haciendo el país que queremos. Mañana habrá tiempo de presupuestos.

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