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La vida ‘esclava’ de las internas en Gipuzkoa

LA ASOCIACiÓN MALEN ETXEA LUCHA PARA ACABAR CON EL TRABAJO DE LAS INTERNAS, que COBRAN UN SUELDO “MISERABLE” y “NO TIENEN VIDA”

Un reportaje de Ruth Gabilondo. Fotografía Ruben Plaza - Domingo, 25 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Cinco integrantes de Malen Etxea posan en el albergue que tiene la asociación en Zestoa.

Cinco integrantes de Malen Etxea posan en el albergue que tiene la asociación en Zestoa.

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Cinco integrantes de Malen Etxea posan en el albergue que tiene la asociación en Zestoa.

12.000 mujeres esclavizadas en Euskadi”. De esta contundente manera define Silvia Carrizo la situación de las mujeres inmigrantes que trabajan de internas en domicilios particulares, “las 24 horas al día, los 365 días del año” y que reciben a cambio “un sueldo miserable”, que en muchas ocasiones no llega ni al Salario Mínimo Interprofesional. Esta es una realidad que existe en Euskadi y con la que pretenden acabar desde la asociación Malen Etxea, con sede en Zumaia.

La gran mayoría de las internas son mujeres inmigrantes, “un 95% o 98%”, que vienen fundamentalmente de Sudamérica y Centroamérica, son contratadas para el cuidado de mayores dependientes, pero en muchas ocasiones acaban trabajando “para toda la familia”.

Esta asociación reclama que se termine con el trabajo de interna, porque es un empleo “esclavo, que solo se justifica desde la concepción racista, clasista y colonialista de esta sociedad, que está acostumbrada a pagar muy barato un servicio de 24 horas y que no tiene un cuestionamiento moral ni político respecto a esa esclavitud a la que somete a la gente”, señala Carrizo. Por ello, su lucha consiste en lograr que la actividad de las mujeres que trabajan de internas en el cuidado de personas dependientes pase a ser un empleo jornalizado, “como cualquier otro trabajo”.

Precisamente, Donostia acoge hoy una marcha contra el racismo y la xenofobia que denunciará la “triple discriminación” que sufren las empleadas domésticas por ser mujeres, inmigrantes y trabajar en un sector precarizado.

Silvia Carrizo critica a las instituciones públicas por entender que su responsabilidad se limita a los geriátricos, los centros de día y el servicio de atención a domicilio a través de los ayuntamientos, mientras que “todo lo que está por debajo, que son más de 10.000 trabajadoras, no existe”. De momento, ya han logrado que muchas mujeres consigan el certificado que les habilita para ejercer este servicio y ahora quieren ir a “por el siguiente paso”, insiste Jessica Guzmán, presidenta de Malen Etxea.

Tanto Guzmán como Carrizo denuncian el “fraude” de los contratos que se realizan a estas mujeres, en los que se establece 40 horas de trabajo cuando “eso no es verdad y todo el mundo lo sabe”, por un sueldo que “cuando lo prorrateas obviamente da por debajo del Salario Mínimo Interprofesional”. Es decir, según explican, muchas de ellas cobran unos 600 euros por trabajar 24 horas al día. “La excusa es que tienes casa y tienes comida”, apunta Guzmán.

ABUSoSY es que cuando desde Malen Etxea hablan de trabajo esclavo se refieren a mujeres “que no tienen derecho a la vida, que no tienen derecho a salir, a entrar, a ir al cine”. “¿Se puede admitir social, moral y éticamente esa situación y salir a potear y creernos los más guays de Europa?”, se pregunta Carrizo.

Además, desde esta asociación afirman que en este trabajo se producen “abusos”, por ejemplo, internas que acaban encargándose de toda la familia o que deben dormir en la misma estancia que la persona a la que cuidan. “Es uno de los reclamos que pedimos, que se nos respete el derecho al descanso”, afirma Jessica Guzmán. Además, esta chilena señala que los peores casos se dan en los caseríos de Euskadi: “Esto es un capítulo aparte. Crees que vas a cuidar a una persona o a un matrimonio y acabas dándole la comida a los animales, ordeñando vacas, haciendo la huerta y cuidando a toda la familia”, afirma.

Para luchar contra esta realidad y “salvarle la vida a las socias fundadoras”, en 2003 nació la asociación Malen Etxea. “Nos conocíamos del circuito de las mujeres inmigrantes, de Cáritas, de las Siervas de María. Al día siguiente nos veíamos en los mismos sitios y entonces dijimos que teníamos que organizarnos para poder sobrevivir y así fue”, explica Carrizo.

Durante este tiempo, desde la organización han visto cómo ha ido cambiado el perfil de la protagonista, de la inmigrante que trabaja de interna. Hace 15 años, la mayor parte de las mujeres tenían “cierta edad”, mientras que ahora están llegando chicas muy jóvenes de entre 18 y 20 años de edad. “Están huyendo de la violencia de países como Nicaragua y Honduras. Están salvando sus vidas”, afirma.

Malen Etxea cuenta desde hace siete años con un albergue en Zestoa, cedido por la parroquia de esta localidad, que acoge tanto a las mujeres jóvenes que llegan a Gipuzkoa y no tienen a dónde ir, como a las que vinieron hace “10-12 años, tiene más de 50 años, han perdido el trabajo porque ha muerto la persona que cuidaban y les está costando mucho volverse a integrar”, explica Carrizo. Al recibir un sueldo “miserable”, estas mujeres no tienen capacidad de ahorro para vivir solas.

Vivir dignamenteAsí, este albergue ha acogido en siete años a unas 200 mujeres y ha conseguido dar respuesta a una situación “muy dolorosa, que es no tener dónde estar”. “Andar con estos fríos con una maleta desde las siete de la mañana hasta las once de la noche y que una compañera te meta a escondidas en la casa para que no pases frío”, ejemplifica una de las fundadoras de Malen Etxea. En esa situación, insiste, es mucho “más duro” encontrar trabajo.

En este piso “humilde, que se cae a pedazos” de Zestoa, las mujeres encuentran una cama limpia, agua caliente y un plato de comida. Además, es un lugar donde “nadie les va a molestar”. La asociación acoge a máximo seis personas para que puedan vivir “dignamente”. Es un alojamiento temporal, de tránsito, hasta que consigan “despegar” ellas solas. “A esta casa vienen mujeres inmigrantes que el único problema que tienen es que son pobres y no tiene cómo pagarse una vivienda. Para la realidad de estas mujeres no hay recurso institucional que llegue”, lamenta Carrizo, que quiere dejar claro que la mujer inmigrante que llega a Gipuzkoa viene “para trabajar” y no para pedir ayudas, ya que de su contrato de trabajo dependerá la obtención de papeles para estar en el territorio de forma legal.

Para tratar de erradicar esta situación, Silvia Carrizo insiste en que la sociedad “tiene que asumir de una vez por todas” que no puede “seguir disfrazando la realidad” y, para ello, interpela a la sociedad vasca y a los partidos políticos y al propio feminismo. Y es que considera que se debe de poner encima de la mesa de una vez por todas la “esclavitud de miles y miles de mujeres” en pleno siglo XXI. “Hay que acabar con el trabajo de interna”, remata Guzmán.


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