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Tribuna abierta

Catalunya nos retrata

Por Iosu Perales - Domingo, 25 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

El procés de Catalunya está retratando a todo quisqui. En primer lugar a la división de poderes que ha muerto en el estado español. En segundo lugar, al juez Pablo Llaneras que en mi opinión está cabalgando sobre la prevaricación. En tercer lugar, a los independentistas que ven la realidad de una forma desenfocada. En cuarto lugar, a la CUP cuyo exceso de luz (de ideología) les ciega y les lleva a vivir en una patética burbuja. En quinto lugar, a Podemos que en su falsa equidistancia va reduciendo su capacidad de incidencia y el número de sus seguidores. En sexto lugar, un PSC entregado al PSOE, a su vez entregado a Rajoy, sigue amarrado al 155, mostrando con hechos su opción por una democracia con mordaza. Podría seguir.

Digamos que de la caída de la división de poderes ya teníamos noticia desde hace mucho tiempo. No es novedad. Por eso, a la pregunta ¿es que no crees en la justicia? Respondo: en algunos jueces y juezas sí, en el sistema español de justicia no. Y añado: el que crea es porque así le va bien o porque ha perdido el sentido de la realidad. Una prueba son las decisiones del juez Llaneras. Nadie me quita de la cabeza que retiró la euroorden contra Carles Puigdemont, cuando llegó a la conclusión de que no había jueces en Europa dispuestos a reconocer los delitos de rebelión y sedición. Tal vez ahora hayan encontrado alguno. Pero más me llama la atención su negativa a permitir que Jordi Sánchez acudiera al parlamento catalán para el acto de investidura. ¿Quién es el juez para anular los derechos fundamentales de una persona que jurídicamente no los ha perdido? Sánchez mantenía y mantiene su derecho de sufragio tanto pasivo como activo, e impedir que acuda al parlamento por haber sido elegido por electores ¿no es prevaricación? Personas tan formadas como el catedrático Pérez Royo y el ex magistrado Martín Pallín critican al juez Llaneras precisamente por lo mismo que digo. Permitir su traslado al parlamento no es un acto jurídico, es un acto material. El juez puede decidir que tras el mismo regrese a prisión, pero no puede impedir su traslado para el debate y la votación, así como para ser investido si es el caso. Parece que se deja en manos de un juez la decisión sobre quién debe ser presidente de la Generalitat. Ya es también significativo que todo lo que adelanta el ministro de Justicia luego se cumple por decisión de los jueces. Ah! Cada vez son más los magistrados que afirman que las actuaciones judiciales con respecto a Catalunya son un disparate.

A estas alturas está bastante claro que lo que se pretende desde las fuerzas fácticas de un españolismo inamovible y rancio es el escarmiento. Se quiere lograr grabar a fuego en Catalunya la marca de una España indivisible que esté quemando durante décadas. Es la democracia made in española que de paso advierte también a Euskadi.

¿Por qué se impide a un pueblo ejercer su derecho a decidir? ¿No sería lo más lógico una interpretación de la Constitución que facilite ese derecho? Este es el problema de fondo por encima y por debajo de si determinados actores han acertado o errado e

Pero frente a esta realidad da la impresión que el independentismo catalán no está a la altura del desafío que tiene por delante. Hay demasiada gresca, ruido, reproches, zancadillas, expresado todo ello en un escenario a la vista de los más de dos millones de personas que les votaron. Cierto que es complicado gestionar un país intervenido por el 155. Difícil también mantener la calma cuando la prisión, el exilio y el procesamiento de muchos hombres y mujeres funciona como espada de Damocles. Pero no puede ser tanta guerra interna, tanta dificultad para llegar a acuerdos. Eso desangra. Y hace daño también la no renuncia al acta de diputados por parte de Puigdemont y Antoni Comín antes de la sesión de investidura del día 22 de marzo. Si lo hubieran hecho Turull ya sería presidente. Otro ejemplo de que los dirigentes políticos no están a la altura de una sociedad a la que están cansando.

Pero lo que no puedo entender, como tampoco lo entiende el nacionalismo vasco en general, es la decisión de la CUP de abstenerse en el pleno de investidura. Su gestión de la relación entre ideología y política es de suspenso. No han entendido nada de que vivimos unos momentos en los que hay que estar contra el Gran Poder;para pelear contra poderes menores habrá mucho momentos. Pero no. Un discurso y una posición de a todo o nada ha llevado a la CUP a una decisión que presumo la pagará muy cara. He visto muchas veces esta especie de chulería política que conduce a la auto marginación. Eran 10 y ahora 4. Del 8,2% al 4,4%. Así hasta la derrota final.

Por su parte Podemos juega a mostrarse como la encarnación de la racionalidad, como si la política sólo fuera eso. He conocido muchos discursos de la Verdad que han terminado predicando en el desierto. Ni siquiera se han abstenido cuando era la posición lógica derivada de una equidistancia. Pero, ¿es real esa equidistancia? No lo es. Si votas una fórmula que lleva directamente a la continuidad del 155, ¿es eso equidistancia? Es lo que hizo Podemos. Domenech podrá decir que abstenerse era dar viabilidad a la investidura de Turull, pero no hacerlo ha sido que el 155 se mantenga. De modo que puede admitirse que a Podemos no le gusta ni un presidente independentista ni el 155, pero puestos a elegir… Llama más la atención que juegue a este juego una fuerza política que se dice novedosa, alternativa, distinta, no contaminada por la vieja política.

¿Qué decir del PSC? La verdad es que es penoso verle entregado a una destrucción de lo más sagrado de la democracia que son la soberanía popular, la justicia y la libertad. ¿Es que Margarita Robles no sabe nada de prevaricaciones? ¿No saben acaso, ella e Iceta, que la imputación de sedición y rebelión es una barbaridad, una coartada para dar un golpe de Estado? ¿Por qué se limitan a contemplar cómo pasa por delante el féretro del estado de bienestar que en algún momento tuvimos? ¿Cómo es que consienten la involución en las libertades, ese regreso del nacional-catolicismo que envuelto en la bandera monárquica lidera el odio a la Catalunya independentista?

No diré que los nacionalistas catalanes hayan actuado correctamente y, sobre todo, de forma comprensible. Parece que calcularon mal las consecuencias del procés. Y que se han equivocado empujados por la improvisación. Y que por momentos han puesto por delante los intereses de partido. Pero lo tengo muy claro: el gran debate es sobre democracia. ¿Por qué se impide a un pueblo ejercer su derecho a decidir? ¿No sería lo más lógico una interpretación de la Constitución que facilite ese derecho? Y si hubiera que cambiar la Constitución ¿no sería lo democrático hacerlo para que la voluntad popular que se proclama soberana pudiera expresarse? Este es el problema de fondo por encima y por debajo de si determinados actores han acertado o errado en algunos de sus comportamientos. No podemos perder la perspectiva de lo que se discute, para extraviarnos en cuestiones tácticas de momentos concretos.


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