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Hasier Larretxea | Escritor

“En Madrid hay aspectos que añoro;escribo para honrarlos”

El escritor presenta mañana en Donostia ‘El lenguaje de los bosques’, obra que ofrece un diálogo con el paisaje de su infancia y plasma, al mismo tiempo, su faceta más personal

Uxue Razkin Zuri Negrín - Viernes, 23 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Hasier Larretxea

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Hasier Larretxea

donostia- Hasier Larretxea hace de guía en El lenguaje de los bosquesmostrando el paisaje arbolado, el tacto y el olor de la madera;el deporte rural tan adherido a estos parajes;el silencio y los sonidos de la naturaleza que son bálsamo en esta época convulsa. Además, plasma su faceta más personal;sus raíces, sus miedos, el malestar que ya ha apaciguado en ese paisaje boscoso que es su infancia y, al mismo tiempo, escenario, años más tarde, del reencuentro con su padre que ha dibujado a través de la escritura: dos caminos que parecían paralelos y que finalmente se juntan. El escritor presentará su última obra mañana en la librería Tobbaco Days de Tabakalera, a las 12.00 horas.

Además de las vivencias de su infancia, también muestra conocimiento sobre la naturaleza y los bosques.

-He buscado un equilibrio. Tenía claro que no me interesaba escribir un libro que hablara solamente de las propiedades de la madera. Estaría mintiéndome a mí mismo y al lector. Tenían que estar presentes esos conocimientos sobre la madera que tiene mi padre, pero también ese poso de lo que hay detrás: la identidad y, sobre todo, aquello que a mí me aporta para escribir. Obviamente, ahí está de fondo la relación padre-hijo, el hecho de valorar todo aquello que antes no palpaba en relación a mi padre y todo ese cosmos.

¿Se le ha hecho difícil hacer prosa después de publicar poesía?

-Este libro es la consecución que engloba todo lo anterior. He ido haciendo libro por libro una obra que va bastante hilada por la temática, aunque esta es más concreta en relación a la madera y a los bosques. Ha sido un reto muy grande que me he puesto porque surgió un poco de las conversaciones que yo tenía con mi padre en relación a la supervivencia, a su infancia rural en el caserío, su trabajo en los bosques... Cuento en el libro, por ejemplo, que estuvo con 17 años solo durante dos meses rodeado de animales con una escopeta con pocas balas y sin dinero para comer. Tenía que matar para comer y calcular bien las balas. No he sido consciente de la magnitud del libro hasta que lo fui cerrando. De hecho, tenía dificultades para cerrarlo porque estaba tan inmerso y tan a gusto... Ha sido todo un viaje, un proceso de aprendizaje e interconexión y no solo con mi padre, sino con todo lo que rodea a la madera y a los bosques. He querido ofrecer una mirada amplia.

Este libro lo publica en un tiempo muy convulso y donde pocas veces nos permitimos parar y respirar, que es lo que su libro puede traer: esa tranquilidad que nos falta en nuestro día a día.

-Me ha llevado a reflexionar sobre cómo nos relacionamos con la naturaleza y que en la vida tienes que plantearte esos parones. Intento plasmar todo lo que aporta un bosque al bienestar emocional. Mi padre lo dice, como poeta del bosque: “Todos los males se van mientras nos vamos adentrando en los bosques y pudiendo escuchar tanto la voz interior que equilibra, como esos sonidos del río, del pájaro...”. Esa simbiosis, para mí, es como dos templos sagrados y naturales que ejercen también como espacios sanadores, necesarios para coger energía. Yo necesito volver al Baztán y nada más llegar allí, me paro a respirar en el pueblo después de atravesar medio Estado. En este libro hay textos en los que se invita al lector a perderse en los bosques, por todo lo que nos aporta. Otro plano que tenía en mente era el simbólico, el de encontrarse con uno mismo en el bosque. Me interesa mucho esa parte quizá más existencialista en relación a los bosques y al yo.

La reflexión la ha hecho en la distancia.

-La distancia me ha servido para darme cuenta de todas aquellas cosas que tienen ese valor literario o artístico que a veces en el día a día no le damos ese significado. Cuando la mirada sale del lugar de origen, que es mi caso, hay un poso de reflexión en relación a todo aquello.

Nos muestra la naturaleza de ese paisaje, pero también la mitología y las creencias.

-Surgían ideas después de ver películas, de escuchar música... Me interesa mucho todo ese simbolismo, la mitología, ese paganismo... He hecho un recorrido a través del sintoísmo también. Hay retazos que se cuelan en el libro. No soy experto pero sí que tengo una mirada curiosa e interesada en ese plano más místico. He disfrutado muchísimo también con las historias de contrabandismo, cómo huían de los guardia civiles que iban de civiles... Historias que son muy cinematográficas, muy de supervivencia y de pacto comunitario, y de cómo la fortaleza prevalecía y el hecho de seguir adelante en esos años de la dictadura y de la escasez.

Muestra la belleza de los bosques y el malestar que le generó ese mismo espacio.

-Ha sido una historia de superación pero con final feliz. Una historia con muchas aristas, con nudos que viene en desde la pureza de lo salvaje y de los bosques, de un padre que ha sido deportista rural que no se desliga de ese entramado de fuerza, y por supuesto de su trabajo en los bosques. Ahí incido mucho en la importancia de trabajar en los bosques, en la explotación forestal. La mirada que tenemos a veces, que yo también la he tenido de adolescente, que creía que era perjudicial para la naturaleza porque veía que talaban árboles pero he aprendido que mi padre es un gran amante de los bosques. Él dice: “Hay que talar el árbol viejo que no deja pasar los rayos de sol al joven”. Hace unos años no me identificaba con todo ello. A nosotros alguna vez con ironía y con un poquito de desprecio nos llamaba kaleko umeak, hijos de la calle. La educación no ha sido la misma, a nosotros nos educaron entre algodones y ellos tuvieron otra realidad: escasez, dureza, se tuvieron que sacar las castañas del fuego.

Hay una diferencia generacional. -No me identificaba con lo que él hacía. Yo tenía manos de oficinista, como decía mi padre. Obviamente, todo ello se veía en lo personal. Era su ansia que sus hijos fueran deportistas rurales buenísimos y claro, él desconocía todos los ámbitos en los que yo quería sumergirme. Con el tiempo, gracias a las lecturas performativas que hacemos, ha ido disfrutando, hemos ido hablando de cuestiones que quizá antes no hablábamos y ha habido una conexión importante gracias al hecho de estar juntos haciendo algo en un entorno. Una química, mejor dicho, y un cariño de un padre hacia un hijo que lo valora tal y como es, con las cosas que hace y está orgulloso también porque es consciente de que su hijo quizá con el hacha no ha seguido la genealogía familiar, pero con la palabra ha podido dar forma y honrar los orígenes, la procedencia humilde, la superación, el contacto con los bosques... El libro es el resultado de esta historia tan bonita.

“La ausencia física en un lugar concreto no supone despego ni olvido”.

-La vida me trajo a Madrid. Me di también esa oportunidad para ser la persona que soy. Si me hubiese quedado ahí no sería esta persona y no hubiera escrito estos libros porque no me permitiría hacer este proceso que te aporta la distancia física y emocional a un lugar de origen con tanta fuerza. Hay una nostalgia de fondo, echar de menos aspectos que en Madrid es difícil palpar como son, por ejemplo, las estaciones. En Madrid hay aspectos que añoro y la escritura es la manera de honrarlos.

En su libro aparecen mujeres que trabajan en los bosques y que son deportistas rurales.

-No ha sido casual. Me interesaba muchísimo encontrarme con esos elementos que hasta ahora eran muy puntuales. Por ejemplo, Maria Martínez, la carbonera de Ollogoien, me dice que en relación a la naturaleza tienes que ser muy resistente porque siempre han estado a la sombra aunque ellas también ejercían como carboneras. A ella le costó que su padre confiara en su proceso y en el libro sale su proceso como mujer, amante de la naturaleza y cuidadora. La presencia de las mujeres en el deporte rural también me fascinó muchísimo. Además, mujeres jóvenes. Menciono también a una profesora que realiza un viaje interminable para poder entrenar.


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