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El icono moderno de la física

Por Ricardo Díez Muiño - Jueves, 15 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Stephen Hawking era un gran científico. Con los años, se convirtió además en un icono de la física.

Varias son las razones por las que la figura de Stephen Hawking forma parte de nuestro imaginario colectivo. En primer lugar, Hawking era la encarnación de una mente brillante luchando por comprender los misterios del Universo, una metáfora muy adecuada del papel de la ciencia para el ser humano. Su cuerpo, débil y dañado, acentuaba aún más su ambición intelectual. Como declaró más de una vez, su objetivo en la vida era sencillo: la comprensión completa del Universo, entender por qué es como es y cuál es la razón última de que exista. Nada menos.

Stephen Hawking buceaba en las relaciones entre las teorías que describen objetos de grandes dimensiones (estrellas, galaxias) y las teorías que describen los pequeños componentes de la materia (átomos y partículas subatómicas), buscaba conexiones entre la gravitación y la física cuántica. Nos hablaba del Big Bang, del comienzo del Universo a partir de una singularidad, nos decía que algunos agujeros negros pueden no ser del todo negros, sino que emiten radiación (la radiación de Hawking) debido a efectos cuánticos. Y nos fascinaba. El trabajo de Hawking, junto con el de muchos otros científicos, transmite una visión abrumadora, sobrecogedora, del origen e inmensidad del cosmos y nos obliga a reflexionar y a replantearnos el papel que nosotros, los humanos, jugamos en él.

Hawking estaba además convencido de la necesidad de compartir el conocimiento científico adquirido, como corresponde a la tradición académica anglosajona. Su libro Breve historia del tiempo se convirtió en un rápido éxito de ventas y lo elevó a la categoría de estrella popular. Hawking aprovechó esta plataforma para defender el pensamiento racional, un valor fundamental a la hora de tomar decisiones en tiempos socialmente convulsos.

Sin buscarlo, Stephen Hawking era también un recordatorio permanente de los beneficios del progreso científico y tecnológico en nuestra sociedad. En cualquier otro momento de la historia, Hawking no hubiera podido vivir una vida tan larga y, sobre todo, con la dignidad con que lo ha hecho, contribuyendo significativamente al avance de la física y recorriendo todos los continentes para comunicar su pasión por el conocimiento. Parte importante del atractivo de Stephen Hawking era que exploraba los límites del Universo, pero también luchaba contra los límites que parecía imponerle su propio cuerpo. Hawking viajó a la Antártida, celebró su 60 cumpleaños montando en globo y experimentó la sensación de flotar en un simulador de gravedad cero en un Boeing 727.

Por último, Stephen Hawking era un estupendo ejemplo de que la ciencia es una actividad intrínsecamente humana, desarrollada por personas y sus circunstancias. Martin Rees, el Astrónomo Real de Gran Bretaña, que conocía a Hawking desde 1964, ha planteado alguna vez que las limitaciones de movilidad de Hawking, que le impedían desarrollar en papel largos cálculos analíticos, quizás fueran parcialmente responsables de la potencia de su pensamiento especulativo. Hawking era conocido además por su humor. Son famosas sus apuestas, surgidas a partir de debates científicos, como aquella que perdió con Kip Thorne, Premio Nobel de Física y guionista de la películaInterstellar, al que tuvo que pagar una suscripción anual a la revista Penthouse. Se cuenta también que una vez llegó a atropellar con su silla de ruedas el pie de uno de sus doctorandos, cuyo comportamiento le estaba resultando especialmente irritante.

Hace unos años, Stephen Hawking declaró que le gustaría que la fórmula de la radiación de Hawking quedara grabada en su lápida, como epitafio. Lo que a nosotros nos queda de Hawking, más allá de sus fantásticas contribuciones a la física de las últimas décadas, es su ejemplo de vida intensa y plena.


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