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“Eso era amor por el deporte”

mari ayestaran, imelda bengoa e izaskun calleja son algunas de las mujeres que abrieron camino en hockey hierba, baloncesto y balonmano femenino en los años 60 y 70

Néstor Rodríguez - Jueves, 8 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Mari Ayestaran, a la derecha, muestra un álbum con fotos a Imelda Bengoa (centro) e Izaskun Calleja (izquierda).

Mari Ayestaran, a la derecha, muestra un álbum con fotos a Imelda Bengoa (centro) e Izaskun Calleja (izquierda). ( Javi Colmenero)

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Mari Ayestaran, a la derecha, muestra un álbum con fotos a Imelda Bengoa (centro) e Izaskun Calleja (izquierda).

donostia- Allá por 1966, Izaskun Calleja, por aquel entonces una adolescente, y sus amigas, solo para entrenar a balonmano en Errenteria, tenían que ponerle un empeño tremendo. “Si llovía, primero teníamos que limpiar las alcantarillas para desatascar el frontón, que estaba lleno de agua. Y luego teníamos que ir a la alhóndiga municipal a por las porterías, llevarlas al frontón y, al acabar, dejarlas de nuevo recorriendo medio pueblo”, cuenta ahora, más de 50 años después: “Y esos años entrenábamos al aire libre. Los balones de cuero cogían una velocidad tremenda cuando botaban en el suelo y me llevaba unos balonazos bastante fuertes”. Porque Izaskun era portera: “Tenía todas las piernas moradas. Mi madre me hizo una especie de espinilleras acolchadas que me ponía por debajo del pantalón. Recuerdo entrenando bajo la lluvia que algunas llevaban el gorrito de ducha”, rememora riéndose. “Lo dices a cualquiera y no se lo cree”.

Sirva esta anécdota o relato para ilustrar cuál era la situación del deporte femenino hace medio siglo. Porque, para que las mujeres tengan un peso cada vez mayor en el deporte actual y avanzar poco a poco, pasito a pasito, hacia la necesaria igualdad, antes hubo algunas que abrieron la senda, que comenzaron a andar ese largo camino. Una de ellas fue Izaskun Calleja (nacida el 28 de mayo de 1950), al igual que la jugadora de baloncesto Imelda Bengoa (5 de mayo de 1959), o la de hockey Mari Ayestaran (24 de noviembre de 1948). Tres pioneras, entre otras, del deporte femenino que se reúnen en torno a una mesa, unos cafés y unos recuerdos para contar a NOTICIAS DE GIPUZKOA una época en la que para nada era habitual entre las chicas hacer deporte. Más bien al revés. Había que quererlo, y mucho. “Eso sí que era amor por el deporte”, reconocen al unísono.

los comienzosMari Ayestaran, leyenda viva del hockey hierba en Gipuzkoa, era “un poco marichico” de pequeña, dice ella misma: “Tenía cuatro hermanos y una hermana. Ellos eran muy deportistas y a mí también me gustaba, así que empecé a jugar a baloncesto, que entonces (inicios de los 60) era casi lo único que había para chicas, pero me faltaba altura. Así que, como mis hermanos jugaban a hockey, yo también lo probé. Y en el año 1968 varias amigos y amigas creamos el club Alperrak con un equipo masculino y otro femenino. Entonces había otros dos equipos de chicas, el Medina y el Anoeta”.

A Imelda Bengoa le favoreció su estatura, poco común en la época (mide 1,80). “Era un niña alta y delgadita, y la profesora de gimnasia del cole, Manoli Fuentes, habló con Ramón Aranburu, que entonces entrenaba a un equipo de chicas. Vino a verme y se empeñó en que jugara. Yo tenía doce años y había que entrenar al aire libre, algunos días con lluvia y frío, y a veces la verdad es que no me apetecía, pero consiguió que me gustara y con trece o catorce años ya estaba en el Medina juvenil. Me acuerdo que yo vivía donde está ahora el Polideportivo de Benta Berri y el autobús nos dejaba al final de la calle Matia. Desde ahí me iba corriendo a casa porque era de noche, no estaba ni iluminado y tenía miedo. Luego me llevaba Nike Manzaneque (otra célebre exjugadora guipuzcoana fallecida el pasado 18 de febrero), que fue la primera que tenía coche. Es que entonces no era habitual que los padres te llevaran y te recogieran a entrenar”. Algo que confirma Izaskun: “Así es. Me tenía que buscar la vida para ir y venir. Bastantes que nuestros padres nos dejaban. Entonces la mentalidad era distinta”.

“Mis hermanos jugaban a hockey y en 1968 creamos el club Alperrak” Mari Ayestaran, exjugadora de hockey hierba

Izaskun Calleja, por su parte, nació en una familia con mucha tradición deportista. Su padre Daniel también fue portero, aunque de fútbol, jugando un par de temporadas en el Real Madrid, entre otros equipos, en los años 40. “En el colegio hacíamos baloncesto y atletismo, pero algunas queríamos jugar a balonmano porque solíamos ir los domingos a ver al Ereintza de chicos. Nos gustaba el deporte... y también los chicos, la verdad. Un día un chico del equipo nos preguntó si queríamos jugar, todas las amigas dijimos que sí y nos empezó a entrenar. El Touring sacó equipo femenino y jugábamos en el frontón de Errenteria”. El mismo que no tenía porterías y que tenían que desatascar cada vez que llovía.

internacionales precocesLas tres tienen una bonita relación con la selección española de sus respectivos deportes, que comenzaban a desperezarse también en otros lugares del Estado. Apenas un año después de empezar a jugar, Izaskun fue convocada para jugar el primer partido oficial de la selección española. Fue en 1967, un doble duelo contra Francia en Bilbao y Pamplona. “Antes ya hubo partidos de la selección, que jugaron por ejemplo Pili Azkarate, pero aquellos fueron los primeros oficiales y estuve allí. Luego me llamaron alguna otra vez, pero a la preselección. Para la convocatoria definitiva no me cogían porque Mamen Celarain, que jugaba conmigo en el Medina, era buenísima. También solía ir Pilar Gómez, una de Santander. Con el Medina quedamos dos veces campeonas de España y jugamos el Europeo de clubes. En Europa no ganábamos, recuerdo una foto que teníamos con tres de nosotras colgadas del cuello de una sueca altísima que no podíamos pararla”.

Imelda Bengoa fue pronto reclutada por la selección. “Vinieron a vernos a Anoeta y nos llevaron a Elena Moreno, Merche Ripa y a mí a una concentración de un mes en Sada (Galicia). Aquello se llamó Operación Altura. Formaron la primera selección juvenil femenina y fuimos al primer Campeonato de Europa de la categoría, que se jugaba en Polonia en 1976”, cuenta. La llegada a Szczecin fue un shock: “Estaba todo oscuro, llegamos en un autobús viejo de noche, era una ciudad triste... nos pusimos todas a llorar. Estaba también Elena Moreno. Ten en cuenta que hasta entonces no habíamos salido de nuestra casa. Estábamos alojadas en una especie de colegio militar, que era un edificio gris, enorme, con ventanas pequeñas. Y de comer, solo había sopa de remolacha y patatas cocidas. Nos queríamos ir”. Pero superada esa traumática llegada, Imelda reconoce que disfrutó: “Fue una experiencia bonita al final. Estuvimos un mes”. Luego juego dos torneos internacionales más, uno júnior y otro absoluto, en Bulgaria y... Polonia. “Estas concentraciones ya fueron mejores”, sonríe.

Mari Ayestaran también llegó muy pronto a la selección. Tres años después de coger por primera vez el stick, en 1971 la llamaron por primera vez con España y en 1972 disputó la Copa Josselin de Jong, la Copa del Mundo de la época. “Yo era pequeña, pero rápida y habilidosa. En mi equipo de aquí metía muchos goles, era la chuponcilla, pero con la selección, contra las alemanas y así, no metía tantos”. Su trayectoria con la selección fue larga: “Estuve catorce años sin perderme ni un solo partido. Viajé por todo el mundo: por Europa, Argentina, Malasia, Australia... Solo me faltó disputar unos Juegos Olímpicos, entonces no teníamos tanto nivel”. Su semilla, sin embargo, sirvió para el crecimiento de un deporte que conoció la gloria con el oro olímpico en Barcelona’92. Alguna de esas jugadoras, como Teresa Motos, fueron entrenadas por la propia Mari Ayestaran.

trabajo, estudios y deportePese a competir al máximo nivel, pensar en cobrar -algo que ni siquiera hoy en día consiguen algunas modalidades deportivas femeninas- era utópico. No solo eso, sino que eran las propias jugadoras las que tenían que conseguir recursos económicos para viajar o para comprar el material y las equipaciones. Las tres recuerdan hacer “rifas y fiestas” para sacar dinero. Las dietas con la selección española eran ridículas o directamente inexistentes. “Creo que nos daban 50 pesetas al día o así”, dice Imelda. “A nosotras ni nos daban. Se supone que teníamos que recibir algo, pero nos decían que nos habían llevado a hoteles mejores y que no quedaba dinero”, dice Mari. “No nos quejábamos, firmábamos el papel y ya está”. La comida para los viajes se la hacían ellas: “Nos llevábamos las tortillas y los bizcochos que nos cocinaban las madres”.

“Era una niña alta y delgada, y Ramón Aranburu me convenció para jugar a baloncesto” Imelda Bengoa, exjugadora de baloncesto

“No nos quejábamos. Entonces ni pensábamos en reivindicarnos ni nada”, añade la exjugadora de hockey. Imelda e Izaskun asienten. La indumentaria en baloncesto era impensable hoy en día. “Jugábamos con camiseta, calcetines hasta las rodillas y directamente bragas. Imagínate eso ahora”, dice mostrando una foto equipada con la camiseta de la selección española, que también guarda. No así la de su segundo club en Donostia, el Juven. “No guardo ninguna porque las camisetas pasaban a la siguiente jugadora que llegaba al club. No había dinero para comprar”. Los comentarios machistas eran habituales. Imelda guarda un recorte de periódico en el que un miembro de la Federación Española dice textualmente: “El baloncesto femenino se hunde. Serían necesarios entrenadores masculinos”. Comentarios “normales en esa época. Qué mentalidad. Ahora veo la equipación y pienso...”.

Trabajar y hacer deporte no es que fuera lo habitual. Era necesario. Izaskun y Mari dedicaban los fines de semana y las vacaciones de trabajo al deporte. “Yo estudiaba lo que entonces era Comercio y también trabajaba. El tiempo libre era para el balonmano”, recuerda la exportera. “El equipo, la selección... mi vida fuera del trabajo era el hockey. Hice un FP, me especialicé en Topografía y empecé a trabajar con un primo mío que era ingeniero de caminos. Tenía un poco más de facilidades por eso, pero si me pasaba de las vacaciones porque tenía algún campeonato largo, me lo descontaba del sueldo”, explica, por su parte, Mari. “¿Y no te lo compensaba la selección?, le preguntan Izaskun e Imelda. “No, ni lo sabían”, responde.

eternos viajes en autobúsOtro ejemplo de la situación en la que estaba el deporte femenino en los años 60 y 70 eran las condiciones de viaje. Los recuerdos son una mezcla de sensaciones. Por un lado, la dureza de unos desplazamientos eternos en autobús. Por otro, la amistad se fortalecía. “Cada quince años nos montábamos en el autobús con los bocadillos, una guitarra... Nos pasábamos los viajes cantando y riendo”, cuenta Izaskun, que tiene un viaje grabado en la memoria: “Me acuerdo de uno que fuimos a Valencia, jugamos, y de ahí directas a Santander. Llegamos de madrugada molidas y al día siguiente jugamos y vuelta a Donostia. Qué miedo bajando el puerto de Pajares con esas curvas. Y a Galicia y Andalucía se tardaba una barbaridad”. Si llegaban la víspera del partido, aprovechaban para salir por ahí: “Nos decía el entrenador: A las diez en la pensión. Regresábamos a esa hora pero nos íbamos otra vez sin que se diera cuenta, volvíamos a las tantas y ahí estaba el entrenador esperando en el portal. Pero qué íbamos a hacer, si éramos un grupo de amigas, ni éramos profesionales ni nada”, dice.

“Un día nos quedamos atascadas en la nieve. Vino un quitanieves que nos ayudó a salir. Recuerdo haber pasado miedo, era de noche y seguimos el viaje, con niebla, y solo un conductor, que ahora eso no está permitido. En los viajes largos nos tumbábamos en el suelo con el saco de dormir a turnos. Pero lo hacíamos encantadas”, rememora Imelda.

Mari recuerda cómo el chófer del equipo era un hombre al que conocían y que les hacía “un precio más barato”. “Entre semana llevaba a niños al colegio. Íbamos por ahí y en cuanto había una cuesta el bus casi se paraba, no iba. Nos decía que era porque para ir por la ciudad le había quitado el turbo o no sé qué para consumir menos. Casi había que bajar a empujar”, cuenta provocando las carcajadas de sus contertulias.

“Íbamos a ver a los chicos de Ereintza y un día nos propusieron hacer un equipo femenino” Izaskun Calleja, exjugadora de balonmano

Las tres coinciden en que el viaje a Canarias “era el premio de la temporada”: “Aprovechábamos para quedarnos más días. En esa época, los amigos nos pedían que les compráramos relojes, radiocasetes o gafas Ray Ban, que eran más baratas. Volvíamos con cuatro relojes en cada muñeca”. La ropa y los complementos causaban la envidia de las competidoras de algunos países. “Con las jugadoras indias cambiábamos ropa”, rememora Mari. “Me acuerdo que las rusas y así alucinaban con nuestros pantalones vaqueros. Ellas no tenían y al final del campeonato se los dábamos”, añade Imelda.

el adiós al deporteSer pioneras en algo, esa unión ante las dificultades, esa sensación de abrir puertas y derribar barreras... fueron años intensos para las tres. “Mis mejores recuerdos que tengo son del balonmano. Éramos un grupo de amigas y nos lo pasábamos genial, seguimos quedando y nos reímos mucho recordando esa época”, dice Izaskun, que del Touring pasó al Salleko y luego al Bidebieta. Eso sí, acabó “quemada”: “Es que no solo trabajaba, estudiaba y entrenaba. Es que teníamos que sacar el dinero nosotras. Lo dejé con 30 años y dejé de ver balonmano y todo. Incluso Cristina Patús, que era el alma máter de todo, acabó saturada. No había ni una ayuda ni nada”. El reconocimiento a Izaskun y compañía llegará con motivo del España-Alemania del próximo 24 de marzo, con un homenaje organizado por la Federación Guipuzcoana.

“Fueron años muy intensos”, dice a su vez Imelda. “Del Medina pasé al Juven y subimos a la máxima categoría. Pero en Navidad y Semana Santa eran concentraciones, en verano torneos con la selección... Con 20 años me lesioné el tobillo y me operé, pero no me recuperé bien y no pude seguir con la selección”. Nació su hijo Jon Santamaría (exjugador que llegó a competir en ACB con el GBC) y dejó las canchas. “Pero cuando mi hijo tenía año y pico, Kote Olaizola, el entrenador, nos convenció a Marta Vázquez, Pili Chocarro y a mí, que las tres éramos madres, para volver porque tenía un equipo muy majo, con chicas jóvenes, y quería subir. Llegaba mi marido de trabajar a las siete, se quedaba con el niño y yo me iba a entrenar. Fue un año muy bonito y encima ascendimos a primera división en Manresa. Luego ya nació mi segundo hijo, Borja, y lo dejé”.

“Poco después ya, en los 80, los equipos empezaron a fichar extranjeras y así. Empezó a cambiar el espíritu del deporte. Entonces ni mirábamos las estadísticas ni nada. Trabajábamos, entrenábamos y jugábamos con las amigas. Y ya está”, expone Imelda. “El deporte es responsabilidad, esfuerzo, superación. Se ha perdido la esencia”, añade Izaskun.

Mari Ayestaran ha sido el enlace entre esos primeros años y la época actual. Entender el hockey hierba en Gipuzkoa sin ella es imposible. Tras comenzar en el Alperrak y seguir en el Anoeta, en 1974 ya fue a la Real Sociedad, donde jugó “hasta los 45 años. Al principio nos daban las camisetas que sobraban del fútbol. Me llegaban hasta las rodillas. Luego ya nos empezaron a dar ropa. Al principio éramos malísimas. Yo era muy competitiva y me pillaba unas lloreras cuando perdíamos... pero poco a poco fue entrando gente joven y en la temporada 1980-81 ganamos la liga. Dejé de jugar en 1994 y me quedé de entrenadora, porque venía una generación muy buena. Luego fui delegada”. Hasta el año pasado. Incluso Mari Ayestaran ha dado el relevo. Las jóvenes tienen ya el testigo de la propia Mari, Imelda e Izaskun, tres de las mujeres que comenzaron a reescribir la historia del deporte.

fotos y camisetas de recuerdo.Izaskun Calleja reconocía que había tirado “todo” el material de su época de jugadora, aunque conserva fotos que enseñó a sus compañeras;Imelda Bengoa guarda camisetas de las selecciones guipuzcoana, vasca y estatal, además de alguna imagen del Juven, y Mari Ayestaran mostró varios álbumes con fotografías y crónicas periodísticas de su larga trayectoria como jugadora. Fotos: Javi Colmenero


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