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Jesús Ayestaran | montañero y escritor

“La escalada es un veneno que se te mete y difícilmente te lo quitas”

Montañero y escalador incansable, Suso Ayestaran reúne en ‘La cuerda y la maza’ una selección de los más de 60 textos que ha escrito en ‘Errimaia’ desde 1962

Juanma Molinero - Viernes, 9 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Jesús Ayestaran

Jesús Ayestaran. ( Javi Colmenero)

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Jesús Ayestaran

donostia- Ayestaran es uno de los fundadores de la revista del Club Vasco de Camping de Donostia y una de sus firmas habituales. La obra y la maza es el principio y el fin. Pone negro sobre blanco un abanico de escritos sobre sus salidas y expediciones montañeras ahora que ha decidido finalizar sus colaboraciones en Errimaia. “Es un libro escrito para los amigos, sencillo, para la gente que entiende un poco de la montaña”, apunta por teléfono desde La Palma. Desde hace seis años este donostiarra de 81 años con espíritu juvenil pasa los inviernos en la isla canaria, donde practica sus aficiones favoritas: andar por el monte y leer. “Aquí hay cientos de caminos y rincones que no llegas a conocer nunca. Disfruto mucho con mi soledad y mi mochila”, afirma.

Dice en el libro que escalando se cura todo.

-Cuando estás apretado en una vertical, escalando, se te olvidan todos los males del mundo. Te agarras a la roca como una araña. Te mantiene joven. Voy a cumplir 82 años y la escalada es lo que me ha mantenido joven.

Ha subido tres veces el Aconcagua, todas a una edad ya considerable.

-La primera vez subí con 57 años, la segunda con 68 y la tercera, con los hermanos Itxaso (Arsen y Bixen), con 73 años. Conozco muy bien el Aconcagua y me gusta mucho porque tiene una profundidad de campo impresionante. No es una montaña fácil. Hay gente que subestima el Aconcagua porque sube mucha gente, pero te puede dar un buen disgusto. Hay enterrada cantidad de gente en el Cementerio del Inca, al pie de la montaña.

Las tres veces que fue al Aconcagua alcanzó la cima.

-Sí. Siempre que he ido al Aconcagua he tenido la suerte de ir con gente capaz. Y eso al abordar una expedición es una ventaja impresionante. Gente que te ayuda y tú ayudas, no hay reproches, solo sonrisas.

Con la edad se defiende bien.

-Pero estoy ya para el arrastre. Estos días estoy haciendo en dos horas y media itinerarios que hace un año los hacía en dos horas. La vida tiene sus limitaciones y hay que aceptarlas. De hecho, voy solo porque así no molesto a nadie. Si vas con jóvenes, tienes que adaptarte a su ritmo e igual te ahogas. Voy a mi ritmo, disfrutando. Lo que tenía que hacer ya lo hice.

De algunas montañas incluso se ha ido despidiendo.

-Sí, sí. Con este libro me despido literariamente de Errimaia, donde he escrito más de 60 artículos. Escribir del pasado no es para mí. Hay que escribir de lo que se hace y lo que he hecho no volveré a hacerlo. Por lo tanto, tampoco lo escribiré. Seguiré yendo a la montaña siempre que pueda. La Palma es una maravilla. Disfrutas del sol, el monte y el buen tiempo. El viejo busca el calor, el vino de Rioja, la amistad y el cariño de la gente.

Se lo pregunta en el libro y se lo pregunto también. ¿Por qué vamos a las montañas?

-Es una pasión que se despertó en mí a los 15 años. Mi madre era de un caserío de Gaintza, al pie del Txindoki, y un día, en una reunión familiar, se les ocurrió subir al Txindoki. Habían nacido al pie del Txindoki y nunca habían subido. Me sumé a la expedición y vi que la montaña era algo grande. Me motivó tanto... Luego me involucré con la escalada, la espeleología, los estudios del firmamento, la cartografía… Fue un mundo revelador que me entusiasmó, sobre todo la escalada. Hasta entonces el montañismo vasco se limitaba a subir por las cumbres normales y nuestra generación empezó un nuevo montañismo influido por los franceses. Salimos a escalar a Pirineos, a Picos de Europa... era un mundo fascinante. En Alemania (vivió ocho años) también tuve contacto con grandes escaladores y a la vuelta ya practiqué montañismo familiar, con mi mujer. Hice más de 100 tresmiles, corrí maratones, y al morir mi mujer empecé de nuevo a hacer montaña fuerte con el Aconcagua, McKinley, Ojos del Salado, varios volcanes en México... Y escalada de dificultad con gente como Pepemi González, con quien he salido durante 25 años a los Pirineos y hemos escalado casi todas las vías clásicas.

El Himalaya no le tentaba.

-No, por una cuestión económica. No concibo pagar tanto dinero para ir al Himalaya. Para mí el alpinismo es algo espartano, sobrio, con pocos medios subes a la montaña. El Himalaya nunca me ha llamado. Me dediqué más a ese montañismo pero no censuro al que va al Himalaya. La gran ventaja que tiene el montañismo es que cada uno elige el campo que quiere. Tienes la libertad de hacer lo que quieras y sentirte feliz.

¿Hay algún monte que le hubiera gustado subir y no lo haya hecho?

-No. He subido todos los que me he propuesto, he tenido esa suerte. Pero tampoco es un mérito.

Dice en el libro que a veces se siente un extraño.

-El montañismo de hoy es muy diferente al que practicábamos nosotros. Hoy hay refugios por todos los lados, mucha gente… Teníamos unos medios muy limitados, solo la cuerda y la maza. No existían ni arneses, ni pies de gato... Era un montañismo bohemio, romántico y sin medios. No teníamos nada. Cuando Julio Villar y yo escalamos el Cilindro de Marburé, pasamos diez días en los Pirineos con 150 pesetas. Comíamos lo que encontrábamos en los refugios. Los franceses eran muy aficionados a llevar grandes barras de pan blanco que en España no existían. Cuando se marchaban, cogíamos el pan que dejaban. Como siempre llevábamos aceite y ajo, con eso casi vivíamos. Pero no censuro lo que hoy se hace porque yo haría hoy lo mismo que ellos.

Ahora hay buenas generaciones de escaladores.

-Hay gente estupenda que escala como ardillas. Hay rocódromos. Nosotros íbamos a Santa Bárbara o Atxarte y solo los fines de semana. Ahora la gente se entrena, hay más medios. Lo que hacíamos se ha superado por 100, pero es normal. Sucede en todos los órdenes de la vida.

No todos los montañeros son escaladores. Y no todos los escaladores son montañeros.

-Hay a quien no le gusta la escalada, no le motiva y cree que es un riesgo innecesario. Hasta cierto punto tienen razón. No sabes hasta qué punto juegas con tu vida y la de tu compañero. Porque si te caes, le puedes arrastrar. Es una gran responsabilidad. La escalada es un veneno que se te mete y difícilmente te lo quitas. El día que te cases, piensa bien con quién te casas. Si te casas con alguien a quien no le gusta la montaña, te vas a ver obligado a tomar decisiones que pueden perjudicar la convivencia en tu matrimonio. Yo me casé con una mujer a la que le gustaba la montaña. He conocido a escaladores que se han casado con mujeres a las que no les gustaba la montaña y han acabado mal.

ficha libro

la cuerda y la maza

Autor: Jesús Ayestaran.

Editado por: Club Vasco de Camping (Cuadernos Monográficos).

199 páginas


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