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Sociedad del riesgo

Por Gerardo del Cerro Santamaría - Miércoles, 7 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Poco después del 11-S, a los futuristas Peter Schwartz y Richard Slaughter se les preguntó si los atentados terroristas contra Estados Unidos podrían haber sido pronosticados. Su contestación (que se hizo eco de las críticas a la crisis monetaria asiática de 1997) fue que el 11-S se predijo en realidad, pero que una respuesta efectiva no fue posible por la información fragmentada, la ineptitud de los responsables de las políticas territoriales y unas capacidades organizativas inadecuadas. El problema, de acuerdo con estos analistas, no fue carecer de capacidad de predicción, por sorprendente que pueda parecer esta afirmación.

Lo cierto es que las crisis geopolíticas como el 11-S y el colapso asiático, y más recientemente la crisis financiera de 2008 y el cambio climático entendido como un problema de seguridad global, han vuelto a popularizar la planificación de escenarios y las evaluaciones de amenazas como metodologías pragmáticas de análisis de futuros. La gestión internacional de riesgos se ha convertido en un nicho lucrativo para los gestores de consultorías y los especialistas en prospectiva y diseño de escenarios. Pero, ¿qué nos dice la ciencia social acerca del riesgo?

El sociólogo alemán Ulrich Beck desarrolla en su obra sobre riesgo una reflexión sobre las fuerzas entrelazadas de globalización, individualización, revolución de género, subempleo y riesgos globales presentes en fenómenos como la crisis ecológica y el colapso de los mercados financieros mundiales. Beck ha examinado el concepto de “cálculo de riesgo”, la sociología del riesgo (es decir, cómo algunos grupos de interés se benefician de la “incertidumbre fabricada”) y la construcción de conjeturas en respuesta a las crisis. Su análisis muestra algunos solapamientos con el debate sobre “los límites del crecimiento” que el Club de Roma emprendió en los años 70 del pasado siglo.

Los cálculos matemáticos y el escenario probabilístico de World-3 (el modelo computerizado con el que el Club de Roma analizó las múltiples interacciones globales entre el crecimiento demográfico, la producción industrial, la producción de alimentos y los límites del ecosistema) desafiaron las definiciones culturales vigentes y los estándares de vida tolerable. La amenaza percibida generó entonces una comunidad global ad hoc del riesgo y grupos de estudio y debate en todo el mundo que analizaron el informe del Club de Roma. Asimismo, la simulación de World-3 de las tendencias ecológicas cuestionó muchas reglas de la vida cotidiana que se daban por sentadas;no era para menos, porque lo que ofrecía la simulación era una proyección distópica de descomposición global sin precedentes.

Beck, por su parte, propone al filo del siglo XXI un análisis reflexivo y constructivista, menos mecanicista y ajustado a los parámetros de complejidad e incertidumbre de la realidad socio-política, y también a sus constructos ideológicos. Efectivamente, ni la noción de “límites del crecimiento” ni la de “riesgo global” pueden entenderse sin tomar en consideración el proyecto capitalista. Hoy se nos presenta el capital como una fuerza schumpeteriana, cuasirrevolucionaria y capaz de resolver las antinomias de la sociedad global del riesgo mediante su hegemonía sobre el futuro. Sin embargo, esta ideología de poder ha tenido que enfrentarse al cambio de paradigma en los estudios de futuros, desde el “pronóstico” al análisis crítico, puesto que las herramientas predictivas y de extrapolación no resultaban eficaces en una sociedad global de riesgo.

Beck ha definido el análisis de riesgos como “el enfoque moderno para prever y controlar las consecuencias futuras de la acción humana” como consecuencias involuntarias de una modernización radicalizada y acelerada. Los llamados “eventos sistémicos” (las crisis geopolíticas y financieras, Exxon Valdez, el desastre del Challenger, la encefalopatía espongiforme bovina... entre muchos otros), escenificados en los medios de masas, han llegado a paralizar la conciencia pública y mostrado que las sociedades modernas estaban generando riesgos que no podían controlar y que amenazaban su supervivencia.

La progresiva concienciación sobre la realidad del riesgo también ha alterado dramáticamente nuestra percepción del tiempo. El ataque futuro -algo por definición inexistente- viene desplazando al pasado como una obsesión que influye de forma determinante en el presente, con la consiguiente distorsión en la comprensión de los problemas de ese presente y sus posibles soluciones.

Este cambio de perspectiva -de la perspectiva histórica al universo de las proyecciones- queda reflejado en la gestión de riesgo internacional, cuya génesis se localiza en las finanzas y los sistemas de seguros. El cambio en los modelos de planificación corporativa hacia la construcción de escenarios es hoy prácticamente omnipresente. La popularidad de las “Cinco Fuerzas” de Michael Porter y los modelos “7S” de McKinsey son un reflejo de estas percepciones alteradas.

Asimismo, la creciente aceptación de las teorías del caos y de sistemas como herramientas de gestión reflejan la creencia de los planificadores de que un “mejor futuro posible” podría detectarse y actualizarse. Los riesgos han de concebirse, después de todo, como un tipo de realidad virtual, o virtualidad real. En consecuencia, el “cálculo de riesgo” ha reformulado las mentalidades de los gestores y líderes empresariales quienes, a partir de normas fijas de calculabilidad, utilizan esa herramienta especulativa para intentar mejorar sus perspectivas financieras.

En efecto, el verdadero objetivo de la construcción corporativa de una teoría del riesgo y del desarrollo de herramientas para su gestión es poder manejar los riesgos de una manera favorable a la redirección global de la corporación. Es decir, las consultorías internacionales de gestión de riesgos han florecido porque el riesgo presupone una decisión. Y saben que hay países, sectores y empresas que se benefician de la producción de riesgo.

A pesar de ello, los consultores han venido ofreciendo soluciones pragmáticas pero no han querido o no han logrado aflorar a la superficie las estructuras de poder de los conflictos en torno al riesgo. Este asunto no es menor. Como dice Beck, “la conjunción de los métodos de previsión, el poder de las elites corporativas y un público alienado hizo que se erigiera el espectro de una sociedad mundial tecnocrática post-política”, que explica en parte el funcionamiento del paradigma neoliberal en curso.

Los riesgos globales son la expresión de una nueva forma de interdependencia que no puede abordarse adecuadamente a nivel de política nacional o mediante las formas disponibles de cooperación internacional. La situación de temor e incertidumbre frente a los múltiples riesgos globales (reales y fabricados) ha provocado que instituciones clave de la modernidad como la ciencia, los negocios y la política, de las que se esperaba que garantizaran dosis suficientes de racionalidad y seguridad colectivas, sean incapaces de conseguir que su aparato conceptual, estratégico y discursivo proporcione una mínima tranquilidad ante al futuro.

Esta profunda desconfianza ante las instituciones que observamos hoy se une a la percepción de la irrelevancia del pasado, ocasionada por los cambios vertiginosos del capitalismo global en las últimas cuatro décadas. Sin un pasado relevante, sin confianza en las instituciones y temeroso ante el futuro, el individuo se ve abocado a cerrarse sobre sí mismo para percibir, en términos beckianos, “la ubicuidad irreprimible de la incertidumbre radical en el mundo moderno”. Así, mantener un yo individual de integridad resulta hoy un asunto verdaderamente trágico, con un pathos terrible e inevitable.

Si el monopolio por parte de las elites de los beneficios de la revolución bio-tecnológica ha de confrontarse mediante la articulación vigorosa de la sociedad civil, también la incertidumbre que generan los procesos de riesgo ha de llevarnos a evitar la tragedia del individualismo y a cultivar de forma prioritaria la capacidad de cooperación pública como atributo primario de nuestras acciones. Se trata de un camino transitable que hay que poblar en lo posible de una densa red de interdependencias personales e institucionales. Ahí, seguramente, radica hoy un notable potencial político frente a la disrupción de los riesgos globales.


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