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Verbomanía

Unas tristes navidades

Por Pablo Orlando - Jueves, 1 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 09:38h

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Creo que solo he sentido verdadera envidia una vez en mi vida;y hasta me da vergüenza recordarlo, porque, ahora que lo pienso, fue una envidia bastante macabra.

En tercero de EGB teníamos en clase una pecera con dos inquilinos: un pez negro, ojeroso y deshilachado, y otro rojo, algo más vivo, pero igual de bobo. Eran Wanda y Fox, nuestras mascotas, y a todos nos divertía dar golpecitos en el cristal para que saliesen disparados como centellas, o incordiarles cuando comían las asquerosas virutas amarillentas con las que les atiborrábamos entre clase y clase. Un día celebramos un sorteo para ver quién se iba a hacer cargo de ellos mientras el colegio permanecía cerrado durante las vacaciones de Navidad. Ante el guirigay no hubo otra que hacer dos rifas y separarlos. A mí me tocó Wanda (el ojeroso) y mi amigo Ignacio se llevó a Fox. Aquel día los dos salimos triunfantes del colegio, rodeados por un corro de compañeros, cada uno con su pez en una bolsa de plástico. Cuando Ignacio y yo nos encontrábamos en el parque, nos contábamos lo bien que se habían adaptado nuestras mascotas a sus nuevos hogares, y nos preguntábamos si, tal vez, se echarían de menos.

Pero confesaré que Wandita apenas tuvo tiempo de conocer a los Orlando, porque al segundo día, cuando intentaba cambiar el agua de la pequeña pecera que le habíamos comprado, se me escurrió como una exhalación por el desagüe del bidé.

Por supuesto que, al principio, no se lo conté a mi amigo, y cuando le veía fingía que Wanda aleteaba felicísimo en la biblioteca del salón. Hasta que un día no me pude aguantar más, y terminé diciéndoselo. A partir de ese momento la asquerosa envidia se apoderó de mí, y empecé a preguntarle por la salud de Fox, siempre con expectativas malévolas. Así hasta que un día, terminadas ya las vacaciones (recuerdo que fue justo antes del recreo), Ignacio se me acercó y puso su mano derecha sobre mi hombro izquierdo para decirme con tristeza: "Ya puedes estar tranquilo, Pablo. El otro día mi hermana y yo enterramos al pobre Fox en una de las macetas del balcón. Se notaba mucho que era lo que tú querías que pasase". Yo le dije que lo sentía mucho, pero es posible que él percibiese mi contenida sonrisilla cuando salimos con nuestros bocadillos hacia el patio.

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