Verbomanía

Las metáforas de Gump

Por Pablo Orlando - Jueves, 25 de Enero de 2018 - Actualizado a las 09:30h

Nos habían regalado una caja de bombones y, nada más abrirla, todos empezamos a teclear el aire, dejando escapar un ligero silbido, mientras tratábamos de escoger el más rico. Alguien rompió el silencio y dijo: ¿Os acordáis de Forrest Gump y sus inocentes metáforas de la vida? Claro que sí, Forrest (pensé), vivir es una inquietante incertidumbre. Y eso nos resulta atractivo, sin duda. Cosa distinta son esos golpetazos "como del odio de Dios" de los que hablaba el poeta César Vallejo en su poema Los heraldos negros. Y es que la vida, a veces, te da golpes que dan miedo. Otros, sin embargo, dicen que la sabiduría está en saber asimilar las sinrazones y las caídas. Pienso en el coraje de Héctor luchando contra Aquiles a las puertas de Troya, antes de caer definitivamente ante los ojos de su padre, y de todo su pueblo. De nada le sirvió al pobre. Con demasiada frecuencia lo que carece de pensamiento se vuelve contra nosotros, en ocasiones mortal como el mordisco de una cobra.

"Somos grandes locos", dijo Montaigne. Y qué más da lo que seamos, digo yo. Nadie nos va a salvar de envejecer y que un día nos lleve la parca. Si todas las personas que nos queremos fuésemos a morir a la vez, tal vez nuestro ocaso se convertiría en una gran fiesta. Y entonces, quizás, todo tendría más sentido. Aunque en esto del juego de vivir, como en todos los juegos, profesiones y demás pasatiempos, hay gente bastante más dotada que otra.

A propósito de los bombones. Anteayer por la tarde noche salí a dar una vuelta. Hacía frío y las gaviotas jugaban con el viento sobre el acantilado en un jolgorio de graznidos. En aquel momento todo resultaba invernal y nostálgico. Abstraído, me recosté sobre la barandilla y contemplé el mar, tan pavorosamente negro a esas horas. De pronto, vi algo que flotaba en el agua. Tardé un rato en distinguir que aquello tan solo era un enorme tablón movido por la corriente. Instintivamente saqué un papelucho que llevaba en el bolsillo y apunté la siguiente frase: "La heroicidad del lustroso madero que flota tras el naufragio". Lo guardé en el bolsillo y regresé hacia casa más animoso, mientras pensaba: "Ahí tienes otra metáfora para tu saco, viejo Forrest".


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