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‘PACólogos’ sin fronteras

europa abre el debate para la reforma de la política agraria común sin saber cuanto dinero hay en cartera y a la espera de un acuerdo entre los estados

Por Xabier Iraola - Domingo, 14 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:11h

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Xabier Iraola

(Foto: Efe)

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Cuando mis amigos Jesús y Joxemari eran pequeños y se sentaban a la mesa para comer, una mesa larga y humilde pero bien repleta de gente, el patriarca familiar utilizaba la expresión en euskera “egon hadi lo, eta jango duk mehe!” que traducido libremente al cervantino significa “si no andas espabilado, no te vas a comer un colín”. Algo similar deben estar pensando los diferentes gobiernos de los estados miembros de la UE en estos momentos donde es vital andar espabilado para convencer al resto de compañeros de patio comunitario sobre cuáles deben ser las prioridades de la política europea en su ámbito más genérico, incluyendo entre ellas la siempre polémica PAC (Política Agraria Común) y, lo que es más importante o al menos más urgente, fijar el techo presupuestario al que deben suscribirse el conjunto de prioridades.

Es la versión política del huevo y la gallina, es decir, ¿qué es antes, el huevo o la gallina? y en la UE están debatiendo, ¿qué es antes, fijar el presupuesto y con base en ello las políticas a impulsar o al revés, fijar las políticas y aprobar posteriormente el presupuesto necesario para llevarlo a cabo? El debate se expande como la pólvora entre los estados miembros, agentes sectoriales y los PACólogos (especialistas en la árida PAC) e incluso llega hasta la propia comisión europea que alberga en su seno tanto al comisario agrícola, el irlandés Phil Hogan que ha lanzado un proceso de reforma de la PAC sin saber cuánto dinero tiene en la cartera, como al comisario de Presupuestos, el germano Günter Oettinger, que emulando a ManosTijeras amenaza con drásticos recortes si los estados miembros no alcanzan un acuerdo para incrementar su aportación al presupuesto comunitario porque, según parece, la aportación de los estados ronda el 0,9% del PIB cuando está previsto que pueda aportarse hasta el 1,24%.

Ahora bien, tan importante e incierto como el presupuesto con que contará la PAC es el destino final de dicha política y por ello, en estos momentos, existe un profundo debate sobre las prioridades y objetivos que debe perseguir la dichosa PAC. Así, mientras los agricultores son reacios a que los fondos agrícolas se destinen a cumplir objetivos que trasciendan los meramente agrícolas, el resto de personas -dirigentes políticos, colectivos de todo pelaje y demás fauna que pulula por los pasillos de Bruselas- quieren que los fondos, hasta ahora agrícolas, se destinen a otros objetivos y por ello, desde la comunicación de la Comisión Europea se plantea que la PAC sirva también para, además de cumplir los objetivos agrarios y alimentarios, mitigar las consecuencias del cambio climático y colaborar en el cumplimiento de los objetivos fijados en las grandes cumbres sobre cambio climático, fijar población (autóctona e inmigrante) en esos territorios cada vez más esteparios y abandonados y combatir así el enorme problema del despoblamiento. Los medioambientalistas y ecologistas quieren más biodiversidad y más ambición en retos conservacionistas, los animalistas mayor bienestar animal (sin importarles un bledo el bienestar de los animales de dos patas), los paisajistas más cuidado y preservación de los paisajes, etc. y así, suma y sigue, hasta que la vaca se quede sin gota de leche.

Hace 50 años las familias gastaban la mayor parte de su presupuesto en la alimentación, era la principal prioridad y preocupación, alimentar todas las bocas de casa y por ello, apenas quedaban fondos para otros objetivos. Por el contrario, actualmente, son pocos los preocupados por no tener bocado que llevarse a la boca mientras el resto de la población, estamos preocupados por no engordar, por el colesterol y por obtener alimentos, sanos, de calidad, cómodos, asequibles, etc. y todo ello, a poder ser, a un módico precio porque la ínfima preocupación alimentaria debe compartir presupuesto con el gasto en ocio, telecomunicaciones, viajes, spas y demás cuestiones.

Pues bien, algo similar ocurre en nuestra Europa, en todos y cada uno de los países y municipios, donde la producción agraria y la alimentación apenas preocupa porque se supone que los alimentos ya vendrán de algún otro sitio o continente y en consecuencia, les parece lógico y oportuno ir reduciendo el reparto del presupuesto comunitario heredado de la época de la posguerra mundial para destinarlo a otros objetivos como la política de inmigración, los compromisos climáticos, la seguridad de las fronteras exteriores, la defensa en un mundo cada vez más alterado y otras cuestiones no menos importantes que, sí o sí, requerirán de presupuesto que, también, sí o sí, deberá provenir, al menos en parte, de la bolsa agrícola.

En esta tesitura nos encontramos. El tema es complejo y espinoso pero con estas generalidades creo que ustedes podrán hacerse una idea de la que nuestros productores están viviendo y es por ello que, consecuentemente, les invito a reflexionar que todo este quebradero sería bastante más liviano si el mercado, o sea usted, remunerase a través del precio de los alimentos y de aquellas otras cosas que todos denominamos como externalidades (paisaje, medio, seguridad alimentaria, territorio, etc.) pero que nadie sabe cómo demontres transformarlo en dinero, tan maldito como necesario, contante y sonante.

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