Verbomanía

Olvidar el tiempo

POR Pablo Orlando - Jueves, 11 de Enero de 2018 - Actualizado a las 09:34h

Cuando el escritor Stefan Zweig llegó a París en los primeros años del siglo XX, tan solo era un muchacho apasionado que acababa de terminar la carrera de filosofía. En aquel entonces, ávido aún de vivir experiencias e inquieto por hallar el faro que iluminaría el sendero de su vida, frecuentaba los cafés y las casas de artistas e intelectuales donde seguramente, además de discutir sobre arte y laberínticas conversaciones metafísicas, también se daría rienda suelta a la excentricidad y a la desmesura, como haría el infeliz Modigliani, que muchas noches, desesperado, regaló parte de su obra por las calles de Montmartre a cambio de unos cuantos tragos;pero Stefan era un hombre prudente y voluntarioso que se resistía a deslizarse, como un buen gañán, por el tobogán de los excesos.

Así, un día, a través de un amigo, tuvo la oportunidad de conocer al escultor Auguste Rodin, por el que sentía una gran admiración. Cuenta Zweig que este le recibió en su sencilla casa de campo y, tras un ligero almuerzo, le condujo hasta el taller para mostrarle su obra más reciente. Al descubrir los trapos húmedos que ocultaban la escultura, aún fresca, Rodin averiguó que esta todavía no era del todo perfecta. Entonces cogió la espá- tula y empezó a perfeccionarla con tal dedicación y fuerza creadora que olvidó la presencia de su joven invitado, hasta el punto que cuando dio por terminado su trabajo en las últimas horas de la tarde, y, por fin, se dio media vuelta para marcharse, se topó sorpresivamente con el taciturno y pasmado jovenzuelo al que miró con extrañeza, como si no recordase que había llegado hasta allí guiado por sus pasos. Pero, lejos de considerarle un viejo grosero y distraído, Stefan Zweig tomó aquello como una lección magistral que le acompañaría el resto de su vida. Mucho tiempo antes, Shakespeare ya lo había puesto en boca del príncipe Hamlet: “Ser o no ser, esa es la cuestión”. Y ahora que he salido de mi ensueño, al contemplar tras la ventana el misterioso paisaje cubierto por la nieve, tengo la certeza de que cuando se halla una razón vital, la que sea que uno tenga, es necesario entregarse a ella para gozar en plenitud;y tener la fortuna de vivir por el valor de un motivo, ajeno a las vacías pretensiones.


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