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Tribuna abierta

Péndulos y bidegorris del pensamiento

Por Enrique Zuazua - Viernes, 29 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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Nuestra percepción humana del paso del tiempo es subjetiva, imprecisa y limitada. No podemos ver ni medir con precisión las variaciones temporales como dimensionamos, a través de la vista o del tacto, la longitud, anchura y altura del espacio tridimensional.

Es por eso que hemos tenido que desarrollar, a lo largo de la historia, metodologías y artilugios cada vez más sofisticados para medir el tiempo. La historia de la humanidad es, de hecho, también la de la superación del reto de medir la escurridiza variable temporal.

Fue el físico, astrónomo y matemático holandés Christian Huygens quien, en el siglo XVII, ideó que el tiempo podría medirse a través del uso de un simple péndulo, el viejo mecanismo que, fijando un extremo de una cuerda en un anclaje, permite que el otro extremo libre, sujetando una masa, oscile, tras un impulso inicial, de manera armónica, uniforme, de izquierda a derecha y viceversa, sin cesar. Con esa idea, Huygens construyó el reloj de péndulo que fue, durante tres siglos, la manera más fiable de medir el tiempo.

Este invento contribuyó de manera decisiva al progreso y permitió explorar el planeta viajando, entender mejor el universo, e impulsó la revolución industrial.

Hoy, los viejos relojes de péndulo de pared son ya antigüedades, algunas de ellas dignas de admiración por la belleza de sus diseños, la nobleza de sus materiales, su impecable factura artesanal y perfección técnica.

Seguimos sin poder viajar en el tiempo, vivimos irremediablemente amarrados al presente, pero hoy podemos medir fácilmente su transcurrir.

Hay quien considera el péndulo un objeto aburrido, pues siempre hace lo mismo, oscilando de un lado a otro de manera monótona. Pero es su carácter incansable, la capacidad de mantener la velocidad constante, su periodicidad temporal inalterada, lo que lo hace admirable.

Nuestras vidas transcurren también en un movimiento pendular, oscilando entre la vigilia del día y el sueño de la noche, el trabajo y estudio de los días laborables y el asueto del final de semana, transitando una y otra vez por las mismas estaciones del año, entre la tristeza y la alegría, el éxito y el fracaso, la salud y la enfermedad…

Pero, a pesar de ello, vivimos un tiempo maravilloso en el que son posibles muchas empresas, acciones, actitudes e iniciativas que generaciones anteriores no podían siquiera imaginar. Europa, sin ir más lejos, es un buen ejemplo, habiendo hecho posible un espacio común único de fusión multicultural. Y a pesar de ello a veces nos agobia.

Estos meses han sido particularmente asfixiantes. La discordia se ha vuelto a apoderar de la sociedad o, lo que es peor, se ha puesto de manifiesto que nunca había desaparecido. Hay quien, harto, ha dejado de leer la prensa o escuchar las noticias. Otros, sin embargo, han seguido lo ocurrido con el interés y la pasión de un tiempo irrepetible. Y algunos no han perdido la ocasión para echar leña, mucha leña, al fuego.

Quienes hayan prestado atención a lo que se dice y escribe habrán escuchado y leído discursos radicales, excluyentes, algunos desafortunadamente simplistas: grandes defensas de posiciones extremas, falsamente inamovibles.

Algunos de los discursos y reflexiones más decepcionantes han venido del ámbito de la política. Tal vez no sea del todo sorprendente en un país en el que la disciplina de partido se impone a la opinión individual. Más sorprendente y paradójico aún ha resultado leer manifiestos breves y radicales, suscritos en masa por intelectuales, que al sumar firmantes no hacían más que minimizar, con un enorme denominador, un numerador que, por falto de matices, de por sí no arrojaba luz. Se ha echado en falta, sí, el pensamiento pendular, capaz de entender las razones de ambos extremos y de explicar la importancia de pavimentar y transitar por el invisible arco que los ha de unir.

Ha dado y da la impresión, a veces, que, quienes ostentan el poder, se empeñan inútilmente en parar el péndulo en uno de los extremos de la trayectoria, como si su destino natural fuera permanecer en reposo en él. Pero todos sabemos que no es así. El péndulo libre gusta de oscilar y de volver a recorrer siempre el mismo camino, una y otra vez, de un lado a otro.

Los vascos deberíamos exportar el sencillo, sano, oxigenante y gratificante ejercicio de pasear por el bidegorri, que consiste en caminar siempre por la misma senda, pero viendo siempre un paisaje distinto. Quien los frecuenta sabe que, con independencia del color de su pavimento, no siempre rojo, en el camino siempre hay un punto intermedio de encuentro.

¿Qué pensaría Huygens si levantara la cabeza? Él, que con el péndulo nos enseñó que se podía acompañar el devenir del tiempo, se maravillaría al descubrir la innovación tecnológica de herramientas como los teléfonos celulares, pero tendría posiblemente dificultades para entender que en uno de los lugares más privilegiados de Europa la discordia pretenda parar y hacer retroceder el cronómetro, en un ambiente social propio de otros momentos históricos.

No pueden, no, los discursos políticos ni los artículos de opinión, por eruditos que se pretendan, ni siquiera el poder del poder, retrotraernos a tiempos pasados. Y, sobre todo, no deben.

Tuvo que pasar mucho tiempo desde la desaparición de Huygens para que León Foucault, en 1851, en su célebre y espectacular experimento público en el Panteón de Paris, suspendiendo una bala de cañón de 28 kilos de un cable de 67 metros, demostrara la rotación de nuestro planeta.

En este tiempo de tensión en el conjunto de España ha sido tal vez aquí, en Euskadi, donde se han alzado algunas de las voces más visionarias y serenas, apuntando a la necesidad de abrir nuevos espacios y diseños socio-políticos para que los problemas del presente puedan tener oportunidad de diluirse a lo largo del tiempo. Y no es casual que haya sido aquí, donde aún nos lamemos las heridas de un pasado tan reciente que es aún presente.

Juncker decía que prefiere una Europa de 27 (tras la salida del Reino Unido) que de noventa o cien. No es difícil de entender, los maestros y profesores también preferimos clases de veinte alumnos que de cien o doscientos, pues de ese modo la atención individualizada, tan enriquecedora, es más factible y la enseñanza más efectiva. Pero los profesionales de la educación sabemos también que ese argumento no vale cuando setenta alumnos se quedan fuera de clase, sin poder acceder a su pupitre y su porción de derecho a la educación.

Europa es una realidad irreversible que necesita hacerse más porosa para que las fricciones que se generan en las interfaces de las diversas culturas y administraciones puedan ser absorbidas sin trauma. Y lo que vaya a ser Europa, por su propia estructura actual, es en gran medida la suma de las aportaciones que se puedan hacer desde cada uno de los Estados miembros.

No es fácil, no, pero la dinámica del péndulo, la actitud de los paseantes de los bidegorris, puede ser la acertada, transcurriendo siempre por los mismos espacios, pero dando la oportunidad a que ocurran cosas distintas.

Es inútil intentar parar el péndulo en uno de los extremos y lo es también pretender que el plano en el que oscila es el único posible pues a su alrededor hay un mundo tridimensional que no deja de girar como una noria.

Fue el propio Foucault quien dijo que “el hombre y la vanidad mueven el mundo”. Es tiempo de dar oportunidad al ser humano, aparcando temporalmente la vanidad. Y es indispensable que el diálogo de sordos en el que se ha convertido este país en los últimos años se enriquezca con una tupida red de bidegorris del pensamiento.

Un buen amigo eibarrés me dijo una vez: “denbora ez da gastatzen, gu bai” (El tiempo no se gasta, nosotros sí). Antes de que nos gastemos del todo, conviene girar, evolucionar hacia espacios socio-políticos más complejos, donde convivan sin conflicto visiones distintas, incluso contrapuestas. Hagámoslo primero aquí, nosotros, convirtiéndonos en ejemplar experimento, pero hagámoslo de verdad.

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