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800 años en un banco de Gros

Comenzaron a reunirse en la plaza de Cataluña hace un año y medio y surgió una amistad, de las buenas. Cada mañana acuden a la cita, junto a la Gran Vía, recuerdan y ríen.
En esta cuadrilla, el más joven tiene 87 años y el mayor, 100.

Un reportaje de Arantxa Lopetegi. - Martes, 1 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Sentados, José Miguel, Pedro, Fede, Carlina, Eulogio y Conchita. Detrás, de pie, Paco. Falta Esther, que prefirió no salir.

Sentados, José Miguel, Pedro, Fede, Carlina, Eulogio y Conchita. Detrás, de pie, Paco. Falta Esther, que prefirió no salir. (Ruben Plaza)

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Sentados, José Miguel, Pedro, Fede, Carlina, Eulogio y Conchita. Detrás, de pie, Paco. Falta Esther, que prefirió no salir.

“En la guerra dejamos San Juan porque nos dijeron que iban a bombardear Campsa” “Tuve diez hijos y me tocó trabajar mucho en el campo y, en Donostia, en la portería ” “En más de 30 años de chófer en la Diputación de Gipuzkoa he aprendido a ver , oír y callar”

más de 800 años de historias y de vivencias se unen, cada día, en un banco de la plaza de Cataluña, siempre el mismo, junto a la Gran Vía. Hasta allí se acerca una cuadrilla de amigos que se conoció hace año y medio, pero que ya son como de toda la vida. Comparten recuerdos, risas y bromas y son, de mayor a menor, Eulogio, que con 100 años y dos meses es de los pocos que no usa sonotone;Conchita, de 97, José Miguel, de 95;Carlina, de 93, Federico, Fede para los amigos, de 91, y faltaba Sebastiana, que hace algunos meses que no se acerca por el lugar de cita y andan todos algo preocupados.

Aunque no son fijos, a veces reciben la visita de un par de jovenzuelos, Paula, de 87 años, que baja desde Altza a pasar un buen rato, y Paco, de 75, que se levanta del banco cuando llegan los mayores. Esther, también de 87, no necesita plaza, ya que su tacataca lleva asiento incorporado.

Allí se sientan y hablan, ríen y, reconocen, alguna vez les ha tocado llorar. Pero juntarse con los amigos es, a todas las edades, una receta infalible para olvidar las penas. Escucharles es, sin duda, un privilegio y una magnífica forma de recibir una dosis de optimismo.

Ocurre que la cuadrilla sigue creciendo, y aunque los fijos tienen casi reservado su sitio, algunos se quedan un poco esquinados. Por ello, piden al Ayuntamiento que les ponga “un banco en frente” para estar más cómodos y seguir con sus charlas.

Normalmente es Fede, que ha pasado más de media vida como carnicero en Pasai Donibane, quien llega el primero al punto de encuentro, sobre las 11.30 horas, y así reserva el banco. Carlina, sentada a su lado, dice que es el encargado de los chistes, aunque no todos sean muy buenos.

Se cuentan entre risas historias de momentos, algunos, que pasaron entre lágrimas. Carlina, madre de diez hijos, llegó a Donostia de su Burgos natal para trabajar de portera “donde el cine Savoy”. En su pueblo trabajó duró en el campo “pero no había fábricas y calculando lo que nos costaría comprar motos y coches para que los hijos se fueran a trabajar decidimos irnos”.

Y en Donostia crecieron su hijos, en el piso que se compró en Trintxerpe, no muy lejos de donde Fede tenía la carnicería. “He trabajado siempre rodeado de mujeres”, bromea este hombre que siendo niño tuvo que abandonar Donibane en el barco Euskal Herria “porque nos dijeron que iban a bombardear la Campsa y el pueblo desaparecería”. En San Juan, asegura, se quedaron solo cinco familias.

Llegaron a Portugalete, pero su padre, “que de tonto no tenía un pelo”, decidió, poco a poco, desandar el camino andado y llegaron a Getaria, municipio que tuvieron que dejar cuando “se acercaron los nacionales”.

De vuelta a Donibane, a los 14 años, le compraron una puntilla, una lima y un hacha, y para los 17 años era todo un profesional en el matadero de San Pedro. “Nos traían bueyes de las Landas, ¡qué calidad!”, dice.

Más callado, Pedro recuerda las más de tres décadas que pasó como chófer en la Diputación. No cuenta mucho porque le enseñaron a “ver, oír y callar”, aunque sí constata que las cosas han cambiado mucho: “Antes no había casi mujeres diputadas y fíjate ahora”.

En ese banco, elegido por estar a la sombra, las horas pasan entre risas pero hay quien no perdona, y cuando le toca irse a comer se despide, esté la conversación en el punto que esté. Así lo hizo Paula, pese a que Carlina le invitó a quedarse un rato.

La mayoría están en Gros porque han enviudado y ahora les toca vivir con sus hijos e hijas. Pero con ellos también están Loli, que acompaña a Conchita, y Nieves, que acude con Carlina y que también es encargada de la custodia del banco. Las carcajadas de ambas secundan las ocurrencias de los chicos del banco.

Tarda un poco pero Eulogio, al que con cariño los miembros de la camarilla llaman “el niño”, llega a la cita acompañado de su hija. La edad la dice con cierto orgullo y no es para menos, “100 años y dos meses”. Un siglo de vida que, desde el año 1945, está vinculada a Donostia, donde ha trabajado en el puerto, en las obras y en un comercio señero: deportes Elizondo. Luego, dice, “me dediqué a cuidar a la nieta”.

Nietos y biznietos hay, y muchos, en el currículum de esta cuadrilla. Algunos de los que tiene José Miguel se acercaron a la plaza de Cataluña a dar un beso al aitona, que se levantó presto para ver al más txiki, que dormía en su carrito.

José Miguel tiene su baúl personal cargado de vivencias. Ha trabajado con la chatarra, en una pastelería, en una fábrica cuando en la guerra “hacía falta mano de obra”, cortó árboles en las Landas teniendo apenas 18 años, le tentaron para ser harrijasotzaile y no quiso, fue bertsolari y escritor “con Baserri en Zeruko Argia”. Muchas cosas y muchos momentos los vividos por este hombre al que, ahora, le toca ver pasar la vida desde este rincón de Gros.

Conchita permanece callada, elegante. Los jueves son para ella el día de la peluquería y luego llega perfectamente preparada al encuentro. No dice mucho hasta que le invitan a cantar, entonces canta y se sabe la letra al detalle, hace coros con Fede y con quien conozca el tema. Se nota que le gusta, que disfruta y los demás se lo reconocen.

Eulogio sonríe y Federico avisa que, cuando se vayan, será él quien le ayude a ponerse de pie, ya que es el mayor pero está todavía muy ágil. Asegura su hija que se queja de “que empieza a oír mal”, ¡con 100 años! Los cumplió en mayo y, ¡cómo no!, lo celebró también en el banco, con sus amigos y algunos de sus hijos, que no quisieron faltar.

Son las 13.30 y se nota cierto movimiento junto al asiento del grupo. Pero algunos volverán a verse a la tarde, ya que suelen quedar “para jugar la partida en el hogar del jubilado. Y apostamos pasta”. En este caso también parece haber dos ligas, la masculina y la femenina, ya que los hombres apuestan diez céntimos y solo dos las mujeres. Sin ir más lejos, la pasada semana Carlina llegó a perder “doce céntimos” y algunos chicos reconocen haber tenido pérdidas de hasta 40.

Pero lo que es claro es que esta cuadrilla de reciente creación pero de experiencia dilatada se hace compañía mutua, se divierte y hace del banco de la plaza de Cataluña, su banco, un lugar muy especial al que siempre vuelven, eso sí, con permiso de la lluvia, que este verano no se está portando.


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