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Jazz como refugio espiritual

La clausura del Jazzaldia con el pianista Abdullah Ibrahim y el vocalista Gregory Porter fue la más redonda de las citas dobles de la Trini.

Un reportaje de Juan G. Andrés - Jueves, 27 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Gregory Porter, el pasado martes en la emocionante clausura de la plaza de la Trinidad.

Gregory Porter, el pasado martes en la emocionante clausura de la plaza de la Trinidad. (Gorka Estrada)

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Gregory Porter, el pasado martes en la emocionante clausura de la plaza de la Trinidad.

La clausura del Jazzaldia sirvió para quebrar esa suerte de maleficio que ha imperado en la plaza de la Trinidad durante la 52ª edición. Obviamente, es una opinión subjetiva, pero buena parte de la audiencia ha coincidido en que los grupos encargados de abrir las actuaciones han destacado más que los cabezas de cartel: Charles Lloyd eclipsó a Saxophone Summit, Donny McCaslin sorprendió más que el gurú Kamasi Washington y el grupo Lucky Chops aportó la diversión y frescura que le faltaba al concierto de Macy Gray. El martes, sin embargo, Abdullah Ibrahim y Gregory Porter brillaron con idéntica intensidad y, cada uno en su estilo, ofrecieron la más redonda de las citas dobles del escenario principal.

Era la quinta vez que el músico sudafricano visitaba el Jazzaldia, donde es conocido su proverbial y exquisito gusto. El arranque, con Ibrahim solo al piano, fue tan delicado que hasta el trinar de los pájaros resultaba molesto;y qué decir del barullo de la Sociedad Gastronómica y de las ráfagas de obturador de las cámaras fotográficas (mil disculpas). El bajista y uno de los saxofonistas aparecieron para tocar respectivamente el chelo y la flauta en un preciosista trío de cámara al que se sumó después el resto del grupo Ekaya. En total, hubo ocho músicos que en cada intervención conjunta o por separado despertaron la emoción con un jazz de corte clásico que masajeaba los sentidos.

Durante la actuación, que fue un festival de matices y bellos fraseos, los intérpretes evitaron caer en el habitual exhibicionismo de los solos interminables y desmesurados e iban turnándose para ejecutarlos de modo ecuánime;tanto es así que el trompetista Terence Blanchard, que sustituía como solista al lesionado Hugh Masekela, no tuvo un protagonismo mayor que el resto de la sección de viento. Los ágiles dedos del líder, de 82 años, guiaron un repertorio en el que hubo ecos de música clásica y africana, alguna composición con deje blues y paisajes calmos en los que los espectadores se adentraron con los ojos cerrados: el jazz como refugio espiritual. El recital alcanzó la hora y tres cuartos -bis incluido-, mucho más del tiempo habitualmente reservado a quienes inauguran las veladas de la Trini. Claro que hace tiempo que este antiguo pupilo de Duke Ellington dejó de ser un telonero: Ibrahim puede tocar lo que quiera y cuando quiera, porque siempre será bienvenido al Jazzaldia: de hecho, el aplauso de varios minutos que le brindó la audiencia fue el más largo de este año.

Por su parte, Gregory Porter se ha ganado a pulso actuar en el escenario con mayor solera de un festival que en 2013 le invitó a las terrazas del Kursaal y en 2015, al Escenario Verde. Con dos premios Grammy en su haber y considerado uno de los mejores vocalistas de jazz del momento, el hombre de la pintoresca gorra negra con capucha vive un momento dulce gracias a ese precioso vozarrón que parece el resultado de la mezcla perfecta entre un gran crooner y el más apasionado de los soul men. En su regreso estuvo arropado por una superbanda que aportó bonitas coloraturas al conjunto, con especial mención al saxofonista Tivon Pennicott y al teclista Ondre J. Pivec, que supo ser delicado y explosivo tras el órgano Hammond.

Casi la mitad del cancionero lo acaparó su último disco, Take Me To The Alley(2016), del que rescató, repartidas por toda la función, la canción del título y Holding On , Don’t Lose Your Steam, Don’t Be a Fool, In Fashiony Consquence of Love. Las referencias al agua purificadora, tan presentes en la obra de Porter, abundan en el disco Liquid Spirit(2014), del que cantó No Love Dying, con cita al espiritual Wade in the Water justo cuando empezaba a lloviznar, y Musical Genocide, en la que mencionó a varios de sus héroes musicales: John Coltrane, Sammy Davis Jr., Ella Fitzgerald, Stevie Wonder... Sonó también una marchosa versión del clásico de los Temptations, Papa Was a Rolling Stone, y después se sentó junto al pianista Chip Crawford para embelesar a dúo con un par de baladas: la segunda fue (I Love You) For Sentimental Reasons, que podría formar parte del disco que piensa dedicar a Nat King Cole -minutos antes ya había hecho un guiño a la inmortal Nature Boy-. Suave como la seda, la propina final llegó con When Love Was King, un delicioso regalo para Donostia que no se ha escuchado en sus últimos conciertos.

La entrañable voz de la periodista Argi Dorronsoro, que desde tiempos inmemoriales introduce y despide por megafonía los conciertos de la Trini, recordó que concluida esta edición, es hora de ponerse a trabajar en la siguiente, la número 53. “Confiemos, al menos, en estar a la altura de este año”, deseó. Y que nosotros lo veamos y, sobre todo, lo escuchemos.


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