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Plusmarquistas del saxo

Donny McCaslin dio la campanada el domingo en la Plaza de la Trinidad, donde la estrella de moda, Kamasi Washington, debutó con un concierto formidable pero que no cubrió las altas expectativas.

Un reportaje de Juan G. Andrés. Fotografía Javi Colmenero - Martes, 25 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Kamasi Washington, al saxo, vestido con una de sus características túnicas y acompañado al trombón por Ryan Porter, el pasado domingo en la plaza de la Trinidad.

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Kamasi Washington, al saxo, vestido con una de sus características túnicas y acompañado al trombón por Ryan Porter, el pasado domingo en la plaza de la Trinidad.

K amasi Washington debutó el domingo en Donostia y en el equipaje portaba algo mucho más pesado que su enorme saxo tenor: la carga de haber sido saludado por crítica y público como la más rutilante de las estrellas jóvenes del panorama jazzístico mundial. Y todo gracias a un triple disco de 172 minutos, The Epic (2015), con visos de obra maestra imperecedera y que, además, ha servido para acercar el jazz a nuevas audiencias. El nerviosismo se masticaba en el ambiente con la misma fruición que los bocatas de tortilla, y cuando Élirrumpió en la Trini, la plaza se vino abajo con un aplauso atronador y vítores por doquier. Envuelto en su túnica blanquinegra, el californiano saludó, preguntó retóricamente a la concurrencia si quería pasarlo bien y se lanzó colina abajo en un inicio arrebatador al ritmo de Askim.

Continuó en clave funky con Leroy and Larisha, inspirada en sus dibujos animados favoritos de la infancia, Charlie Brown. Aunque estaba bien escoltado por Ryan Porter al trombón, enseguida hizo subir a su padre, Rickey Washington -“el hombre de quien lo aprendí todo”- para que les acompañara hasta el final de la noche con el saxo soprano y la flauta. La vocalista Patrice Quinn, que cuando no cantaba se enfrascaba en exóticas danzas espirituales, entonó Black Men, un tema con toque setentero firmado por ella misma junto a la novia de Kamasi, Tiffany Wright.

Aunque sonaba de lujo, el concierto comenzó a hacerse un pelín cuesta arriba, y aunque un octeto es una formación nada desdeñable, se echaron en falta la orquesta de cuerda y el majestuoso coro del disco -con la tradición de voces corales que hay en Gipuzkoa, no habría sido mala idea preparar un par de temas a lo grande, como se hizo en su día con Bobby McFerrin o Gloria Gaynor-. De nuevo se escoraron hacia el funky en 90’s, tema compuesto por el pipiolo Jonathan The Machine Pinson, uno de los dos baterías que aporrean los parches en la banda. Las intervenciones del teclista Brandon Coleman fueron gloriosas y estuvieron llenas de groove, pero el recurso constante a los prolongados solos de los instrumentistas resultó un tanto cargante para quienes esperaban un mayor protagonismo del líder y, por qué no decirlo, algo más de audacia y menos clasicismo.

Afortunadamente, tras un tramo central algo disperso, en su última parte el concierto ganó intensidad y se convirtió en un huracán de emociones con la banda sonando empastadísima, desbocada y sin frenos. Llegó la mayúscula Re Run, Washington reapareciócon un par de solos que valieron por media velada y entró en juego ese contraste de intensidades y crescendosque tan bien maneja el músico de Los Ángeles. No hubo bis porque la función, ya de por sí, fue larga -más de dos horas- y porque el magma sonoro alcanzó su máximo nivel de incandescencia con The Rhythm Changes, sensacional rúbrica para un concierto cósmico.

Sorpresivo McCaslinLa sensación de “sí pero no” que dejó Washington pudo guardar relación con las expectativas que, como es sabido, las carga el diablo, pero también es posible que influyera el conciertazo que previamente se había marcado otro saxofonista que se marchará de Donostia convertido en una de las sorpresas del Jazzaldia -hoy por la tarde actúa en Alderdi Eder a las 19.30 horas-. En su visita de 2016 como miembro del combo Steps Ahead ya causó una gratísima sensación. “Quizá el más inspirado fue Donny McCaslin, que podría donar sus pulmones a la ciencia a juzgar por sus portentosas exhibiciones con el saxo tenor”, escribimos entonces.

El domingo volvía como líder y salió a matar con la frenética Shake Loose, que provocó un vendaval de ritmos sincopados que despeinaron a la audiencia. Se mostró libre, imaginativo y atrevido con un saxo tenor que a menudo mutaba su sonido con el uso de los pedales de efectos, y se apoyó en una grandiosa y joven banda -Jason Lindner (teclados), Jonathan Maron (bajo) y Nate Wood (batería)- para presentar su último disco, Beyond Now (2016). La energía presidió de principio a fin la función, que alternó pasajes de jazz sesudo con instantes propios del rock más épico, en una curiosa mixtura de música experimental que, al mismo tiempo, resultaba accesible y refrescante.

Pese a su físico bisoño, el estadounidense tiene ya 51 años y lleva recorridos cientos de kilómetros en el mundo del jazz: ha soplado con infinidad de estrellas y ha desarrollado una más que sólida carrera en solitario. Pero ha sido su colaboración con el difunto David Bowie en el disco Blackstar (2016) la que le ha catapultado hacia un mercado más amplio. En la Trini no podía faltar el homenaje al maestro con una sobrecogedora interpretación de Lazarus, en la que el saxo emulaba la voz del Duque Blanco y los teclados, la guitarra eléctrica. Después sonó algún tema inédito, como una hermosa balada escrita “hace dos semanas”, y piezas en las que había jazz clásico, aires funkies e incluso electrónica: en ese sentido, el final con Fast Future fue de taquicardia.

“Sois un público estupendo”, repetía en un esforzado castellano el saxofonista, que terminó grabando con su teléfono móvil a los espectadores que le aplaudían puestos en pie. En apenas hora y cuarto, Donny McCaslin protagonizó uno de los mejores conciertos de esta edición y tuvo el honor de compartir con Kamasi Washington una noche histórica para el Jazzaldia. Plusmarquistas del saxo, ambos brindaron una inmejorable instantánea del jazz presente y futuro, al tiempo que contribuyeron a ahuyentar la injusta imagen de anquilosamiento que todavía pesa sobre el género.


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