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Crónica

Hancock experience

Por J.J. Forcada - Martes, 25 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Harbie Hancock, al piano, acompañado del guitarrista Lionel Loueke, durante la actuación del quinteto en el Kursaal.

Harbie Hancock, al piano, acompañado del guitarrista Lionel Loueke, durante la actuación del quinteto en el Kursaal. (Foto: Gorka Estrada)

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Harbie Hancock, al piano, acompañado del guitarrista Lionel Loueke, durante la actuación del quinteto en el Kursaal.

Nueva presencia donostiarra, y van seis (en Montreux ha tocado en 25 de 51 ediciones) del gran Herbie Hancock. Uno de estos músicos que no te hace dudar cuando decides ir a su concierto: el entretenimiento está asegurado, más si venía con una banda que a priori ofrecía todas las garantías: Terrace Martin, uno de los músicos del momento productor del último disco de Hancock y habitual en los créditos de Kendrick Lamar como productor o colaborador;en el bajo, James Genius que ha tocado con Daft Punk;el guitarrista originario de Benin Lionel Loueke;y Vinnie Colaiutta en la batería, que llegó a trabajar para Frank Zappa.

Por fin se llenó el Auditorio del Kursaal para ver a este mago del eclecticismo que a los 77 años sigue abierto a las nuevas corrientes y continúa innovando con su propuesta creativa. Su apuesta por la modernidad es absoluta y presentó un set totalmente electrificado en el que hasta el piano acústico sonó sin su calidez original.

Comenzó con bases ambientque fueron transformándose en una especie de jazz progresivo, cósmico con pinceladas funkys donde desde el inicio se pronunciaba rotundo el bajo de James Genius, enorme en toda la tarde. Hancock alternaba su piano eléctrico con el piano de cola y el ahora admiradísimo Terrace Martin alternaba teclados, saxo y voz. Una voz a la que no se le dio protagonismo de primer plano pero que en casi todo momento estaba ahí. Hubo ciertas similitudes con el concierto de Glasper la víspera: mismos instrumentos e incluso también usaron el vocoder codificando la voz y confirmando que hay una vuelta hacia la utilización de este efecto, un tanto cansino.

Lionel Loueke tiene una manera y un sonido muy particular, y su tradición africana se escuchó cada vez que se lo permitieron, cantó arropado por distintos efectos vocales. La contundencia de la banda fue asombrosa. Terrace Martin fue muy educado o amable con su saxo, sin abusar de las notas pero lo hizo con mucho gusto. Hancock en un lateral ilustraba a su antojo la pieza que construían sus colegas.


Experimentos y voz Se le vio muy ágil y en un gran estado de forma al líder de la banda, que presentó con mucho cariño y de forma elogiosa lógicamente a cada uno de los miembros de la banda. Presentó e interpretó Actual Proof, una pieza del año 1974 en la que pisó las teclas del piano con demasiada violencia, con un piano excesivamente amplificado. Excepto el bajo y la batería, hubo un gusto por modificar los sonidos a base de efectos electrónicos, en algún momento excesivamente. De hecho, en Come running to me (1978), el propio pianista cantó, también codificado -no es su fuerte-, pero mantuvo el tipo, con compañía de Terrace. Dio la sensación de que hay una tendencia en la actualidad, en las nuevas propuestas de jazz, a utilizar la voz pero sin el protagonismo que se le supone, como un color más, una textura que interesa y en la que insistieron en Secret Sauce, con Loueke acercándose de nuevo a los ritmos africanos, hubo un momento de continuismo, un tanto repetitivo, con las voces revoloteando, también de la mano de Terrace... pero levantaron el vuelo experimentando con contención. Se dejaron escuchar momentos de gran brillantez en una especie de mantra que se alargó hasta la extenuación.

Sonó uno de los temas más populares en la discografía de Hancock, Cantaloupe (1964), recibido con muestras de júbilo. Fue una especie de excusa para meterse de nuevo el público en el bolsillo y volver a experimentar. Los cuatro acompañantes se lucieron, el guitarrista volvió a sorprender con su sonido y con su ejecución, y Terrace volvió a imponer una especie de cordura con su tranquilidad exquisita. Hancock aprovechó para disfrutar con un solo de quitarse el sombrero. Regresaron al estribillo de Cantallupe y el saxo aprovechó para arriesgar un poco, viajar en definitiva hacia otros lugares y cerrar el tema categóricos. Ellos mismos se felicitaron satisfechos.

Ya en el bis apareció Hancock con su Roland colgado al cuello a modo de guitarra e interpretaron la super funky Chameleon(1973), con un sonido solidó que Hancock terminó dando saltos como un rockero entusiasta. Jazz, funk y rock hechos en 2017, pero con un repertorio en su mayoría de los años 70. Curioso.


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