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Froome quiere a Landa en París

El líder se fortalece en Serre Chevalier, donde penaliza Aru, desprendido del podio, y el alavés se consolida

César Ortuzar - Jueves, 20 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Dan Martin intenta poner a prueba a Froome durante la ascensión del Galibier con Bardet, Urán y Landa juntos.

Dan Martin intenta poner a prueba a Froome durante la ascensión del Galibier con Bardet, Urán y Landa juntos. (Foto: Afp)

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Dan Martin intenta poner a prueba a Froome durante la ascensión del Galibier con Bardet, Urán y Landa juntos.

donostia- Emmanuel Macron, presidente de la República francesa, paseó su sonrisa de triunfador entre la muchedumbre por la leyenda del Tour, que recorría los Alpes, los mitos del Télégraphe y el Galibier. En la tremenda cumbre, vinculada a tantos pasajes, padeció Aru y se fortaleció Froome, que respondió punto por punto a los desafíos que le planteó Bardet con más entusiasmo que caballaje. El británico tiró de las riendas y sujetó el ímpetu del francés. Urán, camuflado en el anonimato, se mantuvo firme, atento al quite, y Landa, dispuesto, ofreció su capote a Froome. El alavés se sentó en la mesa de los jefes en Galibier. Los cuatro llegaron juntos, al sprint, a Serre Chevalier, donde antes aterrizó Primoz Roglic, que dio el gran salto. Nunca un esloveno se había asomado al memorándum del Tour. Se impulsó en el Galibier y voló hasta la gloria. Aru se despeñó en el trampolín que dio vuelo al esloveno. El italiano, borroso, salió de la foto del podio. Perdió 31 segundos que le empujaron a la cuarta plaza. En el acotado de los favoritos, Urán bonificó seis segundos y Froome, cuatro. “No da ni un relevo y se limita a las bonificaciones”, criticó Bardet al colombiano, segundo por centésimas en la general. Ambos a 27 segundos del líder. Landa, en un día donde las piernas no le entusiasmaron, afianzó la quinta plaza.

El alavés se imagina en el podio. Piensa en el Izoard, la última gran cumbre del Tour, en la que espera un golpe de autoridad de su jefe, Froome, que dominó en el tuétano de los Alpes. El británico, como Macron, reina en Francia. Así que antes de que líder subiera al podio para enfatizar su amarillo, ambos charlaron de sus cosas. Una conversación entre poderosos. Después, Macron colocó a Froome la prenda más preciada de Francia. Un acto de coronación. Le espera en París. Mikel Landa también quiere estar allí. Lo desea Froome. “Sería increíble que Landa acabara en el podio. Se encuentra bien y ha mostrado su fortaleza en el Galibier (...) Me ha ayudado mucho en el ascenso y luego ha tenido fuerzas para acabar en el grupo de favoritos”.

Los Campos Elíseos se divisan desde el Galibier, un mastodonte que lamina la moral. Tan largo, tan alto, tan duro que ejecutó a Aru con silenciador. El italiano, que entrena por esos parajes, se descolgó en lugares comunes para los aficionados, que se acuerdan de Pantani en medio de la niebla. Una imagen fantasmagórica. A Aru, en un día sin velo, le desalojaron en casa. No existe peor destierro. Aru padeció a tirones. Es su sino. Moría y resucitaba a cada pedalada el sardo. Un agonista en la victoria y en la derrota. Bardet y Martin cambiaron el ritmo un par de veces y a Aru el rostro le esculpió cada vez más sufrimiento. El italiano padeció el ritual de Kwiatkowski, un aniquilador, y el recambio de Landa, que ahoga con sus piernas a los rivales como una boa constrictor. Al sardo, que compartía nobleza con Froome, Bardet, Urán, Landa, Martin y Yates, se le aflojaron las piernas cuando percutió Bardet a 6 kilómetros de la cima. Froome, ligero, cada vez más próximo a su reflejo en el espejo, se tachonó a Bardet con facilidad. Martin también guerreó, pero Landa salió a su paso. Plegado Nieve, sin aliento en el Galibier, donde escasea el oxígeno, Froome y Landa mantuvieron la guardia alta. Aru, las fuerzas desmigajadas, era un suplicio. “He perdido tiempo y no puedo estar contento, pero el Tour termina el domingo. No ha sido una jornada positiva, pero así es el ciclismo. Cuando empezaron los ataques no tuve energías para responder”. A Aru se le abrieron las costuras en Rodez y en el Galibier se le resquebrajó la máscara, rota en Serre Chevalier.

la aventura de contadorEl Galibier fue el repliegue de Contador, valiente, espíritu homérico el suyo, que hincó la rodilla en el coloso alpino, un puerto íntimamente unido a su biografía. Contador no es el de antes. Su físico dijo basta cuando Roglic, fuerte, enérgico y joven decidió cambiar la historia de su país, que jamás había saludado a un ganador en el Tour. A Contador le ondeaba el orgullo en la mole de piedra. La victoria del vencido. El madrileño se encendió en la Croix de Fer para una de esas locuras tan suyas. Quintana se unió un par de palmos a Contador antes de explotar como una palomita. Pop. El colombiano, al desnudo. Deshabitado, Nairo Quintana es un borrón en el Tour. El Galibier le aniquiló. Contador es un Quijote.

Con ese empeño alocado se agarró a la fornida fuga que abrió una etapa con huella, que dejó en la cuneta a Kittel, víctima de una caída. Matthews, al que le encanta enredar como a esos cachorros que se comen los cordones de los zapatos aunque tengan un nombre pinturero como Luka, se lanzó a por la cosecha de puntos del maillot verde con rabia. Mientras el australiano absorbía puntos, Kittel se estrelló en un enganchón a cola de pelotón. Se dañó el hombro, el codo y la ilusión. En medio del calvario, atado al coche médico, recogió el dolor y dejó el verde sobre Matthews. La Croix de Fer, el Télégraphe y el Galibier eran tres enemigos de altura y Kittel se despidió herido. Contador también ha sido víctima del Tour, pero puso en marcha su corazón y se alistó a un imposible. Tras el filtro de Mollema a través del Télégraphe, Contador se reunió con Dani Navarro, Atapuma, Pauwels, Frank y Roglic en cabeza. El Galibier, que el madrileño comenzó a contrapié por un problema mecánico -tuvo que cambiar la bici- no tardó en descabezar a Navarro y Frank. Roglic se encargó del resto. También del madrileño.

Por detrás trepaban los favoritos. Quintana se desvaneció de inmediato. Kwiatkowski maduró la ascensión y Nieve se desprendió inopinadamente, con la cabeza ladeada. Froome giró el cuello para ver con sus propios ojos algo que no estaba en los planes del Sky. Sin el eslabón del leitzarra, Landa puso el pilotó automático. Roglic aleteaba camino de meta y en el retrovisor Froome dominaba el grupo que intentaron segregar Bardet y Martin. Landa, con algo de óxido, se dejó unos segundos en la cumbre. Halcón peregrino, enlazó en el descenso con Froome, Bardet, Urán y Barguil. Fabio Aru se quedó aislado, al igual que Martin, arrugado en las últimas cuestas del coloso. Aru, Martin y Yates se desgañitaron persiguiendo, pero entre los favoritos hubo parlamento. Se entendieron. Todos a una. Hicieron hueco. Y a codearse en el sprint. Allí se reunieron los jefes del Tour. Froome presidió la mesa. Landa, un general sin galones, se sentó con ellos. Froome le quiere a su lado en París.


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