La abuela de Zac Harmon tenía razón

Por Juan G. Andrés - Sábado, 15 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

El expresivo y explosivo Zac Harmon, el pasado jueves, en el escenario de la Benta de Hondarribia. Fotos: Iker Azurmendi

El expresivo y explosivo Zac Harmon, el pasado jueves, en el escenario de la Benta de Hondarribia. Fotos: Iker Azurmendi

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El expresivo y explosivo Zac Harmon, el pasado jueves, en el escenario de la Benta de Hondarribia. Fotos: Iker AzurmendiUn instante del concierto de Stars from The Commitments.

En 2007, cuando el Hondarribia Blues Festival apenas contaba con dos años de edad, la actuación de Zac Harmon impresionó a los responsables del certamen;tanto que han estado diez años intentando traerle de vuelta. El jueves, al fin, se produjo el regreso del estadounidense a una Benta que habían inaugurado los bergararras Belceblues: llegamos justo en el último tema, pero bastó para comprobar el buen hacer de un grupo que no necesita presentación en la escena vasca y se ha ganado a pulso su excelente reputación.

Minutos antes de saltar escena, Harmon aguardaba en el backstage abrazado a su guitarra -¿puede haber posesión más preciada para un bluesman?-. Sentado, los ojos cerrados, parecía meditar a la espera de saltar al ruedo, y cuando lo hizo, el público atisbó que no se limitaría a ofrecer una actuación de blues canónico, sino que se arrimaría a otros palos como el blues rock, el soul e incluso el pop acaramelado. Además, cantó con una voz tan elegante como la pequeña pluma que decoraba su sombrero y mostró una destreza simpar al deslizar sus dedos por el mástil y las cuerdas de su instrumento.

No le fueron a la zaga los músicos de su banda, en la que destacaron el guitarrista Texas Slim y un habilidoso teclista que aportó groove con el siempre bello y sofisticado sonido del órgano Hammond. Long Live to The Blues y I’m a Healer sonaron como declaraciones de intenciones plenas de ritmo en contraste con la delicadeza de Comfort of a Man o Knockin’ on Heaven’s Door, versión del conocido tema de Premio Nobel de Literatura, Bob Dylan. El músico de Jackson, Mississippi, recordó las palabras de su abuela, que siempre le hablaba del poder curativo de la música. “Si como ella decía la música es medicina para el alma, nosotros debemos de ser doctores, ¿no es cierto?”, preguntó retóricamente. La respuesta, como diría Dylan, flotaba en el viento y, sobre todo, se reflejaba en los rostros risueños de la audiencia.

Al rotundo y redondo show de Harmon le siguió la de Stars from The Commitments, un noneto cuyo nombre se antoja excesivo si se tiene en cuenta que sólo dos de sus integrantes actuaron en la conocida película que Alan Parker dirigió en 1991. La propuesta, una suerte de verbena con clásicos fijos en aquellos discos que recopilaban Lo mejor del soul, poseía todos los ingredientes para triunfar, pero por alguna extraña razón, no cuajó plenamente. Quizá fue por las desiguales capacidades vocales de los cantantes o porque la banda parecía tocar como si tuviera echado el freno de mano, pero lo cierto es que al público le costó entrar en calor.

Hubo incluso algunas deserciones que también son atribuibles a que al día siguiente había que madrugar, pero quienes echaron el ancla en la Benta terminaron disfrutando de una buena juerga de soul y rhythm and blues en la que fueron invocados Aretha Franklin (Chain of Fools, Natural Woman...), Otis Redding (Fa-Fa-Fa-Fa-Fa/Sad Song), Martha Reeves &The Vandellas (Nowhere to Run), Sam &Dave (Hold on I’m Coming), Wilson Pickett (Mustang Sally) y James Brown (I Feel Good), entre muchos otros.

La medicina de The Commitments quizá no resultó ser tan poderosa y contundente, pero terminó surtiendo efecto, especialmente en el tramo final de la noche, cuando el frontmanmasculino bajó al foso y se mezcló con los jubilosos espectadores. No cabe duda de que la abuela de Zac Harmon era una mujer sabia y tenía razón, así que déjense sanar estos días en Hondarribia, donde varios doctores seguirán recetando música hasta mañana por la noche.


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