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El último mártir de la plaza de Tiananmen

Liu Xiaobo nunca pudo olvidar aquella protesta y la sangrienta represión que trató de ahogarla

Efe - Viernes, 14 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:18h

Liu Xiaobo, opositor chino y premio Nobel de la Paz.

Foto de arachivo de Liu Xiaobo, opositor chino y premio Nobel de la Paz. (afp)

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Liu Xiaobo, opositor chino y premio Nobel de la Paz.

Pekín- Los tanques le marcaron para siempre, aquella fatídica noche en la que Pekín decidió usar la fuerza de sus soldados para acallar un masivo movimiento prodemocrático en 1989. Liu Xiaobo, el Nobel chino fallecido ayer bajo custodia, lo vivió como protagonista y nunca pudo olvidar esa masacre. Escritor, maestro, poeta, intelectual, disidente, Liu (Changchun, provincia norteña de Jilin, 1955) tenía muchas facetas, pero murió siendo, por encima de todo, un alma libre: un ciudadano crítico, sin miedo o enemigos, a pesar de vivir bajo el yugo de un sistema autoritario.

Liu nació en una familia de intelectuales y le tocó sufrir desde temprana edad algunas de las políticas más controvertidas del gobernante Partido Comunista.

Siendo tan sólo un adolescente, su padre fue enviado a la región de Mongolia Interior para que dejara atrás la vida burguesa y aprendiera del proletariado, durante la controvertida Revolución Cultural impulsada por Mao. El joven Xiaobo acompañó a su progenitor y entró en la veintena trabajando como jornalero.

El fallecimiento de Mao, en 1976, le permitió volver a su provincia natal, donde comenzó a estudiar Literatura china y a mediados de los ochenta ya era profesor en una de las universidades más prestigiosas de Pekín.

Al poco tiempo y mientras los líderes chinos debatían hasta dónde llevar la apertura del país, sus provocadoras -y arrogantes, para algunos- críticas y publicaciones se volvieron un referente y comenzó a ser invitado a centros del extranjero.

Estaba en Nueva York en 1989 cuando se enteró de que miles de personas pedían reformas democráticas en la plaza de Tiananmen en Pekín y no se lo pensó dos veces. Sin acabar su trabajo, decidió sumarse al movimiento y se convirtió en uno de sus miembros más destacados hasta el final de las históricas protestas. “No podemos permitir un derramamiento de sangre. Debemos irnos”, recomendó Liu cuando los tanques invadieron las principales avenidas de la capital para despejar a los manifestantes, según recordaba un superviviente. Liu no pudo olvidar aquella jornada. A partir de ahí sus escritos críticos le llevarían una y otra vez a la cárcel hasta su fallecimiento.


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