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Editorial

La prudente satisfacción

La ciudad iraquí de Mosul, como símbolo durante tres años de la implantación del Estado Islámico, es hoy el síntoma de una descomposición de la barbarie;pero el fin del Isis está lejos

Lunes, 10 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:11h

No cabe duda de que la expulsión de los guerrilleros del Estado Islámico (Isis, en su acrónimo en inglés) de la ciudad iraquí de Mosul es objetivamente una noticia positiva. Este enclave estratégico del norte de Irak era el emblema del poder del Isis sobre el terreno, la materialización de su propaganda orientada a dar la impresión de que el suyo es un proyecto de implantación social y política en el mundo musulmán. Durante tres años, este discurso no ha dejado de ser una falsedad de cabo a rabo, como ha acreditado la inexistencia de un modelo de gestión de la ciudad más allá de la práctica del terror hacia la disidencia y el secuestro masivo de civiles empleados como escudos humanos. Sin embargo, la presunción de un poder militar y civil vinculado al califato yihadista se veía reforzada por el hecho objetivo de que mantenía una presencia física en amplias regiones de Irak y Siria, amparado por la fractura estratégica de ambos países y la dificultad para poner de acuerdo a las diferentes facciones combatientes en la región, reflejo de intereses divergentes de potencias extranjeras -Turquía, Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudí e Irán, fundamentalmente-. Basado en una intensa campaña de marketing de la brutalidad, el Estado Islámico ha sido capaz de ser la inspiración violenta de centenares y hasta miles de jóvenes que han abrazado su causa. La tipología de este fenómeno nos insta a la prudencia. El fin del poder militar del Isis en Irak retrata la descomposición de su sistema de cohesión a través de la barbarie, pero en ningún caso pone coto a su capacidad de mover a la violencia en su nombre a jóvenes marginalizados, sin alternativas, desesperanzados, irritados con el sistema, tanto en los países musulmanes como en los occidentales, pero también -como se ha acreditado en múltiples ocasiones en los autores de atentados en suelo europeo- procedentes de la delincuencia común que han buscado dar un sentido a su propia desocialización. La importancia de la derrota del Estado Islámico sobre el terreno tiene el valor de reducir el atractivo de su papel de catalizador de la ira. El suyo no es un proyecto vencedor, solo totalitario. Pero esto no garantiza la desaparición del fenómeno. Como antes Al Qaeda, el Isis es capaz de pervivir como franquicia del terror internacional durante mucho tiempo aún.


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