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Porteadoras de Melilla, luchadoras de un trabajo esclavo

Son el símbolo de la desigualdad en la frontera de Melilla. Cargan fardos de hasta 90 kilos a Marruecos por los puestos fronterizos para cobrar diez euros el traslado.

Un reportaje de Edurne Navarro - Martes, 4 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

Llegan de madrugada para hacer filas y conseguir bultos que trasladar a Marruecos durante las escasas horas que abre la frontera de Barrio Chino.

Llegan de madrugada para hacer filas y conseguir bultos que trasladar a Marruecos durante las escasas horas que abre la frontera de Barrio Chino. (Unai Beroiz)

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Llegan de madrugada para hacer filas y conseguir bultos que trasladar a Marruecos durante las escasas horas que abre la frontera de Barrio Chino.

Fátima me muestra sus manos. Los fardos le pesan. “Son más kilos de los que dicen”, asegura. Le duele todo, señala. La espalda, sobre todo. Los tobillos, las muñecas... “Hoy estoy mala, todo los días estoy mala”, cuenta. “Pobrecitas, nosotras las mujeres”, añade.

Y mira al resto de compañeras que aguardan con ella entre los muretes de una acequia seca. Están rodeadas de bultos de mercancías que transportan con la fuerza de su cuerpo a través de la frontera entre Melilla y Marruecos por el puesto de control del Barrio Chino, uno de los cuatro que tiene la ciudad autónoma, además de Beni Enzar (único internacional), Farhana (vehicular) y Marihuari (paso de escolares).

De lunes a jueves, pasan la mañana en una explanada polvorienta de 13.500 metros cuadrados en la que más de un centenar de camiones descargan paquetes valorados en miles de euros, por los que entre 3.000 y 5.000 porteadoras y porteadores reciben de tres a diez euros por cada uno.

No les da tiempo a hacer más de un par de viajes dentro del arbitrario horario aduanero, que puede durar entre tres y seis horas. “Llegamos de madrugada, esperamos a que abran el paso, nos dan diez euros por bulto. A veces no nos llega ni para el taxi de regreso a Nador (capital homónima de la provincia marroquí, a 16 km de Melilla), pero qué vamos a hacer”, se resigna Fátima, de 35 años, mientras hace fila para pasar la mercancía.

“Aquí no hay orden, con estas filas, tanta gente... no se puede trabajar”, se queja Ahmed, que solo ha podido hacer un viaje antes del cierre: “Entrego el bulto, me dan un ticket, lo llevo (al dueño) y me da diez euros. Yo pago 40 de alquiler”, manifiesta.

Hasan lleva ocho años de porteo. Ahora organiza el reparto de los fardos que llegan en camiones. Calcula un trasiego de 4.000 personas al día, con alrededor de 130 vehículos que dejan 80 bultos cada uno.

En los alrededores hay decenas de furgones aparcados en las calles colindantes, entre predios cercados, donde se almacenan algunas mercancías. Esos paquetes suelen llevar ropa, calzado, mantas, pijamas, tecnología y artículos de ferretería. Pesan entre 50 y 90 kilos.

Entre Melilla y Marruecos existe una aduana comercial, pero este tipo de paso de mercancías, que para las autoridades no constituye expedición comercial, es permitido porque está exento del pago de aranceles.

Es decir, no se les considera trabajadores. No tienen derechos laborales. No tienen protección social, sanitaria, ni derecho a prestaciones... Nada.

Tienen un estatus de viajero. Los bultos de 50 y 90 kilos se consideran equipaje de mano. La Guardia Civil no tiene que saber qué hay dentro. Apenas realizan revisiones aleatorias. “La fiscalización es cosa marroquí”, explica un representante del Cuerpo.

El Subteniente de la Oficina de Prensa y Comunicación de la Guardia Civil de Melilla Juan Antonio Martín Rivera lista sus labores en esa frontera: “dar seguridad, orden público y hasta auxilio humanitario, para que la mercancía llegue de la mejor forma posible. No puede haber desorden allí. Ni avalanchas ni alteraciones”.

“Están ordenando la miseria. Es esclavitud. Está absolutamente fuera de la ley. No se cumplen ni normas laborales, ni de seguridad social, ni de seguridad en el trabajo”, resume José Alonso, abogado y representante de Pro Derechos Humanos de Melilla.

“Verás mucha gente mayor porque no hay trabajo en Marruecos. Ahora que estamos en Ramadán, hay muchos follones, mucho combate (discusiones)”, cuenta Hasan.

Este año, el Ramadán comenzó el 26 de mayo y terminó el pasado 25 de junio. Aquellos que lo practican no pueden comer ni beber de 6 de la mañana a 9 de la noche. El ayuno y la deshidratación provocan irritabilidad, mareos, náuseas, estrés, ansiedad, dolores de cabeza y calambres musculares, entre otros efectos.

Estima que gana 80 euros a la semana. “Antes el bulto estaba a cuatro euros, ha subido a diez. Pero para los que no tienen casa, no es suficiente. Y cuando cierran la frontera, no podemos trabajar”, concluye Hasan.

el perfilFátima bromea, dice que es vieja porque ya es abuela. Su hija tiene un bebé de un año, ella tiene otro hijo pequeño y su “marido no está”. Lleva dos décadas de porteadora. Antes vendía chicles por las calles. Las alternativas a esta labor tan estigmatizada no le dan opciones. Otras piden por las terrazas de Melilla.

“Como el precio del bulto es tan bajo, estas mujeres lo compatibilizan con otras actividades, como empleadas domésticas, vendedoras o mendigas, siempre dentro de la economía informal, porque están muy mal vistas”, argumenta Cristina Fuentes, investigadora de la Universidad de Granada que participó en el informe Respeto y Dignidad para las Mujeres Marroquíes que portan Mercancías en la Frontera de Marruecos y Ceuta de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA).

Una porteadora, también llamada Fátima, pasa el tiempo que no portea en el bordillo de una sede bancaria, en el centro de Melilla. Luego regresa a Nador, donde tiene seis hijos que la esperan. “Me acerco (a la frontera) cuando me avisan de que hay trabajo, si no, aquí”. Su prioridad ahora es conseguir medicinas para su hija.

“Nadie las atiende. Si no tienen dinero, no pueden ir al médico. Tienen que pagárselo todo. Hasta el hilo de coser... Son batalladoras de un trabajo esclavo”, considera Abdelkader El Founti, líder sindical de la Central General de Trabajadores (CGT) de Melilla.

Una economía de subsistencia. Así la define Ana María Rosado, investigadora de APDHA que realizó el informe sobre porteadoras. “Les alcanza para comer. Ni para alquileres ni gastos. Todas tienen hijos y lo hacen para darles de comer”, afirma.

Es un círculo de pobreza enquistada, agrega la investigadora: “suele ir de generación en generación, de madres a hijas... La mayoría, con niveles de alfabetización muy bajos por un abandono escolar absoluto”. Son viudas, divorciadas o han sido repudiadas de su entorno familiar.

Varios porteadores nos preguntan en qué televisión va a salir la noticia. Algunas de ellas, incómodas ante las cámaras, se ocultan. “Hay que tener en cuenta el desprestigio social que tiene la profesión de porteo, lo que les lleva a invisibilizarse. Al final, ellas solo piden poder trabajar e irse con su familia”, explica Rosado.

Otros sonríen, saludan y piden ser fotografiados. Una mujer levanta los brazos y eleva orgullosa un grito en castellano ¡luchadoras!, por encima de las dominantes discusiones en rifeño.

En medio de una actividad tan extenuante e injusta caben momentos de distensión, como deslizarse con un precario monopatín cuesta abajo 200 metros desde la aduana hasta el descampado para volver a hacer cola.

Pese al calor, una media de 29 grados esa segunda semana de junio, las mujeres se cubren con trajes de colores y pañuelos lisos. Contrastan las Nike con las faldas, chilabas y viseras. Llevan fajas para amortiguar el peso en sus riñones. Algunas se ayudan con patinetes, muchos creados por ellas mismas, con maderos y ruedas.

La crisis y la falta de empleo, comenta José Alonso, representante de Pro Derechos Humanos de Melilla, ha incrementado mucho la presencia de hombres jóvenes y de otras formas del eufemístico comercio atípico o transfronterizo. El contrabando de toda la vida, traduce. El paso de mercancías en los maleteros de los coches por los puestos fronterizos de Farhana y Beni Enzar es mucho más lucrativo que hacerlo a la espalda. Rondan mínimo los 50 euros el viaje.

Ellas, en cambio, solo optan a patinetes y a sus espaldas. “De todo el circuito, son el último eslabón, las que llevan el peso”, declara Rosado.

“Son mujeres fuertes. Vienen del campo, de pueblos recónditos de zonas deprimidas del Atlas marroquí (suroeste al nordeste), donde pasan hambre. Aquí no hay industria, no hay nada en lo que trabajar. En Nador solo se gana por el contrabando”, describe El Founti (CGT Melilla).

En su mayoría, residen en ciudades colindantes a Melilla: Farhana, Nador, Beni Enzar... Tienen que estar empadronadas en la provincia de Nador. Así no necesitan visado para entrar en Melilla. Se les aplica “una exención de visado en materia de pequeño tráfico transfronterizo entre Ceuta y Melilla y las provincias marroquíes de Tetuán y Nador”, según la declaración incorporada al Protocolo de Adhesión al Acuerdo de Schengen.

En estas ciudades de una de las regiones históricamente más deprimidas del país, las principales actividades económicas se limitan al comercio, el turismo, la agricultura y una incipiente construcción.

La falta de oportunidades laborales, la discriminación y la desidia de autoridades locales les abocan a destrozar sus cuerpos para salir adelante.

Problemas respiratorios, articulares, roturas de tobillo, de tibia, peroné, muñecas, luxaciones de hombros, dolores de cabeza, de espalda, estrés, nervios... El sol, el polvo, el peso y la falta de sueño y de nutrición envejecen sus rostros y sus cuerpos.

el caos organizadoPara evitar avalanchas y peleas, medio centenar de miembros de la Guardia Civil, apoyados por el Grupo Rural de Seguridad, impone orden. Les coloca en filas en la explanada y mantiene tres cortes a lo largo del pasillo vallado que lleva a la aduana marroquí. Hasta que el grupo anterior no llega hasta el próximo corte, el siguiente está parado.

Hombres y mujeres están separados en todo momento. Incluso recogen la paquetería de distintos camiones, en puntos distantes del descampado. Ellas, en la acequia, escasamente protegida por un puñado de árboles.

Ellos, más numerosos, ocupan la parte central del terreno. Esperan sentados, los más impacientes en pie, en una decena de filas flanqueadas por viejos guardarrailes y cubiertos con placas de uralita. Avanzan como si de un puesto de control aeroportuario se tratase. No todos aceptan las órdenes de la Guardia Civil. Se arremolinan, se empujan, discuten, se cuelan, saltan las verjas y desobedecen los perímetros marcados.

“Tenemos que usar la fuerza”, me dice un agente, mientras mira cuesta abajo, como un miembro del Grupo Rural de Seguridad ordena sacudiendo la porra que guarden la fila. A lo largo de la mañana, varios reciben porrazos. “Nos tratan como animales”, murmura uno de los porteadores apoyado contra un furgón.

De entrada, que esta labor sea digna o no, ni se cuestiona por las autoridades. En recientes declaraciones, el presidente de la Ciudad, Juan José Imbroda, alertó indignado de que “la apariencia es que estamos reventando a personas, algunas mayores, y parece esto una cadena de esclavos de la Virginia del siglo XVIII”.

Para Abdelkader El Founti (CGT Melilla), “la frontera es un tema de seguridad nacional para poder tenerla controlada. Los comerciantes son los verdaderos culpables, junto a los altos cargos de la Aduana marroquí. Son quienes se embolsan miles de euros a costa de los porteadores”.

“No hay cifras oficiales, pero se baraja que son mil millones anuales entre las dos ciudades autónomas”, explica Cristina Fuentes (Universidad de Granada). Como remata la investigadora Ana María Rosado: “se ponen los intereses económicos por encima de los derechos humanos”.


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