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Colaboración

La reconciliación y la paz

Por Arantzazu Amezaga Iribarren - Lunes, 3 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

Desde la época cavernaria y su abandono para cruzar la llanura y hacerse carnívora, la Humanidad ha conocido el valor de los pactos entre sus individuos para sobrevivir: la hembra de la especie necesita asistencia en su parto y el macho, para su cacería. Se van conformando sociedades en las que es necesaria la norma, el compromiso, el convenio, en definitiva, el inicio de una legislación, por primaria que resultara, para regular el comportamiento del grupo y permitirle sobrevivir, cosa que resulta esencial. Afirmó Manuel Irujo, en su libro Instituciones Jurídicas Vascas que la ley y su concepción tienen que ver más con la cabeza que con el humano corazón y que algunas cosas resultan razonables a todos los humanos, pero cada quién dirime estos conceptos de acuerdo a su identidad.

El doloroso episodio de lucha armada que hemos padecido durante 50 años necesita una revisión objetiva, entre otras que nace en lo más duro de una dictadura que duro 40 años y golpeó de manera específica al pueblo vasco, y también una descrispación de las posturas, avivadas por los sentimientos de pérdida dolorosa de quienes han enterrado familiares, muertos de forma violenta, de quienes amenazados han pagado tributos, de quienes sentían que semejante holocausto no era digno de una democracia que en el Estado Español resultaba imperfecta por su novedad, pero que estaba amparada por una mayoría que deseaba un cambio de convivencia, derivando hacia la paz.

En el caso del pueblo vasco, desde la guerra civil al exilio y desde su interior reprimido con dureza, se exigía libertad desde todos los ángulos del espectro político porque parte vital de las funciones de aquel Gobierno Vasco del exilio en París, fue ocuparse de los presos de las cárceles franquistas, de los prisioneros de los campos de trabajo, de los exiliados que, perdidas casa, patrimonio y nacionalidad, debían rehacer sus vidas en países extraños. Nada de lo que ha sucedido en la historia de Euskadi en estos 80 años resulta fácil.

Para mí nada justifica la violencia. La Humanidad, a diferencia de las otras especies que pueblan el planeta, tiene el poderío de su cerebro, que le ha llevado a alcanzar las estrellas;el don del verbo, que le permite conjurar la memoria y establecer contacto en el grupo;la infinita relajación de la risa, que hay animales que lloran, pero ninguno sonríe;puede reflejar su historia en signos y acceder por ellos a una historia de cuatro mil años con la que analizamos, para nuestra infinita desgracia, que hemos abusado de la guerra y de las armas sobre la conveniencia de la paz. Hay mas llanto que risa en nuestra historia escrita.

ETA ha dado pasos firmes en su disolución, manifestando su voluntad de hacerlo y entregando armas. Aunque el sumario de su desarme no puede compararse con el del IRA de Irlanda del Norte ni con las FARC de Colombia, tampoco es comparable su historia, pues cada comunidad tiene sus diferencias básicas de comportamiento. Una vez iniciado el proceso que ha aliviado a nuestro país de la tenaza que ahogaba su alegría y mermaba su desarrollo, hora es que el Gobierno español rebaje su postura, que las más de las veces ofende a su propia legislación. Debe considerar la petición de los presos que reclaman un acercamiento a las cárceles vascas no tan solo por sí mismos, sino por el bien de las familias, que son inocentes, obligadas a viajes largos y costosos, muchas veces mortales, y a la liberación de los presos con enfermedades terminales como es el caso de Aitzol Gogorza.

Ha habido en torno a esta penosa situación de los presos, en toda Euskadi, numerosas acciones promovidas por Sare: charlas en los parlamentos, manifestaciones en las calles, reclamaciones políticas, cartas, escritos, correspondencia de los presos con autoridades vascas… Todo un movimiento que procura normalizar una situación nada corriente, pero que podría convenir a la restauración de la normalidad ciudadana, para que nuestro pequeño país, el más viejo de Europa, se reconcilie no tan solo con su pasado, tantas veces violento y del que resultan estas acciones presentes, y pueda deambular por un espacio más amplio de convivencia y progreso, donde no quepan vencedores ni vencidos, sino ciudadanos.


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