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Hacer leña del árbol caído

imagino que a los ecologistas no les importará trabajar durante 80 años una parcela forestal para no obtener réditos económicos

Por Xabier Iraola - Domingo, 2 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:02h

Xabier Iraola

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Xabier Iraola

hace unos pocos meses, el sector forestal vasco, en su más amplio sentido, sintió un subidón enorme al ver que la construcción en madera de pino insignis del primer bloque de pisos de VPO en la bella localidad de Hondarribia fue acogida mediáticamente con gran fuerza y bien recibida por el conjunto de la sociedad vasca. Es un paso gigantesco en la reorientación del sector maderero vasco y, al mismo tiempo, una decisión política digna del aplauso de todo el mundo, que debe tener continuidad en el tiempo y reforzarse mediante otra serie de cuestiones como son los pliegos de ayudas públicas a la construcción y rehabilitación, ayudas a la renovación de ventanas, etc.

Pues bien, acabo de volver de un pequeño viaje por Portugal al que fui acojonado y del que vuelvo con el alma encogida por las desastrosas consecuencias de los incendios forestales que han asolado gran parte del país vecino y es por ello que quisiera dedicarle unas líneas a la cuestión forestal.

La inicial desolación lusa encendió la mecha de la indignación popular ante la nefasta gestión de los hechos y particularmente, de la pésima gestión de la comunicación a la población por parte de las autoridades responsables. Secundariamente y sobre todo en ciertos círculos, rizando el rizo, han surgido numerosas voces apuntando a la política forestal en dichas latitudes y concretamente al monocultivo de ciertas especies forestales. Personalmente, ni quiero ni puedo entrar en la cuestión porque desconozco la realidad portuguesa, por mucho que haya pasado una semanita por aquellas tierras, pero creo personalmente que los problemas vienen generados más por una nula y/o deficiente gestión forestal, cuando no abandono, que del tipo o variedad de árboles presentes en dichos bosques.

Los hay, incluso, sin tener que viajar hasta tierras lusas, quienes han aprovechado la ocasión para darle un zarpazo a las autoridades locales, lo que se diría una patada a la Diputación en culo portugués, y muestra de ello es el lamentable comunicado suscrito por asociaciones ecologistas-conservacionistas guipuzcoanas con el guerrero título “La Diputación de Gipuzkoa sigue llenando los bolsillos de los madereros con dinero público” donde, recuperando la retórica de anteriores legislaturas, quizás por no haber sacado las conclusiones oportunas, se alude a los agentes sectoriales como el “lobby maderero” a los que acusa de vivir del pesebre y, además, lamenta lo que considera una subvención a la venta en el mercado de la madera de pino privada con lo que, así de clarito, según estos portavoces del medio ambiente se está subvencionando la destrucción del patrimonio natural de nuestros bosques.

Quisiera ser buenista por un día y creer que dichas declaraciones son fruto del mareo ocasionado por el calor de las llamas o del simple pero lógico desconocimiento de la realidad del sector forestal vasco compuesto en su inmensa mayoría por miles de pequeños propietarios forestales, por cierto baserritarras casi en su totalidad, porque de ser cierto dicho planteamiento, quiero creer que será relativamente sencillo que una vez conozcan el sector, cambien su opinión y den un giro radical a sus propuestas.

Pero como uno no es ni buenista ni ingenuo y ya ha empezado a transitar por la segunda mitad de su vida (estoy firmemente convencido que no me iré de este mundo hasta que la Diputación me obsequie con la placa de los 100 años), más bien creo en una errada concepción conservacionista donde la acción humana es rechazada de plano que, aliñada de una congénita malintención por atacar tanto a responsables políticos como sectoriales, pretende hacerles desistir en su afán de cuidar sus tierras y sus bosques mediante una gestión sostenible donde se integren tanto la sostenibilidad ambiental como social pero sin olvidar la sostenibilidad económica que, lamentablemente, es olvidada y rechazada por estos colectivos conservacionistas.

Les aconsejaría, por otra parte, que bien personalmente pero también colectivamente como asociaciones y también, por qué no, cada uno de los miembros de dichas asociaciones destinasen un capital (puestos a maldecir el capitalismo de los malignos forestalistas) a la compra de parcelas de monte para posteriormente, ayudados por esas subvenciones que maldicen, comprar planta autóctona, ¡No faltaba más!, plantar esas especies de turno largo que tanto reivindican y durante los siguientes 60-80 años cuidar, mimar, podar, limpiar, hacer entresacas, etc. y así, bien ellos mismos o sus descendientes, cuando finalmente llegue el “fatídico” momento de cortar los árboles y de sacar el monte, bien dejen los árboles morir de pie para incrementar la biodiversidad del entorno, bien vendan dicha madera y en función del devenir de los mercados, ¡siempre malditos!, cobrar algún dinerito o , como suele ocurrir en numerosas ocasiones, caer en la cuenta de que económicamente no cuadran las cuentas. Imagino que en este hipotético caso que estoy formulando no les importará no obtener réditos económicos del bosque y, por lo tanto, estarán contentos y felices de haber trabajado, ellos y sus descendientes, durante aproximadamente 80 años para la mejora del planeta y bienestar de la biodiversidad.

Les hago saber que conozco unos cuantos propietarios forestales que gustosamente les venderían, por un módico precio, sus fincas forestales dado que sus descendientes no quieren saber nada del monte y no creo estar equivocado en que las instituciones públicas les apoyarían fervorosamente en proyectos de custodia del territorio que en su concepción y planteamiento proyectan un firme y leal compromiso con la conservación del territorio. En sus manos está el futuro del planeta.

¡Anímense, sus nietos se lo agradecerán!


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