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El ‘Cabeza Cuero’ que ganó el Tour del 47

Domingo, 2 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Hace setenta ediciones, Jean Robic, el único ciclista del pelotón que por aquel entonces protegía su cabeza con un casco, consiguió el definitivo maillot amarillo tras atacar en la última y festiva etapa

Desde que el ciclismo es ciclismo, el Tour siempre ha acabado en París. Es tradición. Y se respeta. Los Campos Elíseos enverdecen aún más su imponente camino para convertir la última etapa en un paseo, un día festivo y de mero trámite, en el que la clasificación general apenas varía. Porque que la última jornada de la Grande Boucle comience ya con un ganador cantado también es tradición. Aunque esta no se respete tanto. Y es que la historia nos brinda tres excepciones -en 1947, 1968 y 1989-, tres sorpresas en las que París cambió al maillot amarillo de dueño;siendo la primera, quizá por carecer de precedentes, la que más sorprendió al mundo

Francia todavía se reponía de una Segunda Guerra Mundial que asoló gran parte de su territorio y población cuando el Tour regresó al panorama deportivo tras siete años de parón bélico. Apenas fueron 79 los corredores que se aventuraron a subirse a sus bicicletas y hacer olvidar, al menos durante tres semanas, las terribles consecuencias de la guerra más mortífera de la historia. Porque París estaba apagada, sin chispa;pero un tal Jean Robic le devolvió la luz con el Tour de la resurrección. El corredor bretón era un hombre pequeño, de frente ancha y orejas grandes. Y, además, tenía un rostro precozmente envejecido. Era un tipo feo, vaya. Albañil de profesión y fácilmente reconocido en el pelotón por llevar casco en una época en la que los ciclistas rodaban sin protección. “Cabeza cuero” le llamaban sus compañeros y algunos de los periodistas de aquel momento. Pero quitando esta anécdota, apenas recibía atención mediática. No figuraba en las quinielas de favoritos, pero tampoco en la de los desastres. Simplemente, no figuraba. Y, sin embargo, fue el encargado de devolver a la Francia de la posguerra la ilusión de antaño con una historia que se resiste a la guadaña del tiempo.

Y es que el de 1947 debía ser el Tour de René Vietto, la estrella gala que mantenía en vilo a todos sus compatriotas;o el de Pierre Brambilla, el italiano que le arrebató el maillot amarillo a Vietto en la crono de la 19ª etapa. Quizá debía ser el Tour del suizo Ferdi Kubler, el gran rodador de aquel año. Sin embargo, se lo acabó llevando el malhumorado Cabeza de Cuero en la etapa 21, la de París. En una jornada tradicionalmente de asueto, Robic dejó al mundo boquiabierto y sin palabras. Porque solo él mismo creyó en su victoria. No dudó nunca. “Ahora no tengo mucho que ofrecerte, pero dentro de tres semanas seré el ganador del Tour”, le dijo a su esposa en su boda, celebrada cuatro días antes del inicio de la Grande Boucle. Nadie le tomó en serio, ni siquiera su fiel mujer, pero su carácter indomable le llevó a alzarse sobre los Campos Elíseos.

Francia aún se reponía de la Segunda Guerra Mundial cuando 79 ciclistas retomaron el Tour tras siete años de parón

Robic dio el primer aviso en la cuarta etapa de aquel Tour de 1947. El pelotón iba camino a los Alpes y Cabeza de Cuero asestó un golpe en la mesa. Cruzó la línea de meta en primer lugar y, aunque no cogió el liderato, advirtió a sus rivales de su presencia. O al menos eso pensó él. Sí, solo lo pensó él. Porque el resto se limitó a reírle las gracias. Porque Robic contaba con el cariño de sus compañeros y de sus rivales. Incluso con el cariño de la afición. Sus bravuconadas, exclamadas desde un cuerpo tan pequeño como el suyo, hacían las delicias de todos los franceses, que le ponían por delante de figuras del ciclismo como Louison Bobet. Mejor corredor, también más elegante y educado. Vamos, la antítesis de Robic. “Si engancho un remolque a mi bicicleta y subo en él a mi suegra, soy capaz de llegar primero a la cima”, retó el bretón un día que se levantó de buen humor. Y como siempre, los demás rieron. Al fin y al cabo, Cabeza de Cuero era considerado un loco. Un hombre rural de fuerte personalidad. Pero no un serio aspirante al Tour.

Porque ¿cómo podría un joven flacucho, sin camisetas amarillas a su nombre, derribar a los favoritos que comandaban la general? Así que Robic, fiel a su carácter indomable, apretó las mandíbulas y esperó pacientemente su momento. Y este llegó en la última etapa, la festiva. El italiano Brambilla rodaba hacia París como virtual ganador de la carrera hasta que Cabeza de Cuero sacó de su chistera su gran sorpresa. Mientras todos paseaban, el bretón continuó ejerciendo de ciclista competitivo y subió de marcha. Los tres minutos que le sacaba el líder en la general se le antojaron segundos. Así que atacó una pequeña cota de camino a la capital francesa y fue dejando cadáveres a su paso. Faltaban 140 kilómetros para finalizar el Tour del retorno tras la guerra y por fin la diminuta e inconfundible figura de Robic fue protagonista. Dejó al pelotón destrozado, roto en varios grupos de sorprendidos corredores. Algunos lucharon por evitar el naufragio, otros lo dieron por perdido y se dejaron ahogar. Brambilla fue de estos últimos. Mientras, desde fuera, nadie daba crédito a lo que estaba sucediendo.

Finalmente, Robic no ganó la etapa final, que fue a parar a manos del belga Alberic Schotte;pero se llevó un premio mucho más importante, el trofeo que más ansiaba: la casaca amarilla. El francés no había tenido el honor de lucirla en todo el transcurso de ese Tour, pero acabó enfundándosela en el escenario más importante: París. Arrebató a un exhausto y atónito Brambilla el éxito del Arco del Triunfo. Rodó por el Parque de los Príncipes sabiéndose ganador ante la atónita mirada del mundo del deporte, ante miles de aficionados confusos que no atinaron a comprender de inmediato el impacto de última hora. Porque por fin, Robic figuró para todos.

Fractura de cráneo Jean Robic falleció en 1980 en un accidente de coche. Tras una cena con exciclistas en la que bebió demasiado, el bretón se puso al volante y chocó contra un camión aparcado. Hasta su defunción se mantuvo fiel a su voluntad indomable. Sin embargo, su carácter malhumorado con la gente también lo trasladaba a la carretera, subido a su bicicleta. De esta forma, no es de extrañar que Robic coqueteara con la muerte en más de una ocasión. Esquivándola, a veces, de milagro.

Por ello, el bretón fue el primero del pelotón en correr con casco. Por ello y porque poco le importaba el qué dirán. De hecho, en una carrera, Robic cogió un martillo y se golpeó la cabeza. “Lo veis. No se rompe”, dijo. Inmediatamente empezó a correr un chorro de sangre por su frente y cayó desplomado. Así era él. Pese a ello, nunca se lo quitó. De hecho, dicha protección vino a consecuencia de una mala caída en la París-Roubaix. La cabeza del bretón chocó contra los adoquines de la clásica y se fracturó el cráneo. Estuvo a dos pasos de la muerte. Pero se dio la vuelta, regresó a la senda de la vida, y ganó el Tour que nadie se esperaba.


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